Cuando lo que quede sean Racks Vacíos y Calor Disipado: ¿Estamos ante el próximo 2008?
Cada vez que aparece en prensa la expresión collateralized debt obligation —CDO— una generación entera de gestores de cartera experimenta algo parecido al síndrome de estrés postraumático. Y con razón. El colapso de 2008 no fue solo una crisis financiera: fue la demostración de que el sistema puede autointoxicarse, que los instrumentos diseñados para distribuir el riesgo pueden, bajo determinadas condiciones, concentrarlo de forma invisible hasta que explota.
En 2026, el mercado de deuda vinculada a centros de datos de inteligencia artificial presenta una morfología que activa los mismos receptores de alarma. Securitización en tranches, vehículos de propósito especial fuera de balance, activos como colateral con valoración cuestionable, agencias de rating otorgando grado de inversión a proyectos todavía en construcción. La aleta dorsal es inconfundible. La pregunta relevante —la única que importa— es si estamos ante un tiburón o ante un delfín.
I. Los números de 2008 que conviene recordar
Antes de dejarse llevar por el pánico comparativo, conviene anclar la discusión en magnitudes reales.
En el pico previo al colapso de Lehman Brothers, el mercado hipotecario residencial estadounidense total alcanzaba los 11-12 billones de dólares. Las hipotecas específicamente clasificadas como subprime representaban aproximadamente 1,3 billones, pero ese número es engañoso por definición: una característica central del problema era precisamente que el subprime estaba mezclado y oculto dentro de instrumentos con calificaciones de triple A.
Aquí reside el primer y más importante matiz que la narrativa popular suele omitir: lo que destruyó el sistema no fue el volumen de hipotecas malas en sí mismo, sino el apalancamiento derivado construido sobre ellas. El mercado de credit default swaps —CDS— sobre mortgage-backed securities había alcanzado un nocional de decenas de billones. AIG, sola, tenía una exposición en CDS de 440.000 millones de dólares. Cuando la correlación de impago entre hipotecas —que los modelos de Moody's y S&P asumían baja, casi independiente— resultó ser prácticamente perfecta, el edificio entero colapsó de forma simultánea.
Un detalle que con frecuencia se malrecuerda: Lehman Brothers como entidad no tenía calificación triple A. Lo que tenía ese rating eran los tramos senior de los CDOs que Lehman y sus competidores empaquetaban y distribuían. Ese era el fraude intelectual en el núcleo del sistema: tomar hipotecas de alto riesgo, mezclarlas en un instrumento estructurado y obtener una calificación de máxima calidad para su tramo prioritario, basándose en un modelo matemático de correlación que resultó ser una ficción.
II. Lo que tenemos hoy
La inversión total estimada en infraestructura de IA de aquí a finales de la década oscila, según la fuente, entre 3 y 7 billones de dólares. McKinsey habla de 7 billones; Morgan Stanley y Moody's se quedan en 3-5. Son números que producen vértigo legítimo —equivalentes a varios PIBs de economías desarrolladas medianas— pero conviene distinguir lo que es capital ya desplegado de lo que son proyecciones de gasto futuro.
La deuda real emitida hasta 2025 ronda los 200.000 millones de dólares, con proyecciones de varios cientos de miles de millones anuales para 2026 en adelante. Es mucho dinero. No es, todavía, el orden de magnitud del problema de 2008, y crucialmente, no tiene el nivel de apalancamiento derivado de entonces.
Los instrumentos utilizados son, en efecto, estructuralmente análogos a los de la crisis hipotecaria:
Bonos corporativos de alto grado emitidos por los hyperscalers (Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft, Oracle), con 93.000 millones emitidos solo en 2025 por los cuatro primeros.
Crédito privado —Blackstone, Apollo, Blue Owl, PIMCO, BlackRock— que ya supera los 200.000 millones en préstamos a empresas del sector.
Special Purpose Vehicles (SPVs) fuera de balance que permiten a las grandes tecnológicas financiar infraestructura sin que aparezca en su balance. Solo en dieciocho meses se han movido más de 120.000 millones de dólares fuera de los balances de estas empresas.
