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Drones cayendo sobre Moscú

Topología del Interregno · Mapa 1

Editorial HDLGP·
Drones cayendo sobre Moscú

Drones cayendo sobre Moscú

El 17 de mayo de 2026, apareció en redes sociales un mapa de la ciudad de Moscú. Las marcas amarillas señalaban posiciones de defensa antiaérea, las azules los puntos de detección de drones, las rojas los impactos confirmados. Había marcas rojas dentro del perímetro de las amarillas. No eran muchas, por suerte para sus habitantes, los drones que las causaron no llevaban ojivas de media tonelada. Pero estaban ahí, en la ciudad declarada inexpugnable, la presuntamente mejor defendida del mundo.

Lo revela el mapa no es militar sino estructural. Moscú fue alcanzada porque el monopolio de la proyección de fuerza a larga distancia —que durante el siglo XX pertenecía exclusivamente a los estados con misiles balísticos y flotas de portaviones y submarinos de aguas profundas— ha dejado de ser un monopolio. Cualquier actor capaz de producir drones en escala tiene alguna versión de esa capacidad. El umbral tecnológico que separaba a los grandes de los pequeños se ha movido de forma irreversible. El coste de atravesar ese umbral es, en 2026, entre 400 y 2.500 dólares por unidad.

Xi Jinping y los visitantes

Entre el 14 y el 21 de mayo de 2026, Xi Jinping recibió en Pekín a los dos hombres que más claramente representan el orden "viejo", que está muriendo. Donald Trump llegó el día 14. Vladímir Putin llegó el día 20. Los dos venían a buscar algo. Los dos se marcharon con declaraciones que la otra parte no confirmó o acuerdos cuyo contenido real seguía sin resolverse.

Trump anunció la venta de 200 aviones Boeing. Pekín no lo confirmó. La semana anterior había anunciado la autorización de exportaciones de chips H200 de Nvidia a China. La parte china guardó silencio.

Putin llegó con un objetivo más antiguo y más urgente: cerrar el gasoducto Power of Siberia 2, el proyecto que llevaría gas de los campos de Yamal a China a través de Mongolia. Desde que las exportaciones rusas hacia Europa colapsaron tras la invasión de Ucrania en 2022, Gazprom necesita nuevos compradores con urgencia. China es el único mercado disponible a esa escala. El portavoz del Kremlin anunció un "acuerdo de principio" sobre los parámetros básicos. Sin fecha. Sin precio. Sin contrato.

La lógica del recurso como poder

El siglo XX produjo una forma específica de entender el poder internacional: quien controla el recurso que los demás necesitan, controla a los demás. El petróleo del Golfo construyó el orden del dólar. El gas ruso construyó la dependencia europea. Los chips americanos construyeron la dependencia tecnológica global. La lógica es simple: tengo algo que necesitas, por tanto tengo influencia sobre ti.

Trump y Putin son los dos exponentes más visibles de esa lógica en su fase terminal. No por temperamento, sino por función. Putin no es un estratega imperial con agenda propia —hay una coalición de intereses que lo mantiene en el personaje porque el personaje garantiza la continuidad del sustrato que los alimenta: las oligarquías del gas y el petróleo que necesitan el estado de excepción para operar sin competencia interna, el aparato del FSB que necesita la narrativa de amenaza exterior para justificar su presupuesto, la industria militar heredada de la URSS que solo existe en escala si hay guerra o preparación para ella. Putin no podría renunciar al siglo XX aunque quisiera: el siglo XX es lo que paga sus cuentas y las de quienes lo sostienen.

Trump tiene una coalición diferente pero análoga en su estructura: la industria fósil americana que necesita desregulación y precios altos para seguir siendo rentable frente a las renovables; el capital inmobiliario, tecnológico y financiero que se beneficia de la inflación de activos y la desregulación fiscal; y la base electoral de las regiones desindustrializadas que necesita un relato de restauración —alguien a quien culpar del declive y alguien que prometa revertirlo. La referencia a McKinley en su discurso de toma de posesión no fue nostálgica: fue programática. McKinley es el momento en que Estados Unidos usó aranceles sobre productos terminados, deuda pública y control de rutas marítimas para construir hegemonía industrial. Trump quiere replicar ese modelo en un mundo donde las cadenas de valor globales han hecho que los aranceles sobre productos terminados produzcan efectos distintos, donde las rutas que importan son las de datos y semiconductores más que las de carbón y acero, y donde el recurso estratégico ya no es tanto la energía fósil sino la capacidad de producir conocimiento aplicado a bajo coste.

