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El día que León XIV declaró la guerra a los señores de la IA

Sobre Magnifica Humanitas y la teología de la prosperidad

Editorial HDLGP·
El día que León XIV declaró la guerra a los señores de la IA

Sobre Magnifica Humanitas y la teología de la prosperidad

Cerca del final de Magnifica Humanitas, León XIV cita a John Ronald Reuel Tolkien —"un escritor católico del siglo XX"—. Las palabras son del libro El retorno del Rey, pronunciadas por Gandalf a Pippin antes del asedio de Gondor:

"No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir: extirpando el mal en los campos que conocemos y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza."

Que una encíclica papal recurra a la Tierra Media para articular su tesis central habría parecido inverosímil hace veinte años. Que funcione hoy dice mucho sobre el estado de los marcos morales y culturales disponibles.

Randy Boyagoda, en The Atlantic,acierta al señalar lo esencial: Magnifica Humanitas no es un manual sobre inteligencia artificial. Quien busque en ella un tratado de regulación tecnológica encontrará pasajes útiles, pero se perderá el argumento central. El papa libra un combate más antiguo. Boyagoda, al subrayar que la encíclica interpela también a su propio público lector, se detiene justo donde el análisis podría extraviarse. La encíclica nombra la complicidad. No nombra al adversario, pero señala la dirección en la que se esconde.

Christopher Olah, cofundador de Anthropic e investigador en interpretabilidad de IA, asistió a la presentación de la encíclica en Roma el pasado 25 de mayo, entre cardenales y figuras clave del espacio teológico y tecnológico. Olah, no creyente, pasó la adolescencia debatiendo públicamente con evangelistas sobre los pasajes más violentos del Antiguo Testamento. Meses antes del acto vaticano, había organizado en la sede de Anthropic reuniones con filósofos y teólogos de la Universidad de Notre Dame para discutir ética de la IA, buscando, en sus palabras, "voces que los incentivos económicos no puedan doblar".

Con su presencia, Anthropic no envía una señal teológica, sino institucional: la IA no es para ellos un mero producto que multiplica la productividad y genera ingresos. Es una tecnología capaz de crear distorsiones sociales de primer orden, y por tanto exige gobernanza y dirección ético-moral independientes de los incentivos del mercado. La encíclica, en este sentido, ofrece la cobertura de autoridad moral más alta disponible para esa postura. Que el mensajero sea un ateo que comenzó su carrera con una beca Thiel hace la imagen más elocuente, no menos.
El Papa lo recibió con una sola frase:

"Qué gran signo de esperanza es que, con nuestras diferencias, podamos escucharnos."

La beca Thiel es el detalle que no se subraya lo suficiente. Peter Thiel, quien financió los primeros pasos de Olah, fundó Palantir: el sistema de análisis de datos al servicio de gobiernos e instituciones cuyo nombre proviene de la Palantír, la piedra de visión y vigilancia del Señor Oscuro, Saurón, en la obra de Tolkien. La piedra a través de la cual Saruman es corrompido y Denethor, manipulado hasta la autodestrucción. Thiel tomó prestado el nombre a sabiendas. El gesto es de una honestidad perturbadora.

Palantir no es una anomalía. Es la expresión institucional de un paradigma que la encíclica define, en su tercer capítulo, como "tecnocrático": la tecnología no como instrumento, sino como régimen de sentido; el sistema que promete emancipación a quienes ya están seguros y produce nuevas formas de subordinación para quienes no lo están. A ese paradigma le corresponde una cobertura teológica, y esa cobertura tiene nombre: la teología de la prosperidad. Su gramática es eficaz y exportable —la riqueza como señal de gracia divina, la precariedad como fracaso moral individual, la desregulación como liberación de la interferencia secular en el plan de Dios— y funciona en Brasil, en Nigeria, en Guatemala, en cualquier contexto donde la desigualdad extrema necesite una narrativa que la presente como orden natural.

Thiel no es el único que susurra a Trump; Paula White, jefa de la Oficina de Asuntos Religiosos de la administración Trump (un cargo creado en el actual mandato), es pastora, escritora, consejera espiritual y telepredicadora de la teología de la prosperidad. No parece una figura decorativa, sino la articulación teológica de un proyecto que la encíclica impugna punto por punto.

Ante la pregunta sobre qué significa ser humano, la teología de la prosperidad responde: ser un individuo en competencia cuyos resultados materiales expresan tu valor ante Dios. Dicho de otro modo, la distinción de Fromm entre "tener" y "ser" se disuelve y se vuelve proverbial.

