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Cómo la guerra de Ormuz reescribe las reglas del poder global

El crepúsculo de la hegemonía

Editorial HDLGP·
Cómo la guerra de Ormuz reescribe las reglas del poder global

Cómo la guerra de Ormuz reescribe las reglas del poder global

El 18 de marzo, cuando los misiles iraníes alcanzaron Ras Laffan, la mayor planta de gas natural licuado del mundo, algo cambió para siempre en el tablero geopolítico. No fue el daño material —aunque las estimaciones hablan de años para su reparación—, sino el mensaje implícito: por primera vez en décadas, Estados Unidos se enfrentó a un adversario que no solo resistía, sino que imponía sus propias reglas del juego. Dos meses después, con el Brent por encima de los cien dólares, el dólar bajo presión y una administración Trump fracturada entre la retórica belicista y la búsqueda desesperada de una salida, el conflicto en el Golfo ha dejado al descubierto una verdad incómoda: el mundo ya no funciona como en febrero.

Y sin embargo, lo más revelador es cómo la imposibilidad de rendirse se ha vuelto también imposibilidad de ganar. Teherán no puede ceder sin disolver su razón de ser; Washington no puede triunfar sin asumir costes que su propia sociedad —y su economía— no están dispuestas a pagar. Esta imposibilidad simétrica ha convertido el conflicto en un laboratorio de lo que vendrá: un orden internacional donde el poder ya no se ejerce desde la fuerza bruta, sino desde la capacidad de resistir, de redefinir los términos del enfrentamiento y, sobre todo, de construir alternativas mientras el adversario se debate entre sus propias contradicciones.

La guerra se vuelve contra sus arquitectos

En marzo, cuando este análisis señalaba que la República Islámica no podía rendirse, la observación sonaba a provocación. ¿Cómo no iba a poder un régimen bajo bombardeo masivo negociar su supervivencia? La respuesta, sin embargo, no era táctica, sino existencial. Un Estado construido sobre la narrativa de la resistencia permanente —desde la Revolución de 1979 hasta la "Eje de la Resistencia" actual— no puede ceder sin colapsar. La pregunta más apropiada no era si Irán podía rendirse, sino quién lo haría en su nombre. Y la respuesta era clara: no había sucesor disponible que pudiera asumir el poder, bajo bombardeos, sin ser percibido como un traidor.

Dos meses después, la realidad ha confirmado el análisis. Mojtaba Jamenei sustituyó a su padre sin que el régimen se resquebrajara. La Guardia Revolucionaria reorganizó sus fuerzas durante el alto el fuego. Y, sobre todo, Irán emergió del conflicto con un activo que no tenía antes: el control efectivo del Estrecho de Ormuz. No es un detalle menor. Hasta marzo, la posición iraní era defensiva: resistir hasta que el agresor se cansara. Desde abril, es ofensiva en un sentido económico que no requiere disparar un solo misil con ojiva nuclear para ser destructivo. Teherán decide ahora qué buques pasan, bajo qué condiciones y a qué precio. España, China e India, los países que no apoyan o no colaboran con EEUU tienen acceso garantizado; el resto del mundo negocia. La propuesta de 14 puntos presentada el 3 de mayo —una extensión de la de 10 puntos aceptada como base en abril— aclara algunas dudas: cualquier conversación nuclear está condicionada al levantamiento previo del bloqueo estadounidense, la retirada militar regional y el fin de las operaciones israelíes en Líbano. El marco ha virado. Ya no es Washington quien dicta los términos.

Para Trump, el problema es simétrico, pero asimétrico en sus consecuencias. La victoria que prometió —desnuclearización total, cambio de régimen— exigía, como mínimo, una invasión terrestre y un reemplazo creíble (que no genere una guerra civil) al poder fáctico iraní. Pero ningún régimen con aparato represivo intacto ha colapsado exclusivamente por bombardeos, y una invasión es militarmente inviable con los arsenales actuales, sin apoyo doméstico significativo y con todas las bases aliadas del Golfo con daños sustanciales por ataques de drones y misiles iraníes (daños que destapó la prensa semanas después de producirse). La doctrina de escalada controlada y proporcional de Teherán ha sido confirmada empíricamente: cada ronda de bombardeos activa una respuesta calibrada sobre infraestructura energética o militar del Golfo. El 18 de marzo, Israel bombardeó South Pars; Irán respondió sobre Ras Laffan. Cada ataque tiene un coste, y ese coste es lo que impide la escalada, no la diplomacia.

