Empiezo por confesar una sospecha, que es la única manera honesta de empezar cuando uno no sabe bien si vio algo o si le mostraron algo. Los días previos a la final me llegaron mensajes en redes sociales que venían a decir, gente de aquellas tierras, que había que ir con España, y que había que ir con España a pesar de que España fue el país colonizador, la metrópoli que se llevó el oro, la del pecado original del continente. Y yo, que desconfío por oficio de las corrientes que parecen formarse solas, me hice la primera pregunta que hay que hacerse ante cualquier evidencia que a uno lo conforta: si aquello era de verdad caudaloso o, más bien, el algoritmo haciendo lo suyo, que consiste en ponernos delante solo lo que ya estábamos dispuestos a creer. No lo resolví entonces y no sé si lo resuelvo ahora. Pero de tanto darle vueltas fui a dar con una pregunta más rara, que es la que me trae hasta aquí: por qué a tanta gente —y me incluyo, con algo de vergüenza— le pareció de golpe evidente que Bolívar, el mismísimo Simón Bolívar, habría ido con España. O San Martín o cualquier otro prócer de la patria. Y vamos a incluir a un hombre que se llamó Toussaint Louverture y que jugó su liberación contra Francia. Tengan paciencia, enseguida quedará claro por qué aparece Haití en todo esto. Que unos libertadores, en la imaginación de medio planeta, apoyasen en la final a la antigua metrópoli, frente a una colonia, es un absurdo tan chocante que valía la pena entenderlo antes de descartarlo.
Ahora conviene hablar del meme, porque los memes suelen saber más que nosotros. Circularon mucho antes y con alguna pintura de corte —nobles de negro, un fraile al fondo, la iluminación barroca— y un diálogo en el que un cortesano informa a Su Majestad de que España ha jugado contra Austria, contra Portugal, contra Bélgica, la geografía del imperio de los Felipe ii y sucesores. La siguiente es Argentina; y el Rey, perplejo, pregunta qué es eso de Argentina, y el cortesano aclara: el Virreinato del Río de la Plata, Majestad, otra vez entre nosotros. El meme es bueno, y como todo lo bueno, lo interesante está en lo que calla, porque España también jugó contra Arabia Saudí y no hubo un meme sobre la Reconquista, ni sobre la expulsión de los moriscos, que también tuvo lo suyo. Esa omisión es un lapsus y como con todo lapsus hay que ir a buscar otra cosa por debajo.
Esa otra cosa, me parece, es que España no es un sujeto político coherente al que uno pueda ir a favor o en contra, sino una discusión sobre qué es España, y esa discusión (que no es exclusiva de España) se libró también durante el mundial. Mariano Rajoy escribió, en la víspera de la semifinal, una columna elogiando a Francia —su palmarés, su ranking, su altísimo nivel— rematando la faena con una coma y una puñalada: "eso sí, sin franceses". Veintitrés de veintiséis jugadores habían nacido en Francia; sin franceses quería decir sin los franceses de verdad, los otros, no éstos que en el documento pone que son franceses pero uno ya se entiende. Pedro Sánchez no tardó en responder, vino a decir que hay quien mide la pertenencia por el apellido, la familia o el color de la piel, y quien la mide por el arraigo y la voluntad de aportar a un país. Dos jefes del Gobierno español, uno que fue y otro que es, plantados en los dos extremos exactos de la guerra cultural sobre la identidad nacional. Y por si un expresidente pareciera poco —siempre hay quien lo justifica como el exabrupto de un jubilado que ya no representa a nadie—, no hace ni dos meses Isabel Díaz Ayuso, que no está jubilada, viajó a México a homenajear a Hernán Cortés en un acto que hasta la propia archidiócesis local prefirió no avalar, lo cual, viniendo de quienes en su día cobraron las rentas de la conquista, es decir bastante. De haber sido uno solo, estaríamos ante un señor mayor con ganas de protagonismo, pero siendo dos ya es un programa de mano.
Pero me estoy adelantando, y quería llegar a esto por otro lado, porque la pregunta de quién pertenece no apareció sin más: venía calentándose desde febrero. Aquel mes fue cuando Bad Bunny —puertorriqueño, ciudadano americano, que canta casi solo en español y que el año anterior había dejado a Estados Unidos fuera de su gira citando las redadas de ICE— encabezaría el espectáculo de medio tiempo de la Super Bowl. Ya desde que se anunció su participación, meses antes, una organización afín a Trump montó su propio espectáculo paralelo, "contraprogramó" a Bad Bunny con un "All American Show", el espectáculo del descanso «cien por cien americano». En el formulario para apuntarse preguntaba qué música se deseaba oír, con opciones como country, rock clásico, góspel y una última que lo decía todo: cualquier cosa en inglés. Ahí lo tenemos, el inconsciente político hablando sin filtro. El problema era lingüístico, cultural, y Gramsci hubiera dicho que la hegemonía ya no caía del lado de los anglos; estaba en disputa. Cinco meses después, esa lengua, esa "cultura", gana la Copa del Mundo en Nueva Jersey.