Securitización en formato ABS y CMBS, con emisión proyectada de 30.000-40.000 millones anuales en 2026 y 2027.
Préstamos colateralizados por GPUs, la innovación más arriesgada y la que merece análisis propio.
El caso paradigmático es el acuerdo Beignet de Meta: 30.000 millones de dólares para financiar un centro de datos en Luisiana, con 27.000 millones en deuda y 3.000 millones en equity de Blue Owl Capital, todo dentro de un SPV que Meta no consolida en su balance. Adicionalmente, Meta ha otorgado una garantía de valor residual de hasta 28.000 millones de dólares que aparece únicamente en las notas al pie de su informe anual, sin registro como pasivo en balance. Moody's ya ha advertido que las divulgaciones actuales "pueden no mostrar el panorama completo".
III. Por qué esto no es (todavía) 2008
La diferencia fundamental no es de forma sino de sustrato y de mapa de contagio.
El deudor principal no es subprime. Meta, Alphabet o Microsoft tienen líneas de negocio rentables, flujos de caja masivos y acceso a mercados de capital en condiciones que ningún prestatario hipotecario de Alabama en 2006 podía imaginar. En el peor escenario, pueden absorber pérdidas parciales sin arrastrar consigo al sistema bancario regulado. Esto no elimina el riesgo, pero cambia radicalmente su dinámica de propagación.
El mapa de exposición es todavía parcialmente visible. El contagio sistémico de 2008 fue tan veloz y tan profundo porque el riesgo había percolado hasta actores que no sabían que lo tenían: municipios noruegos, fondos de pensiones alemanes, fondos monetarios que cualquier ciudadano utilizaba como equivalente de efectivo. Hoy la exposición está concentrada en fondos de crédito privado, aseguradoras e inversores institucionales que, en teoría, saben lo que tienen. El crédito privado opera en la oscuridad —sin los requisitos de capital y los test de estrés de la banca regulada— pero no ha llegado todavía al nivel de penetración minorista del problema hipotecario.
El colateral existe físicamente. Las hipotecas subprime estaban respaldadas por activos cuyo valor dependía de expectativas de revalorización perpetua, una dinámica auto-referencial que se desinfla instantáneamente cuando la narrativa cambia. Un centro de datos es infraestructura física real, con un valor de liquidación que, aunque reducido, no es cero. La obsolescencia es un problema diferente —y más predecible— que la ilusión de valor.
IV. La GPU como colateral: el argumento más inquietante
Aquí es donde la analogía con 2008 gana sustancia real, aunque por razones distintas a las que suelen citarse.
Una GPU H100 de NVIDIA comprada en 2024 tiene, contablemente, una vida útil de seis años según CoreWeave. Los ingenieros de proyectos estiman tres o cuatro. Algunos analistas más conservadores hablan de dos o tres. NVIDIA y AMD han acelerado su ciclo de lanzamiento a doce meses, lo que significa que cada nueva generación deprecia activamente el valor de mercado de la anterior. Los precios de alquiler de las H100 han caído entre el 70% y el 90% desde 2023.
El problema no es la obsolescencia per se, que es predecible y puede modelarse. El problema es la ventana temporal. La deuda emitida contra GPUs como colateral tiene que ser devuelta antes de que el activo subyacente se evapore. Eso crea una estructura de incentivos muy estrecha: si los ingresos por computación no crecen exactamente en el ritmo necesario para amortizar la deuda antes de que el colateral pierda valor, el prestamista se encuentra con racks vacíos y calor disipado. Literalmente.
El número que debería concentrar la atención es este: en 2025, el sector de IA generó aproximadamente 60.000 millones de dólares en ingresos contra 400.000 millones en gasto de capital. Una ratio de cobertura del 15%. Para que esa deuda sea sostenible, los ingresos tienen que multiplicarse por un factor enorme en muy pocos años, justo mientras el hardware que los genera pierde valor a velocidad constante. No es una condición imposible de satisfacer —el crecimiento de la demanda de computación es real y documentable— pero el margen de error es estrecho.