Aquí radica la imposibilidad simétrica: Irán no puede rendirse porque hacerlo equivaldría a desaparecer; Trump no puede ganar porque la victoria exige un nivel de escalada cuyo coste energético, doméstico y geopolítico es insostenible. Pero hay una asimetría dentro de esa simetría: Irán tiene tiempo. Trump, no. El Brent persiste por encima de los cien dólares desde marzo; la inflación en Estados Unidos se acelera; los aranceles de la propia administración añaden más presión por otro lado. Cada día sin negociación le cuesta más a Washington que a Teherán. Y esa asimetría temporal es lo que está forzando el siguiente movimiento.

La ilusión de la victoria choca contra la realidad

A finales de abril, The Atlantic reveló que Trump había encargado al aparato de inteligencia una evaluación sobre las consecuencias de "declarar victoria y abandonar". La noticia, reportada por Robert Kagan el 10 de mayo, no era novedosa —el presidente lleva semanas oscilando entre la amenaza máxima y la búsqueda de una salida ordenada—, pero sí reveladora. El ejecutivo está estudiando las modalidades de salida en paralelo a anunciar Project Freedom (3 de mayo) y a instalar el marco retórico de un Irán "desnuclearizado" en TruthSocial (7 y 8 de mayo). Tres líneas operativamente incompatibles.

La lectura inmediata sería que Trump puede simplemente declarar victoria, abandonar el conflicto y dejar las cosas como están. Pero esa lectura no resiste el contacto con los datos. Project Freedom, anunciada con 15.000 efectivos, 100 aeronaves y destructores con misiles guiados, colapsó en 48 horas porque Arabia Saudí y Kuwait retiraron su apoyo por falta de coordinación previa. La Marina estadounidense no escoltó buques. Trump tuiteó "victoria" a medianoche sobre una operación efectivamente suspendida. Y el Brent no bajó. El mercado no respondió a la declaración presidencial en ninguna dirección. Era la confirmación más limpia de que el agotamiento de la credibilidad ya es completo en los instrumentos donde más importa.

Pero hay un patrón más útil. Cada vez que Trump ha declarado victoria —sobre Ormuz, sobre el alto el fuego, sobre el bloqueo—, ha ocurrido algo, en cuestión de horas o días, que ha desmentido públicamente la declaración. El "OPEN & SAFE" del 8 de abril fue desmentido por imágenes satelitales el 9 y 10. El descongelamiento de seis mil millones en activos iraníes (11 de abril) se presentó como gesto de fuerza y se reveló como condición previa para volver a sentarse a hablar. El bloqueo naval estadounidense se cruzó con la incautación del Touska (19 de abril) y los ataques a petroleros británicos y franceses (18 de abril). Irán ha aprendido —y operacionalizado— una regla simple: la victoria narrativa estadounidense se desmiente con un acto a la altura de la declaración, calibrado para no romper el alto el fuego pero suficiente para que la prensa internacional lo recoja.

Esto tiene implicaciones profundas. El camino de "declarar victoria y abandonar" no existe en su forma pura. Trump no puede abandonar sin codificar los términos, porque sin codificación, Irán dispone de la opción operativa de desmentir la victoria cuando convenga, y eso fuerza a Washington a volver a actuar para sostener la narrativa. El círculo se cierra: cualquier salida tendrá que ser negociada o no será.

Los caminos hacia la negociación: la ilusión de la elección

Ante la imposibilidad de ganar, el análisis se centra en una pregunta: ¿cómo termina esto? La respuesta, como suele ocurrir en geopolítica, no es una, sino dos. Y ambas, paradójicamente, llevan al mismo lugar.

El camino A: un acuerdo de mínimos como "victoria"

La versión real del camino A no es la rendición disfrazada, sino un acuerdo de mínimos que permita a todas las partes salvar las apariencias. La fórmula que Macron ha defendido públicamente es clara: abrir Ormuz primero, dejar el programa nuclear para una fase posterior. De los 14 puntos de la propuesta iraní, quizá tres o cuatro puedan funcionar como base de un Memorando de Entendimiento (MOU) mínimo:

  • Un régimen de paso por Ormuz con tasas y coordinación iraní (que, de hecho, ya existe). Aunque poco probable ante el rechazo del precedente que representa.