Aquí podríamos estar tentados de afirmar que el español es una forma de resistencia, la lengua de los de abajo contra la lengua del imperio. Solo que no encaja limpiamente. Porque si hablar español fuera de por sí un acto de resistencia, habría que explicar a Milei, que habla español, y a Ayuso, que habla español, y al propio Rajoy, que escribió aquello del sin franceses en un castellano impecable. El idioma no basta. Bailar reguetón, ser negro, o moro, o sudaca, tampoco basta por sí solo. La lengua, como una bandera o incluso la raza que le imponen a uno, cualquier símbolo, es un campo en disputa, no viene con el significado puesto de fábrica, y lo que decide de qué lado cae es cómo se usa, cómo se ejerce, cómo y dónde se performa. La resistencia (o la disputa de lo simbólico) no se hereda en los genes, ni se declara: se construye. Y es aquí donde el fútbol, que parecía lo más tonto del asunto, se pone serio.
Se pone serio porque el equipo que ganó no se armó hace dos meses para el Mundial. Luis de la Fuente, el seleccionador, lleva más de diez años con algunos de estos mismos chavales: los entrenó en la sub‑19, luego en la sub‑21 y ahora en la absoluta, de manera que lo que se vio en la final no fue una reunión de estrellas contratadas para la ocasión, no fue un contrato mercenario, sino el fruto de un trabajo paciente, intenso, largo, pero sobre todo colectivo. Y lo digo porque tiene una resonancia que va más allá del césped y que no quiero cargar de más, pero tampoco callar: hay un modelo, una cosmovisión, una idea del mundo en el que la gracia (divina, se entiende) se gana con años de obra paciente, y otro en el que la gracia no se gana, sino que se manifiesta, de golpe, como éxito, como riqueza, como favor visible sobre el elegido. El ungido contra la cantera. El hombre providencial contra el trabajo discreto, en equipo. De la Fuente, que además es de los que se santiguan, representa una cosa; enfrente, ya lo veremos, estaba lo otro con todas sus letras.
Que la resistencia se construye y no se hereda (aunque mirando su árbol familiar quién lo diría) lo entendió, mejor que nadie, Javier Bardem, que no se puso la camiseta roja solo una tarde para la foto sino que la sostuvo el campeonato entero, incluida la final, donde bien podría haber elegido el uniforme neutro de "celebrity" que no se moja. Estuvo aguantando, desde muy al principio del campeonato, silbidos de la parte de la grada que entiende La Roja como patrimonio propio e incompatible con según qué gentes. Y no crean que es un gesto barato, porque la camiseta roja es, en algunos sitios de España, un objeto por el que puedes ser agredido: por ejemplo, la noche de la final, en Euskadi, hubo cuatro detenidos y siete investigados por golpear a aficionados que la llevaban; a otros les embistió un coche por lo mismo. Lo curioso es que, en contradicción con esos agresores, buena parte del mundo abertzale acabó como Bardem, vistiendo la roja: no conozco mejor definición de un símbolo en disputa.
Y para que no se me acuse de contar el cuento sesgado, aquí va el reverso, cuando los agresores son muy españoles y mucho españoles: Lamine Yamal —catalán, hijo de padre marroquí y madre de Guinea Ecuatorial—, fue también el que más odio recibió, en decenas de miles de mensajes, lo sabemos porque un observatorio oficial se tomó la molestia de contarlos. El que mejor encarnaba lo que la selección tenía de plural fue el más insultado por lo mismo que denunciaba Rajoy a los franceses, no ser español de verdad. Solo que ahora, Yamal es tan campeón como español y eso ya no hay forma de deshacerlo.
