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Cuando el ritual se convierte en espectáculo

Lecciones de un verano entre toros, un papa y un estanque que se negó a ser azul

Editorial HDLGP·
Cuando el ritual se convierte en espectáculo

Un análisis literario y crítico sobre cómo los rituales auténticos (como los de Barcelona, Lampedusa y Pamplona) perduran, mientras los espectáculos vacíos (como el 250º aniversario de EE.UU.) fracasan.

Antes de nada, voy a pedirles algo inusual y que puede que estén empezando a estar desacostumbrados; que usen la imaginación. Ya sé que lo normal en estas charlas es abrir con una estadística alarmante o una anécdota curiosa, pero hoy vamos con un ejercicio propio de jugadores de rol. ¿Se acuerdan de Ernest Hemingway? Pero no el del pez espada y la barba blanca, sino el corresponsal, el periodista que cada julio bajaba de París a Pamplona porque, según él —y lo decía sin ironía—, en esa ciudad navarra ocurría algo único en el mundo.

Si no se acuerdan, no importa, yo se lo narro igual. Imaginemos que somos ese corresponsal, que es julio y estamos en Pamplona. Ya hemos cubierto la cŕonica del chupinazo y ahora estamos frente a la iglesia de San Lorenzo cuando nos llega un mensaje del periódico, el director cree que somos la persona idónea para otra tarea más ambiciosa que los encierros; relatar los eventos de las últimas tres o cuatro semanas, las cosas que han ardido, se han iluminado, bendecido o estropeado entre principios de junio y hoy.

Se estarán preguntando por qué Hemingway. Tengan paciencia, al final se entenderá, pero podría ser casi por una cuestión de efemérides; estamos en julio y hay nombres que el calendario facilita recordar. Solo que este año es distinto, es un año de aniversarios. En 1926 un tranvía atropelló en Barcelona a un hombre mal vestido que nadie reconoció: era Antoni Gaudí. Ese mismo año, en octubre, nuestro Ernest publicó Fiesta, la novela que convertiría el encierro de Pamplona en un mito universal. Cien años después, conmemoramos el centenario de una muerte, de una “fiesta”, pero también el 250 aniversario de la independencia de una nación, rituales que nuestro corresponsal imaginario ahora tiene la obligación de cubrir.

Empecemos la crónica por lo más reciente —porque así lo haría él, que sabía que las malas noticias se cuentan primero, con frases cortas, aunque yo no soy de las frases cortas—, viajemos a Washington.


Una feria y el estanque insumiso

En Washington, la celebración del 250º aniversario de la independencia ya venía desde hace tiempo ensombrecida por la polémica en torno a Freedom 250, esa asociación público-privada que la Administración Trump había creado para organizar los actos, desplazando al comité oficial, America250, que llevaba años, tantos como unos diez, preparando todo con seriedad y sin banderas partidistas. Casi todos los artistas invitados a la Gran Feria Estatal Americana se retiraron en cuanto descubrieron la vinculación del evento con la Casa Blanca y el gobierno, en lugar de rendir cuentas, se limitó a repetir que la fiesta seguiría adelante, como si el orgullo nacional pudiera medirse en decibelios o en el número de asistentes.

Con estos mimbres y un gasto descontrolado, el gobierno, a través de Freedom250, quiso ubicar en la explanada del National Mall; la Gran Feria Estatal de los cincuenta estados, un arco de triunfo con águilas doradas, una noria, un rodeo diario, y como remate, el mayor espectáculo de fuegos artificiales de la historia de la humanidad, con récord Guinness incluido, ochocientos cincuenta mil proyectiles en cuarenta minutos. Como todos saben, el ojo de un buen corresponsal se fija en los detalles, solo que algunos detalles componen un inventario que ningún novelista se habría atrevido a inventar por miedo a que lo acusaran de exagerar.

Vayamos por partes, que hay tres, como debe ser.

