Es julio y en el sur de Rusia hace calor. Quizá no lo sepan, pero en cincuenta y cinco regiones del país más grande del mundo se raciona el diésel, de modo que en algún punto de la carretera que va de Rostov a Krasnodar hay ahora mismo una cola de camiones parados al sol, los motores apagados para no gastar y las cabinas convertidas en hornos. Los conductores esperan. La televisión del bar de la gasolinera no habla de combustible, ni de racionamiento o colas de camiones: habla de victorias. Entre lo que dice la pantalla y lo que dice el acceso a las gasolineras, los arcenes colmatados de coches y camiones, hay una distancia que extrañamente escapa a los teletipos de las agencias occidentales de noticias.
Quizá algunos de ustedes sean demasiado jóvenes y no lo recuerdan, pero no hace tanto, durante unos treinta años, las sanciones económicas fueron la manera que tenía Occidente de hacer la guerra sin disparar un solo tiro. Era un diseño de los noventa montado sobre una premisa de los ochenta: que la infraestructura del comercio mundial tenía un solo dueño o, al menos, un solo policía. Se sancionaba a un país como se embarga una cuenta, con la confianza de que el sistema —los bancos, las aseguradoras, los registros de buques, esa fontanería invisible que llamamos globalización— haría el trabajo sucio por nosotros. Elegante, jurídico, reversible. Y sobre todo barato, en el sentido en que son baratas las cosas cuyo coste paga otro.
Quizá piensen que la cola de camiones y el mecanismo de sanciones están relacionados, pero me temo que que dicho mecanismo no funciona, posiblemente nunca llego a funcionar realmente. Fíjense; a mil kilómetros de la gasolinera de Rostov, frente a Yalta, arde un petrolero. Es un Suezmax de más de veinte años, un buque de los que ya no aseguraría nadie porque la prima supera el valor del barco, con bandera de un país de esos que parecen de mentira y un propietario domiciliado en ninguna parte. Es uno de la veintena de buques que, en setenta y dos horas, drones ucranianos han alcanzado en el mar de Azov. Pero lo interesante es el comunicado de Kiev, no habla de ataques, habla de la ejecución de un régimen de sancionador. Las mismas sanciones de siempre, pero ahora en versión balística o cinética: sanciones de largo alcance.
Cuando la UE y medio mundo bloqueó a Rusia, ésta respondió comprando más de mil quinientos buques viejos a precio de desguace, ocultando luego su bandera y su propiedad; armó la flota fantasma. Durante tres años, esa flota demostró que la burocracia no detiene a un petrolero. Los comunicados de Bruselas se acumulaban con la melancolía del buzón lleno de cartas certificadas que nadie recoge.
Conviene una acotación, porque el lector desconfiado dirá que atacar barcos no es aplicar derecho, sino hacer la guerra, y que llamarlo ejecución de sanciones es propaganda. De acuerdo, o casi. Que no nos distraiga la etiqueta, porque no fueron los únicos.
En otro estrecho, ocurría lo mismo con algunas variaciones. Irán creó en junio un régimen propio para Ormuz: tasas por servicios de navegación, rutas coordinadas, una autoridad con siglas y un membrete. El mundo lo trató como se tratan las ocurrencias de los países acorralados. Solo que Irán iba en serio; este lunes, atacó a varios buques que navegaban por la ruta que su régimen no reconoce. El martes, el Mando Central estadounidense declaró que sus bombardeos buscaban degradar la capacidad iraní de amenazar el tráfico en un estrecho "que Irán afirma controlar". Lo que el lunes aun era una ocurrencia burocrática, el martes ya era un casus belli.
Así que tenemos ahora dos países, que no son precisamente aliados, en dos mares distintos, desvelando algo muy sencillo: una norma vale exactamente lo que vale la flota que la respalda, solo que ahora la flota que la respalda, que durante medio siglo fue el monopolio de quien tenía portaaviones, sale de un taller cualquiera y cuesta menos que el seguro anual del buque al que hunde.
Rusia, superpotencia energética autoproclamada, importa hoy gasolina de la India refinada con su propio crudo, y raciona combustible porque un país sin marina de guerra le ha destruido un cuarto del refino con aparatos de resina de impresora 3D, placas PCB de 2€ y software libre. Estados Unidos, superpotencia de las de antes, bombardea para desmentir la pretensión "sancionadora" de un país al que lleva cinco meses atacando. Los grandes quizá conservan la escala, pero sin duda han perdido la exclusiva.
Curiosamente, el mercado lo ha entendido antes que las cancillerías: con Ormuz en llamas y media Rusia haciendo cola en las gasolineras, el Brent ronda los ochenta dólares, todavía por debajo de junio. Dos guerras energéticas simultáneas, y el precio bosteza. Eso no es calma: es la constatación de que el mundo de sanciones que esas superpotencias decían ordenar ya no se tenía en cuenta, era una ilusión.
Entre sanciones que no detienen barcos y el drones que sí, se nos está yendo una época. Y lo raro no es que se vaya; lo raro es que nos estemos enterando por el humo de los petroleros hundidos. Mientras, en la carretera de Rostov la cola avanza unos metros. Un camionero arranca, consigue llegar y llenar medio depósito —es lo que le corresponde— y vuelve a la carretera. La televisión del bar sigue encendida. Nadie la mira, el ruido de unos drones camino a su objetivo la ha dejado por mentirosa.