Detengámonos un momento en la siguiente cifra, un número que parece demasiado pequeño para sostener nada; 97 segundos, más o menos lo que duró la oscuridad total en Burgos la tarde del 12 de agosto —un poco más al norte, en Galicia, la sombra entró poco antes de las ocho y media y el eclipse total de sol barrió la península hacia Baleares, donde se despidió minutos después—. Solo hay una cosa casi tan fascinante como el propio eclipse: durante los días previos, un número sorprendente de personas se dedicó a anunciar, con cierta solemnidad (aunque no sé si solemnidad es la palabra, porque a veces la solemnidad es solo el disfraz que usamos para no confesar que algo nos da miedo), que no pensaban verlo. No que no pudieran, que es distinto —y esto es importante—, sino que no querían.
Aguantemos aquí un momento, porque hay que remontarse bastante atrás para entender el tamaño de la ocasión que tanta gente decidió dejar pasar. España tuvo tres eclipses de sol en apenas trece años, a principios del siglo pasado —1900, 1905, y uno más en 1912 que casi no cuenta, porque la totalidad duró unos segundos en una franja tan estrecha que solo rozó Galicia y un trozo de León antes de escapar por Asturias (los propios astrónomos discuten hoy si ese de 1912 merece figurar en la lista o si hay que saltar directamente de 1905 a este agosto, ciento veintiún años después). Da un poco igual cómo se cuente: un eclipse total de sol no pasa por tu puerta cada pocos lustros, pueden pasar más de cien años. Y esta vez, además, el Instituto Geográfico Nacional montó una web con cuenta atrás (la vi hace unos días, marcando días, horas, minutos y segundos hasta el siguiente, porque resulta que 2026, 2027 y 2028 nos van a regalar un trío de eclipses ibéricos, dos totales y uno anular), RTVE se volcó con la cobertura, se repartieron miles de gafas homologadas, y durante días fue casi imposible lidiar con la rutina sin toparse con la palabra eclipse.
Simplificando, costaba muy poco; 97 segundos de atención, algunos minutos más con unas gafas que podías conseguir gratis y a cambio te llevabas el recuerdo de un evento astronómico que tarda generaciones en volver a ponerse sobre la mesa.
Y con ese despliegue de fondo, con esa maquinaria estatal y mediática empujando a todo un país hacia el mismo instante, empezaron a aparecer, como una réplica exacta, clones unos de otros, los que no iban a mirar. Ahí está el detalle, porque el gesto de rechazar lo colectivo, cuando lo colectivo es tan evidente, tan publicitado, se convierte en algo más: en un acto de afirmación de identidad.
Vamos a ponerles nombres a algunos que salieron en prensa:
Astrid Salvat, de Tarragona —y aquí me permito un paréntesis, porque su nombre me suena a esas heroínas de las novelas rusas que siempre dicen verdades incómodas—, lo explicó con una calma que, al principio, sonaba la más razonable de todas: dijo que prefería preguntarse si algo le interesaba de verdad antes de sumarse sin más, y que el eclipse, sinceramente, no le atraía. En cuanto lo publicó, le llovieron las críticas (lo cual, por cierto, ya es un dato en sí mismo: nadie insulta en redes a quien de verdad le resulta indiferente el fútbol, o el flamenco, o el último reality de moda). Concha Merino, en Palma, hablaba de un «portal energético oscuro» y prefería mantenerse alejada. Raquel Yebes, que vende fruta en el Mercat de Pere Garau, había detectado un fanatismo alrededor del fenómeno que, a su juicio, servía para desviar la atención de asuntos más importantes —sin decir nunca cuáles, lo cual, de alguna manera, lo hace aún más intrigante—.
Hasta aquí, gente corriente con motivos ordinarios: el miedo, la superstición, el hastío. Pero el mismo gesto, exactamente el mismo, subió de escala en cuanto llegó a quienes tienen público. Cristina Castaño lo anunció en Instagram como quien lanza una convocatoria, preguntando directamente a sus seguidores si ellos tampoco pensaban verlo; entre las respuestas, la actriz Antonia San Juan se apuntó a la misma renuncia. Miguel Bosé —que ya viene arrastrando currículum desde la pandemia— avisó a primera hora de la mañana del día del eclipse: «mal rollo, malas consecuencias» (millones de repeticiones en cuestión de horas, claro). Y Marcos Llorente, futbolista, por si necesitan el dato, cerró el círculo de una forma más bien gráfica: publicó una foto con gafas de juguete en forma de oveja, escribió que no pensaba sumarse a la pesadilla del eclipse, y aprovechó el mismo mensaje para recordar que las gafas de su propio proyecto, Free Human Global, tenían un código de descuento.
No hacía falta que yo crease la metáfora del mercado de identidades: él la puso ahí, con precio y todo.
