Hay un momento en que una frase, leída casi al azar, te detiene como un tropiezo inesperado. A mí me ocurrió con el titular de una entrevista a Miguel Adrover en El País, este titular: "Miguel Adrover, el último diseñador libre: 'Parece que toda nuestra lucha solo ha servido para que las nuevas generaciones se pinten las uñas'". Enseguida vamos con el diseñador, que es un hombre con una biografía seria y merece crónica aparte —tengan paciencia—, confieso que mi primera reacción no fue la indignación, emoción que desaconsejo por higiene y porque últimamente circula como mercancía adulterada en las redes: al principio parece que sienta bien y después deja una resaca horrible, entre otros efectos secundarios aún peores. Lo mío fue más bien asombro, la sensación de que algo no encajaba. ¿Cómo se llega a la conclusión de que una lucha social ha servido solo para eso? ¿Qué operación mental hay que hacer para que unas uñas pintadas queden del lado de la derrota? Solo uñas. Como quien dice: de todo el banquete, solo migas. Y uno se queda pensando quién decidió que las uñas eran migas y no pan, y sobre todo quién se permite llevar esa clase de contabilidad. Porque a lo mejor el problema no son las uñas; a lo mejor el problema es que alguien, desde cierta posición, decide qué gestos son legítimos y cuáles son síntomas de una derrota colectiva. Guarden esa pregunta, que es la que quiero trabajar; todo lo demás es el camino para llegar a ella.
Pero antes, el personaje, porque lo prometí y porque a veces las biografías arrastran gestos que aclaran más que cualquier manual de sociología. Miguel Adrover es mallorquín, tiene sesenta y un años y en su día fue —lo digo sin ironía alguna— uno de los diseñadores más radicales del mundo. A finales de los noventa se plantó en Nueva York, donde fregó suelos y militó en Act Up, la organización que peleó contra la pandemia del sida cuando los muertos se amontonaban y los gobiernos miraban para otro lado, y sacó colecciones hechas con bolsos de lujo abiertos en canal, con el cuero de los asientos de los taxis, con camisas de soldados muertos en Vietnam. Aquello era contracultura de verdad, no metáfora de activista de postal. Después el sistema hizo lo que hace siempre —masticar y asimilar— y Adrover se volvió a su pueblo, a Calonge, donde vive retirado desde hace veinte años. Hasta aquí, una historia casi ejemplar.
La entrevista menciona todo esto de puntillas, no sea que alguien se confunda y crea que la cosa va de activismo, cuando de lo que va es de un libro: el que acaba de publicar, cuatrocientas treinta y dos páginas, cuatro kilos de peso, trescientos euros el ejemplar, edición limitada —no nos engañemos, todas las ediciones lo son, pero dicho así vende más— de mil quinientas copias numeradas y firmadas. El contenido amplificó mi asombro inicial: trescientos sesenta y cinco autorretratos, uno por cada día del año, en los que él mismo —fotógrafo, modelo y diseñador, la trinidad completa— se embute en las tallas 34 y 36 de mujer de sus antiguas colecciones, posando solo, sin asistentes "que contaminaran la energía del espacio", yendo y viniendo del trípode al foco durante siete años. Autorretratos, no selfis, aclara: "El selfi es una herramienta del narcisismo digital. En cambio, mis fotogramas son un proceso de maduración. Intento canalizar mis frustraciones y mi energía a través de mi cuerpo". Y yo añado, sin maldad: a trescientos euros el tomo, mejor no hablar de selfis, aunque sea por estrategia de ventas. Por si alguien tuviera dudas de la seriedad del asunto, precisa que le ha costado sesenta y cinco mil euros de su bolsillo y que lo ha dejado emocionalmente exhausto. Es su legado, dice, la prueba documental de que él hizo primero lo que otros hoy cobran por replicar.
Un detalle más, el último, que la entrevista casi ignora y que sin embargo es la clave de bóveda: cuenta que vive con ochocientos euros al mes desde que las autoridades de la isla le retiraron, hace seis años, la licencia de alquiler vacacional que tenía para la planta de arriba de su casa. Lo cuenta como episodio de su precariedad. En Mallorca. En la isla donde el parque residencial se ha hotelizado para duplicar el número de turistas anuales mientras los trabajadores duermen en caravanas, porque hasta compartir habitación cuesta ya más que el propio salario.
Imagino que a estas alturas ustedes empiezan a sentir las ganas del linchamiento, y las entiendo, porque el material es de primera: el que critica la frivolidad de quienes solo pueden permitirse decorarse las uñas mientras vende sus autorretratos a trescientos euros el tomo; el asceta que financiaba su retiro con un apartamento turístico mallorquín; el enemigo del narcisismo digital que levanta un monumento de cuatro kilos dedicado íntegramente a su propia imagen.