Los dos operan, en definitiva, con la misma hipótesis sobre dónde reside el poder. Y Xi, sentado al otro lado de la mesa en el Gran Salón del Pueblo, está demostrando que esa hipótesis ya no es correcta.

China no tiene prisa

A finales de 2025, China había instalado 1.200 gigavatios de capacidad solar —un incremento del 35% en un año— y 640 gigavatios de eólica. En el primer semestre de 2025 instaló más solar que toda la capacidad acumulada de Estados Unidos. La capacidad combinada de eólica y solar superó a la del carbón a principios de ese año. El gasoducto Power of Siberia 2, si se firmara hoy, tardaría entre ocho y diez años en alcanzar capacidad plena. La demanda china de gas tiene fecha de pico prevista entre 2035 y 2045. La aritmética es sencilla: si firmas ahora, llegas a plena capacidad justo cuando empiezas a necesitar menos gas. Y cuando China deje de necesitarlo, Rusia no tendrá a donde venderlo.

La razón por la que Xi no confirmó los chips de Nvidia tampoco es diplomática. Huawei está construyendo su propia arquitectura de procesadores. Aceptar chips americanos frenaría ese proyecto y crearía una vulnerabilidad regulatoria que Washington podría activar en cualquier momento —como ya demostró con los vetos a TSMC. La lección que China extrajo de esos vetos no fue "necesitamos mejores relaciones con Washington": fue "necesitamos no depender de lo que Washington puede vetarnos."

China lleva dos décadas construyendo la capacidad de no necesitar lo que los demás tienen. Creó SMIC cuando tenía acceso a TSMC. Creó mBridge cuando podía usar SWIFT. Drones propios y entrenamiento de fuerzas aliadas cuando podía comprar tecnología americana. Renovables a escala industrial cuando podía comprar gas ruso barato. El patrón no es proteccionismo ni ideología: es la doctrina de quien ha aprendido que la dependencia en inputs que no controlas es el mecanismo por el que otros ejercen poder sobre ti.

La lógica del recurso como poder requiere que el otro lo necesite. Xi está construyendo, metódicamente, la condición para que esa necesidad disminuya. Cuando esa condición esté madura, la lógica de Trump y Putin no habrá sido derrotada: habrá quedado obsoleta.

Por qué el orden "viejo" no termina de morir

Nada de lo anterior significa que el orden que Trump y Putin representan esté muerto. Está en declive, que es una condición distinta y más complicada.

El gas ruso sigue siendo el 11% de la generación eléctrica china. El dólar sigue siendo la moneda de reserva en la que se denomina la mayor parte del comercio mundial. Los sistemas Patriot siguen siendo el estándar de referencia para la defensa antiaérea de alta gama, aunque sus inventarios se estén agotando en el Golfo Pérsico a un ritmo que ningún planificador previó. El petróleo sigue cotizando por encima de los cien dólares el barril, lo que significa que las economías exportadoras de fósiles siguen teniendo ingresos para financiar sus estados y sus guerras.

Lo viejo no termina de morir porque el nuevo sustrato no ha madurado lo suficiente para reemplazarlo en todos los dominios simultáneamente. Las renovables no alimentan todavía los altos hornos. Los chips chinos no igualan todavía a los mejores diseños de TSMC. Los drones de 400 dólares pueden alcanzar Moscú pero no pueden ocupar territorios ni garantizar fronteras. La arquitectura financiera alternativa al dólar existe y opera —mBridge entre China, Hong Kong, Tailandia y los Emiratos; el yuan en las transacciones de crudo iraní; los peajes de Ormuz en bitcoin— pero no ha desplazado al sistema dominante, convive con él.

El sustrato viejo no colapsa porque sus avatares políticos siguen teniendo la capacidad de reproducirlo activamente. Un presidente ruso que firmara la rendición en Ucrania destruiría el estado de excepción que mantiene a las oligarquías del gas fuera de la competencia de mercado. Un presidente estadounidense que admitiera que las renovables son el nuevo motor económico destruiría el argumento de restauración industrial que cohesiona a su base electoral. Ninguno de los dos puede abandonar el siglo XX porque el siglo XX es lo que les da razón de ser.

La ironía es que cuanto más se aferran a esa razón de ser, más aceleran el proceso que la hace obsoleta. Cada semana de Ormuz cerrado es una semana en que los planificadores energéticos de Tokio, Seúl, Nueva Delhi y Berlín recalculan cuánto quieren depender de rutas que pueden cerrarse. Cada drone que alcanza Moscú es una semana en que los analistas del PLA recalculan qué desgasta realmente las operaciones militares americanas. Cada pipeline que Putin no logra cerrar es un año más en que Gazprom sangra ingresos sin alternativa. Los dos están haciendo, sin saberlo, el trabajo de demolición del sustrato que necesitan para sobrevivir.