  • Levantamiento parcial del bloqueo naval estadounidense.

  • Suspensión condicional de algunas sanciones.

  • Descongelamiento de activos iraníes.

Todos "ganan" algo, aunque algunos mínimos ahora aceptables —como los peajes iraníes sobre el comercio mundial o el levantamiento de sanciones— eran impensables en febrero. La asimetría de tiempo está cobrando intereses.

Que Trump esté pidiendo al aparato de inteligencia una evaluación al respecto es coherente con este escenario. El cálculo no es si declarar victoria y abandonar, sino si un acuerdo de mínimos vendible como victoria es absorbible por la base MAGA sin colapso interno. Si la respuesta es "vendible", el camino A se activa. Si es "no vendible", el camino lleva hacia B.

El camino B: implosión total o parcial como precondición

Si el camino A no es viable, la alternativa es la implosión controlada. En este escenario, Trump sacrificaría a Hegseth como chivo expiatorio —algo que ya anticipó en público el 23 de marzo cuando dijo: "Pete, creo que fuiste el primero en decir 'hagámoslo'"—. Un sucesor con credenciales militares pragmáticas firmaría el acuerdo, permitiendo a Trump reencuadrar la guerra como un error de ejecución, no de decisión. En su versión más radical, la Enmienda 25 permitiría a Mike Pence o J.D. Vance firmar lo que Trump no puede.

Las señales de que este camino avanza son claras:

  • Fractura republicana: Senadores como Roger Wicker y Mike Rogers han emitido declaraciones públicas en contra de la retirada de tropas de Alemania (3 de mayo). Marjorie Taylor Greene pidió la Enmienda 25 en marzo, y Jamie Raskin activó los procedimientos de la Sección 4 en abril.

  • Pérdida de credibilidad: El Pentágono ha bloqueado el acceso a la prensa en sus briefings (28 de abril), y medios como The Atlantic ya cuestionan la capacidad mental de Trump para el cargo.

El resultado final es el mismo: un MOU que codifique el control iraní de Ormuz en términos aceptables por todos, el descongelamiento de activos y el levantamiento parcial de sanciones. La diferencia entre A y B no está en el destino, sino en el coste político y económico que Estados Unidos acumule antes de aceptarlo.

La arquitectura de transición: lo que se construye mientras Washington se hunde

Lo que distingue el momento actual del de marzo no es solo que la imposibilidad simétrica sea más visible. Es que, en el ínterin, se está construyendo otra cosa.

Europa: el arte de actuar al margen

La 8ª Cumbre de la Comunidad Política Europea en Ereván (4-7 de mayo) fue un ejemplo perfecto de geometría política paralela. 48 jefes de Estado, incluyendo a Mark Carney (primer líder no europeo invitado), Emmanuel Macron en visita de Estado, Volodímir Zelenski y Mark Rutte, se reunieron en un formato sin declaraciones finales ni documentos vinculantes. Pero lo que no capturó la formalidad institucional fue igual de importante:

  • Canadá entró por primera vez en el instrumento europeo de defensa SAFE.

  • Se discutió explícitamente el Corredor del Medio (hidrocarburos de Asia Central vía mar Caspio, eludiendo Rusia e Irán) sobre territorio que es nodo geográfico de esa ruta.

  • Robert Fico y Zelenski descongelaron su diálogo bilateral, y el primero se hizo la foto con Donald Tusk y Andrej Babiš, en una referencia velada a la reconstrucción del V4 post-Orbán.

Tres días después, el Parlamento Europeo no ratificó el acuerdo comercial UE-EE.UU. firmado en agosto, manteniendo salvaguardias bajo amenaza explícita de aranceles del 25% al automóvil europeo e introduciendo una cláusula de caducidad en 2028. El mensaje era claro: Europa ya no espera a Washington para operar.