Primero, el agua. Alguien decidió que el estanque del Monumento a Lincoln —esa lámina de agua donde se reflejan el obelisco y el capitolio, cargada de memoria, que escuchó a Marian Anderson en el 39 y a King en el 63— no tenía el color adecuado, y ordenó, como solución ingeniosísima, pintar el fondo de azul, pero no uno cualquiera, un azul que bautizaron “azul bandera americana”, mediante un contrato sin concurso que costó siete veces lo presupuestado. El azul duró una semana. Justo lo que tardó el agua en volverse de un verde espeso, criando algas a una velocidad sorprendente, porque —y esto cualquier piscinero de barrio se lo habría dicho gratis— un fondo oscuro calienta más el agua, y el agua caliente es el paraíso de las algas. Así fue cómo el intento de imponer al estanque un color "patriótico" produjo exactamente el color contrario, un verde orgánico, ecologista, insumiso. Por si no fuera suficiente rebeldía, el estanque comenzó a expulsar la propia pintura azul, a tiras, y el gobierno, en lugar de admitir el error, anunció que habían sido vándalos y comenzó a detener a gente. A fin de cuentas, había que detener a alguien y no iban a detener al propio estanque por rebelde.

Segundo, la feria. La gran feria de los cincuenta estados abrió a finales de junio con diez ausencias, o sea, se inauguró como la feria de los cuarenta estados, porque diez se negaron a participar, y sus respectivos pabellones quedaron vacíos: una lona con el nombre de Alaska, una silla, una alfombra. La crónica fotográfica de los pabellones dará para tesis doctorales, no les quepa duda, así como la de los arcos y demás elementos de fachada, que ni siquiera tuvieron la decencia de falsear con piezas de plástico; pilastras, molduras y piezas decorativas se imprimeron en lona, sin relieve, quedando totalmente planas. Ya hemos comentado que la mayoría de los músicos anunciados se retiraron en cuanto descubrieron que la fiesta no era de todos sino de una parte y lo dijeron con esa dignidad seca de los oficios: nuestra música es nuestra voz y no se alquila. En plena ola de calor, quizá por su causa, hubo un corte de luz que derritió los helados del pabellón de comida. Se supo de un cartel oficial donde el nombre de la organización aparecía con una errata —Freeedom, con tres es, porque la “libertad” no entiende de ortografía, supongo—, y del arco de triunfo, junto a un detalle donde estaba impresa la palabra GOD, empezó a rezumar una sustancia amarilla que nadie supo identificar, pero si me preguntan, algo plástico que no resistió el calor. Es difícil no ver simbolismo de tipo “profético” en todo esto, y desconfío de las profecías, pero cuando a un monumento le supura algo amarillo justo al lado de la palabra Dios, el corresponsal simplemente apunta y no comenta.

Tercero, el humo. La noche del cuatro de julio, tras una tormenta que obligó a evacuar la explanada —hasta el cielo, al parecer, tenía sus reservas, no me digan que no es como para pensar en esoterismos —, lanzaron por fin los ochocientos cincuenta mil proyectiles. Y ocurrió lo que los propios meteorólogos habían anunciado: con el aire quieto del calor, el humo de los primeros minutos se quedó donde estaba, y el mayor espectáculo pirotécnico de la historia se ocultó a sí mismo detrás de su propia humareda. También supuso el registro de la peor calidad del aire del año. Quizá queda mejor dicho de esta otra forma: el espectáculo ideado para ser el más visible de todos los tiempos terminó opacado por su propio exceso.


Apenas unos diez minutos, Barcelona

Ya tenemos cubierto uno de los aniversarios, vamos a por el siguiente. Barcelona diez de junio, centenario exacto del tranvía y del atropello de Gaudí. Esa tarde, el Papa León XIV —el primer papa americano, detalle que no carece de ironía en esta crónica— ofició una misa en la Sagrada Familia y después salió a la fachada del Nacimiento y bendijo la torre de Jesucristo, recién terminada, 172,5 metros que convierten el templo diseñado por Gaudí en la iglesia más alta del mundo. Tenemos otro récord, fíjense, solo que no se pensó para el festejo, para el ritual del centenario, y esa diferencia es todo el asunto de estas crónicas.

Porque lo que sucedió después de la bendición fue también un espectáculo, no nos engañemos: hubo drones, hubo iluminación monumental, hubo fuegos artificiales. El repertorio técnico era idéntico al de Washington. Pero la secuencia, que duró solo diez minutos, merece contarse despacio.