Un sistema intentado nacer

El nuevo sustrato no tiene todavía forma política estabilizada. Eso es lo que define al interregno: no es la ausencia de lo nuevo, es la incapacidad de lo nuevo de reclamar su lugar mientras lo viejo todavía ocupa el espacio.

Lo que sí es observable es el material del que está hecho. No es etéreo. Su geografía puede marcarse en un mapa: los campos de litio del altiplano andino, las tierras raras de la provincia china de Jiangxi, las fábricas de células fotovoltaicas de Xinjiang, las líneas de ensamblaje de drones en Zhytomyr y las salas de servidores de Singapur. Tiene actores: los ingenieros ucranianos que han convertido cuatro años de guerra de alta intensidad en el laboratorio de innovación militar más importante desde 1945; los técnicos de CATL que han reducido el coste de las baterías de ión-litio un 90% en una década; los equipos de Huawei que están rediseñando arquitecturas de chips sin acceso a las herramientas de lithografía ultravioleta extrema. El nuevo sustrato no flota libre de geografía: está anclado en lugares concretos, producido por personas concretas, financiado por intereses concretos.

Lo que no tiene todavía es forma política. Europa lo está construyendo de forma fragmentaria y negativa —emancipándose de Washington no por decisión sino porque el coste de no hacerlo se ha vuelto mayor que el coste de hacerlo—, acumulando acuerdos bilaterales, instrumentos de defensa sin etiqueta visible y despliegues navales con caveats explícitos de no-cinéticos. China lo está construyendo también, con la paciencia de quien sabe que el tiempo trabaja a su favor y que reclamar demasiado pronto activaría resistencias que todavía no puede absorber. El Sur Global lo está negociando transaccionalmente, extrayendo de cada potencia lo que necesita sin comprometerse con ninguna arquitectura de orden.

No es un nuevo orden mundial. Es, por ahora, una red de sustitución que crece en los intersticios del viejo orden mientras el viejo orden sigue nominalmente operativo.

Qué pintan los monstruos en todo esto

Gramsci escribió sobre el interregno que en el claroscuro entre lo viejo que muere y lo nuevo que nace aparecen los monstruos. La frase se cita tanto que ha perdido su filo, pero vale la pena recuperarlo.

Los monstruos no son anomalías que perturban un proceso que de otro modo sería ordenado. Son productos del claroscuro, funciones del período de transición. Trump no habría sido posible en 1965, cuando el sustrato industrial americano estaba en su pico y la clase trabajadora blanca tenía empleos estables en manufacturas que pagaban salarios que permitían comprar casas y enviar hijos a la universidad. Putin no habría sido posible en 1975, cuando la renta del petróleo soviético financiaba un estado de bienestar que legitimaba al régimen sin necesidad de narrativas imperiales de restauración. Los dos son posibles ahora, en este momento específico, porque el sustrato que los producía está suficientemente deteriorado para generar resentimiento y miedo, pero no lo suficientemente muerto para que sus beneficiarios hayan perdido la capacidad de financiar y movilizar a quienes los sostienen.

La pregunta no es si Trump y Putin van a desaparecer. Es qué viene después de ellos dentro de su propio sustrato. Los bloques de interés que los producen —las oligarquías fósiles, el capital extractivo, las bases electorales del resentimiento— no desaparecen con sus avatares. Si el nuevo sustrato no madura lo suficientemente rápido para ofrecer una alternativa a los que pierden en la transición, produce nuevos monstruos. Posiblemente más eficientes en el uso de las herramientas opresoras e imperialistas que los actuales.

Ese es el riesgo real del interregno. No que lo viejo no muera —va a morir, la geología y la física tienen sus leyes— sino que muera demasiado lentamente para no producir más guerras en el proceso.

El mapa de Moscú del 17 de mayo tiene marcas rojas donde no debería haberlas. El gasoducto que Putin necesita no tiene fecha. Los chips que Trump prometió no tienen confirmación de compra. Lo viejo sigue de pie, pero ya no es generativo de progreso, si no todo lo contrario, genera monstruos y drones cayendo sobre Moscú.

Elaborado a partir de fuentes abiertas. Mayo 2026. Continuación de «El menú del chino» (15/05/2026).