Pero volvamos a la final, que es donde habíamos dejado a Bolívar y a San Martín y a Louverture aliados con España. Como saben, enfrente estaba Argentina, y aquí conviene ir despacio, porque es fácil pasarse. Lo que no hace falta exagerar, porque se dijo a las claras, son las afinidades de algunas autoridades: Trump había declarado en televisión, días antes, que el "jefe" de Argentina era amigo suyo y había hecho un trabajo estupendo, y que a él "le costaba muchísimo apostar contra Messi" —aunque, por supuesto, no era de ningún bando—. El favorito del poder no necesita realmente artimañas cuando el poderoso dice en voz alta de qué lado está, y el poderoso lo dijo. Hubo una gran controversia sobre supuestos favores arbitrales a lo largo del torneo, con una mayoría abrumadora en redes desconfiando de la FIFA, pero prefiero no apoyarme aquí, entre otras cosas porque estas cuestiones son muchas veces cosas técnicas sujetas a interpretación, y porque el argumento no lo necesita. El argumento se sostiene solo con lo que Argentina cantó.
Porque hubo un cántico, viralizado primero por la hinchada y entonado poco después por los propios jugadores en un directo, dentro de un autobús, tras la Copa América de 2024, que se burla de los futbolistas negros de Francia, diciendo que en el papel serán franceses pero que de verdad son de Angola, que la madre de uno es nigeriana y el padre camerunés y que en el documento, eso sí, pone otra cosa. En este punto ya no parece tan casualidad lo que escribió Rajoy en su columna, ni aquello de que Benito no era estadounidense aun siendo de Puerto Rico por cantar en español. La pertenencia por la "raza" y no por lo que diga la propia Constitución. Un expresidente español lo publicó en un periódico; unos futbolistas argentinos lo cantaron en un video viral; el medio tiempo de la Super Bowl alternativo solo para anglos. La ideología es una sola y no tiene patria: cruza el idioma, cruza el océano, cruza el espectro entero. Por eso hay que dejar claro que no se trata de España buena y Argentina mala, sino de cómo se ejecutan las maneras de contestar a la pregunta de quién pertenece a lo común, interpretaciones del significado de nación que pelean dentro de cada país, de cada idioma, de cada vecindario.
Hay, además, un silencio detrás de todo esto, y lo nombro porque me parece el típico elefante en la habitación del que no se habla. En un mensaje viral, durante el torneo, se hizo la observación de que todas las selecciones tenían algún jugador negro o de ascendencia africana, todas menos una. No he contrastado el dato tal cual, pero apunta a algo real, que es el modo en que Argentina se contó a sí misma como país blanco, alguno dice incluso "europeo" como si Europa fuera blanco puro o algo así, borrando de su relato a la población negra que tuvo. Y aquí me acuerdo de un antropólogo haitiano, Michel‑Rolph Trouillot, que escribió un libro entero sobre cómo el poder fabrica la historia decidiendo qué se cuenta y qué se calla, y cuyo ejemplo mayor era su propio país: la Revolución haitiana, la única en que unos esclavos negros se independizaron a sí mismos, poco después de la revolución francesa y que fue durante más de un siglo literalmente impensable para Occidente, que no la borró por censura sino por incapacidad de concebir que aquello pudiera siquiera ocurrir.
Argentina hizo con sus negros, a escala nacional, lo que Occidente hizo con Haití: escribirlos fuera del relato, en los márgenes, sacarlos fuera de las fotos. Y aquel Louverture del principio, el que parecía un extraño que se había colado entre "libertadores", deja de serlo, porque lideró exactamente la revolución que el mundo occidental no fue capaz de pensar. De modo que si Bolívar, San Martín y Louverture apoyasen al equipo español en la final —y sigo creyendo que muchos los imaginamos ahí—, no habría sido por virtud de España, ni por geografía, ni por idioma, sino porque en aquel partido concreto Argentina ocupó el lugar de la complicidad con el que manda, y España, y no por accidente, el del que lucha por la visión emancipatoria y humanística de los oprimidos. Porque la emancipación no es una bandera, ni una lengua, ni un color de piel: es un ejercicio consciente, un acto. Y esa tarde en Nueva Jersey y durante años lo vienen ejerciendo Yamal, Cubarsí, Torres, Olmos, Rodri, Nico...
Hay un nombre que es donde todo esto deja de ser argumento y se hace carne. Iñaki Williams se llama Iñaki por un cura, un claretiano que se llamaba así y que a finales de los noventa les encontró trabajo a sus padres en Bilbao cuando llegaron sin papeles, declarando que venían de Liberia para conseguir asilo político. Su hermano Nico ahora es campeón del mundo. Iñaki decidió jugar por Ghana, pero lleva años jugando en el Athletic de Bilbao, el equipo europeo más cerrado étnicamente hablando. No hace falta añadir gran cosa: la pertenencia por el documento y sin importar la raza, la que defendía Sánchez y negaba Rajoy, lo que Turning Point censuró a Benito y lo que Argentina cantaba a Francia sin negros, tiene esta forma concreta y menuda, la de un chaval que se llama como el hombre que ayudó a sus padres el día en que no eran nadie, integrándolos en la comunidad.