Primero, un coro de niños avanzó con faroles de inspiración gaudiana ante la fachada. Luego, las cuatro mil personas presentes en los alrededores encendieron los suyos: el público no solo miraba el espectáculo, el público era el espectáculo, cuatro mil puntos de luz integrados en la escenografía. A continuación, la basílica se iluminó desde la cruz de diecisiete metros que corona la torre, bajando piso a piso, hasta que las vidrieras —la refutación en piedra de quienes desconfiaban del color— brillaron desde dentro, acompañadas por la orquesta del Liceu y una coral en el interior. Finalmente, un enjambre de drones dibujaron en el cielo el rostro de aquel viejo mal vestido que mira su obra y sonríe. Los drones rompen la formación para crear una frase suya: Primer l'amor, després la tècnica. Un gràcies, unos fuegos artificiales sin pretensiones pero resultones y a casa.

Diez minutos. Los suficientes para que presentadores de la televisión pública —gente profesional formada en la serenidad— se emocionaran en directo.

Aquí me detengo un momento, porque es importante señalar que, pese a que era una ceremonia religiosa —con Papa, agua bendita e hisopo—, cualquiera podía habitarla: el ateo, el turista, el técnico de sonido, un taxista. Nadie preguntaba por creencias en la puerta, no había taquilla que filtrase por estatus social. La frase de los drones no aludía a la fe, sino al amor: un requisito de entrada más ecuménico. Los rituales que funcionan tienen esa propiedad rara de incluir hasta a los que no creen en ellos, y los que no funcionan tienen la contraria: excluyen hasta a los que los organizan, como aquellos músicos de Washington que se bajaron del cartel antes de subir al escenario.


Un cementerio, una placa en un muelle, ningún récord

Tercera escala, la más callada. La mañana del mismo cuatro de julio —el mismo día del humo en Washington—, el Papa, ya saben, el primero estadounidense, desembarcó en Lampedusa, la isla italiana donde el Mediterráneo lleva años sepultando cuerpos de migrantes. Aquí no hubo drones. Seguramente bastaría un escueto A5 para contener el programa: flores en las tumbas de los ahogados, una parada ante la Puerta de Europa, la bendición de una placa para renombrar el muelle Favaloro —donde desembarcan los que llegan vivos— con el nombre de su predecesor en el cargo, el papa Francisco, que había visitado la isla trece años antes y una misa en un campo de deportes.

Repetir el gesto de otro, poner flores, dar un nombre, partir el pan. El arzobispo local dijo que, para los que el mar no devolvió, era el último beso y la última caricia, quizá menos amarga que la muerte. Un rito capaz de besar a los ausentes tiene una tecnología más avanzada que ochocientos cincuenta mil proyectiles pirotécnicos sincronizados, ¿no creen?


Tener dos piernas funcionales y San Fermín

Ahora volvemos a la iglesia de San Lorenzo y nuestro Hemingway. Vamos a desvelar qué pinta en todo esto. Pamplona está en la crónica porque demuestra que nada de lo anterior necesita ni papas ni presidentes. Los encierros de San Fermín tienen un protocolo de admisión brutalmente sencillo: dos piernas funcionales y una proporción entre coraje y sinrazón que es secreto industrial o algo así. No hay palcos de un millón de dólares ni listas de invitados: los toros embisten con rigor igualitario sin mirar el extracto bancario, adhesión ideológica o fe de ningún tipo.

Pero, fíjense, alrededor de ese minuto y medio de carrera hay una estructura completa: un santo con su capa, una hora exacta, un cántico a la imagen —a San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, que nos guíe en el encierro dándonos su bendición— camiseta blanca, pañuelo rojo y, después, el almuerzo. Porque no hay rito ibérico que no termine en una mesa con exceso de gente y comida y jolgorio.

Hemingway lo entendió en 1926, supo describir algo fundamental: el rito verdadero siempre cuesta algo. Cuesta tiempo, cuesta cera, cuesta miedo, cuesta colesterol, cuesta madrugar. El simulacro, en cambio, solo cuesta dinero, generalmente ajeno, y a poder ser deducible de impuestos.