Y luego está el Charles de Gaulle. El portaviones francés cruzó el canal de Suez el 6 de mayo con escolta francesa, italiana y neerlandesa, cubriendo Ormuz desde fuera de CENTCOM y sin coordinación con Washington. Macron fue honesto sobre los límites: la coalición opera en condiciones pacíficas y escoltará buques en coordinación con Iran. El valor del despliegue no es militar, sino geopolítico: es una declaración material de que Europa está aprendiendo a operar al margen de la arquitectura estadounidense, no en contra de ella, sino sin esperar a ella.

China mira a Europa: España como nodo de la nueva ruta de la seda industrial

El 11 de mayo, El País publicó que China ha elegido a España como su gran fábrica europea del automóvil. Los números son elocuentes:

  • SAIC en Galicia.

  • Changan en Aragón.

  • Hongqi y Leapmotor en Stellantis Zaragoza.

  • Geely en Ford Almussafes.

  • Una gigafactoría de CATL de 4.100 millones de euros en Zaragoza.

  • Envision en Extremadura.

  • Gotion e Inobat en Valladolid.

Y todo esto mientras Volkswagen anuncia una inversión de 10.000 millones en España al mismo tiempo que recorta 50.000 puestos de trabajo en Alemania. El mapa es transversal a la geografía política española: las comunidades autónomas receptoras son mayoritariamente del PP. No es retorno por afinidad ideológica, sino por posición estructural, como señalaba Roland Berger: acceso al mercado europeo sin fricciones, base industrial competitiva, costes más bajos que en el norte de Europa y posición geográfica que da acceso simultáneo a Latinoamérica y África.

Que se hiciera público cuatro días antes de la cumbre Xi-Trump, no fue una coincidencia editorial. Fue una señal. China está acelerando su desvinculación del dólar y construyendo cadenas de suministro alternativas. Y lo está haciendo en Europa, no solo en Asia.

El dólar en retroceso: el sistema mBridge y los peajes de Ormuz

Mientras tanto, el dólar sigue perdiendo terreno como instrumento de poder geoeconómico:

  • mBridge: La plataforma de pagos transfronterizos en CBDC (monedas digitales de bancos centrales) entre China, Hong Kong, Tailandia y Emiratos Árabes Unidos ya opera en paralelo al dólar.

  • Peajes de Ormuz en bitcoin: Irán ha comenzado a registrar los pagos por el paso de buques en criptomonedas, eludiendo el sistema financiero tradicional.

  • Emiratos fuera de la OPEP+: Desde el 1 de mayo, Abu Dabi ha abandonado el grupo, reduciendo la influencia de Washington sobre los mercados energéticos.

La conclusión es inevitable: el mundo abandona paulativamente el dólar para el comercio global.

Cipolla antes que conspiración: el caos como sistema

Hay algo desconcertante en cómo opera la administración Trump en este último ciclo. Project Freedom anunciada el 3 de mayo como ofensiva. El marco nuclear iraní instalado en TruthSocial el 7 y 8 de mayo. Petición al aparato de inteligencia, en algún momento de la primera quincena, de una evaluación sobre "declarar victoria y abandonar".

Si fueran producto de un agente político coherente, la lectura natural sería de tipo conspirativo: cobertura, distracción, jugada de varios pasos. Pero no hay nada coherente que las reconcilie. Hay Hegseth, que necesita sostener la narrativa de victoria militar porque su supervivencia institucional depende de ella. Hay J.D. Vance, marginal en la decisión inicial pero ganando peso a medida que las cosas se deterioran. Hay Marco Rubio, que desde Italia el 8 de mayo formula explícitamente la condicionalidad de la membresía estadounidense en la OTAN. Hay Roger Wicker y Mike Rogers, presionando por mantener tropas en Alemania, pero dispuestos a recolocarlas hacia el este. Hay Donald Trump Jr., negociando el reboot de The Apprentice como construcción de perfil dinástico. Y hay Trump , oscilando entre todos estos polos sin reconciliarlos, porque su patrón observable es responder a la última pieza de información que ha entrado en su radar.

El radar presidencial, además, está filtrado por briefers que seleccionan según criterios implícitos que no se preguntan si lo que entra es coherente con lo que entró ayer.

Aquí es donde el trabajo del historiador económico Carlo Cipolla resulta útil. En su ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana, Cipolla distinguía entre estupidez (acciones que perjudican a todos, incluido el actor) y malicia (acciones que benefician al actor a costa de otros). En el caso de la administración Trump, no hay un plan coherente, sino un caos de incentivos desalineados. Y el caos, en geopolítica, suele terminar en deriva, no en estrategia.