Hay además una dinámica circular que los analistas más rigurosos comparan con el vendor financing de la burbuja puntocom: OpenAI compra computación a Oracle, a Amazon y a CoreWeave. NVIDIA invierte en CoreWeave y en OpenAI. OpenAI invierte en startups que a su vez se suscriben a ChatGPT Enterprise. El dinero da vueltas en un circuito que infla la demanda aparente sin necesariamente crear valor neto nuevo. Nortel y Lucent construyeron exactamente esta arquitectura en 1999. Cuando sus clientes no pudieron devolver los préstamos que les habían concedido para comprar su equipamiento, los ingresos resultaron ser ilusorios y las quiebras, masivas.
V. El vector de contagio que hay que vigilar
El indicador más relevante para los próximos años no es el volumen de deuda emitida, sino la velocidad de distribución del riesgo hacia el inversor minorista.
En agosto de 2025, una orden ejecutiva del presidente Trump instruyó a las agencias federales a relajar las regulaciones para permitir que los titulares de planes de jubilación 401(k) inviertan directamente en activos alternativos, incluido el crédito privado. Ese es el momento en que el riesgo empieza a nadar hacia aguas más pobladas. Si la exposición a deuda de centros de datos de IA llega a los fondos de pensiones y cuentas de jubilación de ciudadanos ordinarios antes de que los riesgos sean visibles en los balances, la analogía con 2008 se vuelve mucho más incómoda.
Hay un segundo vector que los modelos de rating no están capturando adecuadamente: el riesgo eléctrico. Los contratos de financiación están escritos sobre supuestos de disponibilidad cercana al 100%. La red eléctrica tiene límites físicos que ningún instrumento financiero puede disolver. Una interrupción forzada por el operador de red convierte los ingresos de un SPV en cero de la noche a la mañana, sin daño físico que active el seguro de interrupción de negocio. Es un riesgo de cola que el mercado no está pricing adecuadamente.
VI. Veredicto provisional
No estamos ante una repetición del 2008. Los órdenes de magnitud son diferentes, el apalancamiento derivado es menor, y los deudores principales tienen capacidad de absorción que los prestatarios subprime no tenían. En ese sentido, los sudores fríos ante cada mención de CDOs o stress tests son comprensibles pero prematuros.
Lo que sí estamos construyendo es algo más parecido a una combinación de la burbuja puntocom —exceso de inversión en infraestructura con ingresos que no siguen el ritmo— con elementos estructurales del 2008: opacidad de SPVs, cadenas de securitización, rating potencialmente complaciente. Si la demanda de IA no materializa los ingresos previstos en el plazo en que vence la primera generación de deuda, habrá quiebras significativas y litigación masiva, pero probablemente no un colapso sistémico al estilo Lehman.
Probablemente.
La condición de ese "probablemente" es que el riesgo no llegue a los fondos de jubilación de ciudadanos ordinarios antes de que el mercado corrija. Si llega, la anatomía del escualo se vuelve irrelevante. Lo que importa entonces es el tamaño de la aleta.
Las opiniones expresadas en este artículo son de carácter analítico y no constituyen asesoramiento financiero. Las cifras citadas proceden de fuentes públicas incluyendo Bloomberg, Quinn Emanuel Urquhart & Sullivan, Bank for International Settlements, Morgan Stanley, JPMorgan y Moody's Ratings, con datos correspondientes al primer trimestre de 2026.
pues esto es lo que he estado comentando con el claudio esta tarde porque me ha salido un reel diciendo que estaban con cdos y nosequé con los préstamos para datacenters... vamos, que la peli me sonaba de algo... y con la broma de la peli salió que ver una aleta no es predecir un ataque de tirburón, solo que si viene hacia a ti a toda ostia y la aleta es grande, lo mismo mejor salir del agua cagando leches...
en fin, que lo mismo solo es que estos mamones distribuyen el riesgo por si acaso, pero no parece tan redondo el negocio que nos prometían