En cambio, la encíclica nombra a los mineros de coltán. Describe sus cuerpos —"marcados, heridos y gastados para que el flujo computacional pueda continuar sin interrupciones"— con una precisión que no es retórica, sino denuncia. León XIV fue misionero en Perú antes de ser papa. Sabe de qué habla cuando habla de esos cuerpos. Sabe que, para la teología de la prosperidad, esos cuerpos no contienen gracia divina, no tienen valor ante Dios. Para cualquier católico, esto es, sencillamente, aberrante.

El paralelo histórico es inevitable: la estructura del debate de Valladolid (1550-1551) entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda es exactamente la misma. Sepúlveda argumentaba que ciertos seres humanos eran naturalmente inferiores y que su sometimiento era legítimo, incluso beneficioso para ellos, coherente con el orden divino. De las Casas, en cambio, respondió que la dignidad humana es universal e indivisible, y que ningún proyecto de poder —por muy próspero o eficiente que sea— puede construirse sobre su negación. Todo esto a propósito de si los habitantes de las nuevas colonias tenían o no "alma" y por tanto eran hijos de Dios. La teología de la prosperidad es "sepulvedanismo" con cristología del éxito individual. La encíclica, en cambio, sigue la argumentación de De las Casas en su estructura profunda. León XIV, agustino y con años de experiencia en América Latina, conoce esa tradición desde dentro.

El paralelismo no se agota en el debate; De las Casas ganó el debate teológico, pero perdió en la práctica, en lo material, durante décadas. La encomienda siguió. Pero el argumento quedó registrado, y ese registro importó. Las Leyes Nuevas de 1542 (promulgadas antes de Valladolid, pero inspiradas en su pensamiento) limitaron el poder de los encomenderos, y su influencia se extendió a la abolición gradual de la esclavitud indígena en las colonias. Más tarde, teólogos y juristas como Francisco de Vitoria (pionero en defender los derechos de los pueblos indígenas cuyos conceptos sobre igualdad y separación de poderes se adelantaron dos siglos a la Ilustración) y Francisco Suárez (que desarrolló el concepto de derecho internacional basado en la dignidad humana) sistematizaron esas ideas. Las encíclicas funcionan de modo similar: no se implementan de inmediato, sino que fijan el argumento para lo que viene después.

Hay otro pasaje de Tolkien que el Papa no cita, pero que el espíritu de la encíclica convoca. En Las Dos Torres, los Ents pasan tres días en cónclave deliberando si deben actuar o no, puesto que su política de neutralidad les impedía intervenir en los asuntos de los hombres y el resto de habitantes de la Tierra Media. Los Ents son "pastores" de los árboles, los más lentos en decidir, pero cuando finalmente deciden marchar sobre Isengard, lo hacen porque han comprendido que la pasividad ya es una forma de complicidad. Saruman, el mago que creyó poder usar su Palantír para sus propios fines, ha estado destruyendo el bosque, el paisaje, el ecosistema entero. Isengard es una fábrica de guerra construida sobre la devastación de lo colectivo y lo vivo.

Magnifica Humanitas no será rápida en sus efectos. No es coercitiva. No produce efectos jurídicos inmediatos. Pero es deliberativa, y ha decidido que la pasividad es complicidad. Una institución de dos mil años que publica su encíclica social más importante desde Rerum Novarum el día exacto de su 135.º aniversario no está improvisando. Está marchando hacia su Isengard particular.

El cierre más preciso, sin embargo, no lo ofrecen los Ents, sino, para acabar con Tolkien, los propios hobbits. El conflicto de El Señor de los Anillos no lo resuelven los más poderosos: ni Gandalf con su sabiduría, ni Aragorn con su legitimidad dinástica, ni los Ents con su fuerza colectiva. Lo resuelven Frodo y Sam, porque tienen la integridad —y la falta de ambición de poder— les permiten llevar el Anillo hasta su destrucción en lugar de usarlo para beneficio propio.

Boyagoda se pregunta qué significa ser humano. La respuesta de la encíclica es cristológica, y los no creyentes pueden reconocerla sin aceptarla. Pero hay una respuesta política en el mismo texto que no requiere fe: la de quienes renuncian al poder en lugar de acumularlo. Anthropic negándose a vender su tecnología al Departamento de Defensa para uso militar. El Papa llamando a la IA un instrumento —un "Palantir"— que "debe ser desarmado". El documento con menor fuerza coercitiva de todo este debate es, en este momento, el que nombra el problema con mayor precisión.

Los que tienen el poder para regular, quizá no tienen la claridad. Los que tienen la claridad, no tienen el poder para influir en las regulaciones. Esa brecha es exactamente donde Magnifica Humanitas intenta operar. Y lo hace citando a Tolkien, porque él enseñó —a quien quisiera aprenderlo— que los que menos ambición de poder tienen son los que pueden crear las condiciones para derrotar a quienes promueven la acumulación sin límite y las jerarquías extractivas. Simplemente tienen que tomar conciencia de que la pasividad ya es complicidad.