Pues bien: frenemos. Frenemos porque eso sería hacer exactamente lo que vengo a impugnar, que es cargar sobre un individuo lo que es síntoma de una estructura, y ese gesto —el dedo que señala al hombre para no tener que mirar el mecanismo— es precisamente la enfermedad de la que quería hablarles, de modo que si la cometo yo aquí, en directo, delante de ustedes, todo lo anterior queda falso.
Nuestro filósofo coreano de cabecera, que escribe en alemán, lo dice con una frase que espero se entienda incluso fuera de contexto: "El culto a la autenticidad desplaza la cuestión de la identidad desde la sociedad hasta la persona individual. Se trabaja permanentemente en la producción de sí mismo. De este modo, el culto a la autenticidad atomiza la sociedad". Léanla dos veces, porque describe a la vez al diseñador y a sus criticados: el libro de cuatro kilos y las uñas pintadas salen de la misma fábrica, la fábrica del yo como única obra disponible, y la diferencia entre ambos productos es de presupuesto, no de estructura. Estamos tan ocupados en producirnos —en rendir, en mostrarnos, en optimizar la propia imagen, sin pausa, sin límite— que ya no creamos comunidad, solo hay comunicación. Y en ese vacío la empatía sale cara y la indignación sale rentable; la indignación cotiza, da visitas, da interacciones, mientras que reconocer al otro requiere detenimiento, contemplación y reconocimiento; mucho más costoso porque no es productivo. Por eso resulta tan fácil, tan barato, reprochar las conductas ajenas que nos parecen frívolas: es la apariencia de comunidad que destilan las redes sociales, aunque carente de toda profundidad simbólica.
Visto así, Adrover no es la excepción a su época: es simplemente un usuario más antiguo. Ha hecho del retiro una marca, de la desaparición un posicionamiento, de la coherencia un archivo fechado y numerado —todo documentado, insiste, cualquiera puede comprobar qué hizo y cuándo—, y eso no es hipocresía, entiéndanme, es algo mucho más triste: es que ni siquiera el que se retira del mercado consigue salir del mercado, porque el mercado hace tiempo que dejó de ser un lugar para convertirse en una gramática, y uno puede mudarse de país pero no de gramática. Como diría un amigo mío, uno puede salir del barrio, pero el barrio no sale de uno tan fácilmente.
La crítica al rentismo de Adrover es más de lo mismo. Cuando media clase media de este país es o aspira a ser pequeña rentista —el piso heredado que se sube a una plataforma, la habitación que se alquila por noches, el plan de pensiones que uno no sabe muy bien dónde invierte pero invierte—, señalar al pequeño propietario concreto es un pasatiempo moralmente satisfactorio y políticamente estéril, porque el dispositivo consiste exactamente en eso: en convencer a tantos de que se hagan rentistas que nadie con una participación en la burbuja quiera pincharla, y en dejar luego que los que no tienen porción se peleen con los que tienen una porción diminuta mientras los que manejan el pastel entero no salen en las entrevistas.
Hubo un escritor inglés, Mark Fisher, que le puso nombre a esta operación: el Castillo de los Vampiros. Una izquierda que ha aprendido a consumir individuos —a juzgarlos, a excomulgarlos, a extraer de cada pecador señalado una pequeña dosis de energía moral— para no tener que tocar estructuras, que dan mucho más trabajo y muchos menos likes.
Lo curioso, y aquí conviene pisar con cuidado porque el terreno está minado, es que el método correcto existe y lo desarrolló el feminismo. El feminismo serio, digo, el que se las veía con estructuras y no con el rendimiento del narcisismo digital: resolvió hace décadas el problema que la izquierda mediática tiene hoy sin resolver, que es cómo criticar un sistema sin expulsar ni criminalizar a quienes lo habitan. Criticar la estructura patriarcal antes que al sujeto educado en ella; entender que es en la conducta individual donde la estructura se hace visible, no en el sujeto que la ejerce. Ese principio de higiene analítica es una de las herramientas más finas que ha producido el pensamiento del siglo veinte, y por eso desconcierta tanto verlo aplicado con criterio de temporada: se usa para unas causas y se guarda en el cajón para otras, según el rendimiento simbólico de cada una. Al varón, por ejemplo, se le retira a veces el beneficio de la duda —como si naciera irremediablemente machista en lugar de ser educado en el machismo, que es exactamente la distinción que el principio exige—, y eso mismo hace Adrover con las uñas pintadas. El señalamiento ya no condena conductas: condena individuos, a veces colectividades, pero siempre "otros" y casi siempre de clase más baja. Se gana en indignación, en interacciones, se maximiza la comunicación, y se pierde comunidad; desde luego se pierde eso tan antiguo que se llamaba transformación social, que era el objetivo del asunto, si no recuerdo mal.