La diferencia importa para la predicción: el caos coordinado tiene un punto final; el caos por desalineamiento de incentivos tiende a la deriva. Lo que estamos observando es deriva.

Qué esperar de la cumbre Xi-Trump

La cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump en Pekín los días 14 y 15 de mayo no será el momento de la revelación. Las cumbres rara vez lo son; codifican lo que ya está decidido. Pero darán pistas. Tres observables concretos:

  1. La escenografía del recibimiento:

    • Si Trump es recibido con guardia de honor completa, niños y banderas, será señal de que Pekín lo trata como jefe de Estado pleno con quien está dispuesto a sostener una asociación pública.

    • Si el recibimiento es técnico y breve, el mensaje será el contrario.

  2. El discurso de Xi:

    • Si Xi enmarca la cumbre como cierre de un capítulo (ej. "gracias a los esfuerzos de China, las partes han llegado a un acuerdo"), será señal de que el camino A (acuerdo de mínimos) está en marcha.

    • Si la enmarca como apertura de una nueva arquitectura asiática multilateral, Pekín está apostando por una salida más estructural, donde Washington queda subordinada.

  3. La posible reacción iraní en las 48 horas siguientes:

    • Si Teherán presenta el resultado como "propuesta iraní aceptada", el camino A se confirma.

    • Si lo presenta como "presionados por China", aparecerá una fricción nueva en el eje Teherán-Pekín que podría alterar el mapa de alianzas.

Pero hay un dato que la cumbre no alterará: cuando una guerra no puede ganarse y tampoco puede continuar indefinidamente, lo que decide el cierre no es la posición militar, sino la solidez interna del decisor. La posición militar estadounidense en este conflicto es perdedora desde su diseño inicial. Lo que ha tardado dos meses en hacerse visible es la cesión interna: el desfallecimiento del aparato civil, la fractura entre la rama ejecutiva y los republicanos con responsabilidad institucional, la confusión narrativa entre la ofensiva anunciada y la rendición negociada en paralelo.

El futuro: transición, no restauración

La pregunta que dejábamos abierta en marzo era si Trump podía permitirse perder esta guerra. La pregunta que dejamos abierta hoy es si puede permitirse no firmar el acuerdo que reconozca que la perdió.

En marzo, la cuestión era si la administración podría aguantar la presión. En mayo, la cuestión es si encontrará una salida vendible antes de que la presión la rompa por dentro. No es un cambio menor.

Y, sea cual sea el camino —A en su versión real (acuerdo de mínimos vendible como victoria) o B (implosión parcial o total como precondición de la firma)—, lo que queda fijado es que el orden internacional al que volveremos después de este conflicto no será el de febrero de 2026. Las arquitecturas de transición que se están construyendo en paralelo —cumbre sin actas, acuerdo bloqueado por salvaguardias, instrumento de defensa sin etiqueta visible, despliegue naval con caveat explícito de no cinético— no van a desmontarse cuando Washington firme. Van a quedarse.

Que se queden, y cómo se queden, dependerá de la solidez con la que Europa, Canadá y los actores del Sur Global hayan sostenido durante estas semanas la construcción discreta de instrumentos paralelos. La derrota estadounidense no deja solo derrota. Deja también, por una vez, una transición arquitectónica que la propia derrota ha forzado a hacer en serio.

Epílogo: el mundo después de Ormuz

El Memorando de Entendimiento entre Estados Unidos e Irán se firmará, tarde o temprano. Pero el verdadero cambio ya ha ocurrido. El mundo ha dejado de esperar a Washington para seguir adelante. La pregunta ya no es si habrá un nuevo orden, sino si en este interregno entre lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer, crecerán más monstruos y habrá más guerras.

Sea como sea ese nuevo orden, el Estrecho de Ormuz no será un punto de conflicto, sino un símbolo de lo que viene: un mundo donde el poder ya no se ejerce desde la fuerza bruta, sino desde la capacidad de resistir y tender alianzas, de redefinir los términos del juego y, sobre todo, de construir alternativas mientras el adversario se debate entre sus propias contradicciones.