Y aquí me van a permitir una incursión teórica, camuflada de anécdota literaria para disimular. Hemingway tenía una poética que llamaba la teoría del iceberg: de un buen relato solo debe verse una octava parte; las otras siete van sumergidas, sosteniendo desde abajo, y el lector las siente sin verlas, lo que hace que el relato importe algo al lector.

Éso que él decía de los cuentos es exactamente lo que distingue nuestras cuatro escenas. Los diez minutos de Barcelona flotaban sobre ciento cuarenta y cuatro años de obras y generaciones de canteros, sobre un accidente mortal en 1926 y una forma única de entender la arquitectura y el espacio sagrado. Las flores de Lampedusa flotaban sobre miles de nombres que el mar se quedó, el nombre del puerto sobre los que llegarán exaustos, pero vivos. El minuto y medio de Pamplona flota sobre un santo del siglo tercero, sobre ferias medievales y torneos con lanza, siglos de cánticos y almuerzos. Debajo de cada gesto visible hay una masa sumergida que lo sostiene, y esa masa —hay un filósofo coreano que escribe en alemán dice que esto es comunidad sin comunicación, porque el sentido está en los gestos compartidos y no hace falta explicarlo— esa masa, digo, es la que hace que uno salga de ahí conmovido y no simplemente entretenido.

El Freedom 250 constsruyó el iceberg imposible: todo flotación y nada debajo. Superficialidad pura, récord puro, proyectil puro. Olvidando sus 250 años de historia compartida, de gentes diversas, de legado cultural. Y por eso, cuando el humo tapó los fuegos, se acabó el espectáculo: porque un espectáculo que solo está pensado para ser visible desaparece en cuanto deja de verse, mientras que una procesión sigue existiendo con los ojos cerrados.


El tañido de las campanas

Queda el final, será corto, como a Hemingway le gustaba. Cuando escribió sobre la guerra de España —que le enseñó qué ocurre cuando las fiestas de un país se rompen por la intolerancia—, no abrió su novela con una frase propia, sino con un sermón de John Donne, predicador inglés del siglo XVII. El escritor de los toros, el boxeo y las escopetas eligió las palabras de un cura centenario para su obra más reconocida:

Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra firme. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy unido a la humanidad. Por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.

Los rituales existen para esto mismo, para recordarnos que no somos islas, y por eso los que funcionan pueden ser (mucho o poco) fastuosos como Barcelona, mínimos como Lampedusa o "deportivos" como Pamplona: el formato, la escala no importa, importa que cualquiera pueda reconocerse en ellos. Ese filósofo coreano que escribe en alemán —que, por cierto, es un magnífico modo de no ser una isla— nos cuenta, al principio de su libro, que “los ritos son en el tiempo lo que las moradas en el espacio”. Ir de festividad en festividad, de aniversario en aniversario, es o debería de ser como caminar de sala en sala de una casa que conocemos, donde cada paso tiene sentido; el rito invita a demorarse, hace el mundo habitable.

Y luego están los otros, los pseudo-ritos, convertidos en mero espectáculo, mercantilizados, los que se montan para decir lo contrario: para marcar quién merece la fiesta y quién no, sustituyendo la hospitalidad por la obligación de consumir y la contemplación por la novedad constante. Ahí no hay salas que recorrer ni hogar que habitar, tal vez solo un vestíbulo con taquilla y pases millonarios para la zona VIP.

Al principio de esta crónica casi parecía haber algo esotérico en aquellos detalles de Washington: el estanque rebelde, el humo cegador, la lona que sustituyó al cartón piedra. Pero ya podemos ver que no hay ningún misterio, hay coherencia. Cuando los ritos se convierten en espectáculo y se privatiza su alcance, no se constituye como morada. Y entonces pasan cosas como que el agua se subleva, la luz queda opacada por el humo, los materiales no aguantan ni una semana de verano. Las campanas, al querer doblar solo para unos pocos, dejan de doblar por nadie. Las de San Lorenzo, en cambio, llevan siglos sonando cada siete de julio y ni hace falta preguntar por quién, todos lo sabemos.

Eso es todo. Gracias por correr conmigo; ahora sí, ya podemos ir al bar o al convite.