Ahora bien, señalar no es nada nuevo, y menos si el señalado es alguien de estrato popular que recurre a estrategias tan mundanas como usar color en sus ropas, su cuerpo, o simplemente bailar y divertirse, para eludir el tedio de lo cotidiano. La sospecha ante la alegría de los pobres es una constante histórica con más continuidad que muchas dinastías: las leyes contra la ginebra en el Londres del dieciocho, los sermones contra el baile, el escándalo ante la verbena, el clásico contemporáneo de las zapatillas de marca —cómo va a ser pobre, si lleva zapatillas de marca—. Al pobre se le concede el sufrimiento digno; el goce, en cambio, tiene que justificarlo con papeles, porque hay una vieja teología según la cual el placer hay que ganárselo y el pobre, por definición, no se lo ha ganado. Cuando el asceta de Calonge dice en la entrevista que alucina con las conductas frívolas de las nuevas generaciones está oficiando, sin saberlo, esa liturgia antiquísima, la del párroco que desconfía del carnaval; solo que ahora el púlpito se llama entrevista dominical y el carnaval se llama Bad Bunny.
Y no me hagan trampa tampoco ustedes, que los veo venir por el otro lado: no estoy haciendo un alegato del hedonismo, no vengo a decirles que las uñas pintadas son la revolución y que bailar es resistir —podría serlo, pero no automáticamente—, que esa es otra mercancía y se vende dos estanterías más allá. El mismo escritor inglés del Castillo tenía nombre para el reverso del asunto: hedonia depresiva, el placer de baja intensidad que no cura la tristeza sino que la administra, el anestésico que no interrumpe la máquina sino que la lubrica. Puede ser verdad —y creo que es verdad— que el sistema haya aprendido a suministrar color en dosis exactas para que el gris resulte habitable sin resultar impugnable. Pero fíjense en la vuelta de tuerca de nuestros días, porque es de una crueldad casi elegante: al anestesiado, además, se le cobra peaje moral por anestesiarse. No solo estás triste y tu manicura apenas te alivia; encima viene alguien —desde un libro de cuatro kilos, desde una secretaría de juventud, desde el altavoz que sea— a explicarte que tu manicura es síntoma de la decadencia de Occidente, que has malgastado la herencia de los que lucharon, que eres frívolo. Depresión más culpa: la fórmula completa, la de aquellos reformadores protestantes del s. xvi que no se conformaron con quitarle el color al mundo sino que hicieron pecador al que lo llevaba puesto. El dispositivo está hoy tan perfeccionado que ya ni necesita pastores: cada uno lleva el suyo dentro, y los domingos, en vez de sermón, hay prensa cultural o un influencer en sesión doble.
Hay un aforismo alemán del s. xix, de un señor barbudo de Tréveris cuyo nombre no pronunciaremos por miedo al algoritmo que todo lo censura, que decía jeder nach seinen Fähigkeiten, jedem nach seinen Bedürfnissen: de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades. Era un horizonte, no un diagnóstico, pero funciona tristemente bien como diagnóstico invertido de lo nuestro: las capacidades van a menos —cada vez menos autonomía, menos margen para hacer otra cosa que producirse a uno mismo— y las necesidades, lejos de ser atendidas, han sido intervenidas, desplazadas hacia una positividad insaciable, porque una necesidad de verdad se sacia, mientras que una necesidad convertida en rendimiento no se sacia nunca, siempre admite un decimal más. Visto desde ahí, quien se decora las uñas y el viejo diseñador que se fotografía trescientas sesenta y cinco veces hacen en el fondo lo mismo: intentar que algo sea suyo en un mundo donde casi nada lo es, cada uno con sus capacidades, cada cual con sus necesidades. A ninguno de los dos hay que reprocharle lo que hace, porque hace lo que la estructura le permite, que es a quien habría que pasarle la factura; y quien esté dispuesto a pagar el coste de la transformación estructural, que tire la primera piedra. Mientras tanto, lo urgente quizá sea más modesto y más difícil: reconstruir la comunidad que el culto a la autenticidad ha atomizado, volver a mirar al otro sin calcular cuánto rinde mirarlo. Luego, luego ya veremos.
De modo que si algún día se sorprenden ustedes a punto de pronunciar ese adverbio —solo uñas, solo baile, solo migas— hagan la prueba de cambiar la pregunta, y en lugar de qué color llevas las uñas pregunten quién decide qué gestos son legítimos y por qué habrían de ser síntomas de una derrota colectiva. No ocurre solo con las uñas: pasa con el baile, con las opciones veganas, con los alegatos animalistas más exaltados, con algo tan delicado como la apropiación cultural —como si llevar una camisa hawaiana fuera robarles algo a los hawaianos—, pasa incluso con "genocidios" lejanos que se esgrimen o se ignoran según convenga, mientras distraen de los problemas estructurales de aquí al lado. Pruébenlo: al próximo que trate de amargarles la cena le dicen, y quién eres tú para decidir si en mi pizza va un trozo de queso fundido, una mísera anchoa, y por qué el reproche me toca a mí y no a quien vende el queso o al sistema que permite las queserías. No dará lugar a grandes cambios, ya lo sé, pero es la dirección correcta, y con eso, de momento, alcanza.