¿Y la sospecha del principio, la del algoritmo? No la he resuelto, y sospecho que no tiene solución limpia. Puede que solo me pusiera delante mensajes afines y yo esté levantado con ellos una catedral. Pero puede que todo esto sea el cuento que necesitábamos contarnos aquella tarde. Tengan en cuenta que, aun siendo un cuento, elegir ese cuento y no otro ya dice de qué lado queríamos estar, queríamos a Bolívar, a San Martín y también, por qué no, a Louverture y ésto no lo decide sencillamente ningún algoritmo por nosotros.
Lo grande es que los chavales, los que juegan bonito, ganaron a los que jugaron sucio, aunque ésto no demuestra nada: lo dice el propio De la Fuente, que uno puede ser el mejor, dominar, hacerlo todo bien, pero cometer un solo fallo y perder. Lo que se ganó se ganó antes, en la manera de jugar y en la de responder; no entrar a las provocaciones, no devolver la violencia con violencia, saludar al contrario cuando ya lo has vencido y reconocerlo como igual en la contienda, no como un perdedor a humillar. Aquella tarde solo se trataba de recoger los frutos de años de preparación, como hiciera Benito en febrero en Santa Clara, tampoco improvisó el disco ni las reivindicaciones que se hicieron en el campo, "lo único más fuerte que el odio es el amor", fue el momento en el que cobraron todo el sentido.
Sin embargo, ganar también es importante, y hay que ser franco con eso: es importante porque permite la alegría y la satisfacción de festejar, sobre todo cuando la alegría es algo que parece vetado al pobre, al inferior, al subordinado, al que debe ser productivo a cualquier precio. El que es explotado (por otros o por sí mismo como forma de rendimiento sin límite) cae bajo la sospecha de improductivo en cuanto tiene un minuto de alegría, de júbilo, y se tolera poco y mal entre los evangelistas de lo gris y las métricas para todo (como estos gurús de la auto-explotación que hacen que comer ya no sea un placer, sino calorías a contar y horarios que mantener, sin azúcar ni grasas, que es donde suele estar la gracia). Festejar según qué cosas se está convirtiendo últimamente en una forma de resistencia, aunque nunca dejó de serlo del todo, especialmente cuando aquellos calvinistas decretaron que los carnavales y las fiestas eran contrarias a sus doctrinas.
En esta ocasión, la victoria también fue importante porque dio lugar a un documento publicado por la selección española, tras la entrega de medallas y trofeos, la foto oficial de los campeones y todos comprobamos que en la foto había desaparecido Trump, que se había colado en el escenario y no se quería ir. Lo "silenciaron" para que la imagen fuera solo de los que jugaron, los que realmente ganaron. Como decía Trouillot la historia la fabrican quienes deciden qué queda en la imagen, en la memoria colectiva, y esta vez, por una rara vez, el borrado fue de un sátrapa que se había colado como suciedad, como algo que está fuera de lugar (que es como Mary Douglas, otra antropóloga, define "suciedad"). Quizá solo es una anécdota, pero les confieso que, de todas las imágenes de esa tarde, es una de las que más vueltas me sigue dando; la del hombre, el presidente de una nación poderosa, un imperio en decadencia, que no sabe su lugar y es borrado sin contemplaciones por ello.
Fíjense en la ironía, y ya termino; esa tarde, España se llevó el oro de América, otra vez, solo que esta vez, como intuyeron los que animaban a apoyar a España frente a Argentina (con ayuda del algoritmo o no, ya no importa), la partida, la que sí importa, se jugó en un plano simbólico; esa tarde, medio planeta estaba viendo en España no tanto una nación, con sus inconsistencias, como un sentimiento, una forma de entender el mundo, un lugar donde las fronteras no se definen por el tono de piel o el acento, donde uno es libre de festejar y colorearse ante un mundo cada vez más gris. Y sí, puede decirse que, en este sentido, España jugó como libertadora, frente a Trump, a Milei, a todo eso que borró a los negros de la historia de Argentina, que negó a Louverture porque, aparte de negro, liberó esclavos y mucho antes que Lincoln.
No podemos saber si la FIFA diseñó el mundial para glorificar éso que representaba Argentina a ojos de medio mundo, pero sí parece que le habría salido el tiro por la culata. Y yo que me alegro.