Ahora bien, hay una psicóloga social, Ana Muñoz, del CIEMAT, a quien preguntaron por el fenómeno mientras aún estaba caliente, cuya respuesta interesa citar porque ya trae la teoría dentro. Sugirió que buena parte de ese rechazo era, en el fondo, una reacción contra la propia viralización: gente pensando «yo soy distinto, yo no entro en la rueda de todo». Quizá cabe preguntarse por qué alguien quiere ser distinto a costa de una observación astronómica, pero nos deja entrever que el problema no era el eclipse, sino la "viralización".
En este punto, vamos con nuestro filósofo de cabecera para temas de "comunicación sin comunidad": Byung-Chul Han. Tiene un libro, La expulsión de lo distinto, en el que describe algo que llama "el infierno de lo igual", conviene ser preciso aquí, porque el término se presta a confusión. Han no habla de la igualdad ante la ley, sino de otra cosa, más sutil: de un mundo en el que la hipercomunicación ha vuelto todo "likeable", todo intercambiable, todo mirable por todos al mismo tiempo en un exceso de transparencia, y en el que, precisamente por eso, el otro —como misterio, como sorpresa, como experiencia irrepetible, como negatividad que obliga a pararse, como fricción del ego— va desapareciendo. Sin ese "otro", todo se vuelve igual, lo mismo, no hay contraste. La red social se vuelve cámara de eco, la misma voz repetida. Por eso, una web con cuenta atrás sincronizando a un país entero hacia los mismos noventa segundos puede ser vista como una ilustración de manual de lo igual, ofrecido, empujado, celebrado desde una institución del Estado. A esto es fácil oponer resistencia, solo que esa resistencia no es muy subversiva que digamos, es disidencia para vagos.
Fíjense que, aquí está la vuelta de tuerca que de verdad me interesa, negarse a mirar no permite escapar de ese infierno de lo igual. Lo confirma. Porque en el momento en que Salvat, Merino, Yebes, Castaño, San Juan, Bosé y Llorente lo anuncian en público, dejan de ser siete personas con siete razones distintas y pasan a ser una "categoría", perfectamente reconocible, perfectamente comparable entre sí: los que no lo vieron por elección. Los negacionistas. La huida de lo igual produce, en cuestión de días, una nueva forma de lo igual, solo que esta vez con la etiqueta de autenticidad puesta por delante.
Y esa etiqueta es exactamente lo que Han nos describe en otro libro, La sociedad del cansancio, cuando habla del sujeto convertido en «empresario de sí mismo»: alguien que ya no obedece a un mando externo, que no necesita que nada ni nadie le prohíba algo, porque ha aprendido a explotarse a sí mismo bajo la ilusión de la libertad, de la emancipación. Uno ya no se rige por verbos como "debo" sino por el "puedo", en una carrera hacia la potencia máxima, el máximo rendimiento (y la máxima auto-explotación). Llorente quizá no miente cuando dice que no va a ver el eclipse. Solo que usa esta decisión propia para mercantilizar un producto, con código de descuento incluido.
En este punto me asalta una pregunta —y esto se lo dejo planteado al público, porque no tengo la respuesta y, la verdad, creo que no debo dársela yo—, porque, en agosto de 2027, el eclipse se va a repetir, esta vez en Cádiz, en Málaga, en Ceuta y en Melilla, apenas un año después de este; luego, el de 2028 será anular, que es otra cosa, más tenue. Los que este agosto anunciaron que no pensaban mirar, ¿van a anunciar lo mismo el año que viene? Sospecho que sí, la mayoría. Y si es así, eso confirma algo que quiero dejar dicho antes de cambiar de tema: el coste de la renuncia es ridículo —un par de minutos, un evento astronómico que, seamos francos, no te cambia tus condiciones materiales de vida—, y sin embargo hizo falta todo un aparato de identidad (populista), de reacción, de mercado, para sostenerla. Si el mecanismo aparece con tan poco en juego, conviene preguntarse qué pasa cuando lo que está en juego ya no es un espectáculo astronómico.
Porque el mecanismo, con el coste ya multiplicado por mil, lo hemos visto, por ejemplo, este verano en Texas. En la Women's Leadership Summit de Turning Point USA, con Erika Kirk a la cabeza: varias ponentes defendieron sustituir el voto individual de la mujer por un voto único por hogar, ejercido por el marido. Savannah Stone, la más citada de todas, dijo que entregaría «con gusto» ese derecho, el derecho a sufragio. Yo creo que ésto no es distinto, en su estructura, a decir que no vas a mirar el eclipse: es comprar, en el mismo estante de la autenticidad y la diferenciación, la idea de que ceder algo tuyo, a cambio de ser "diferente", es lo que más te conviene. Solo que aquí lo que se cede no es un recuerdo de una tarde de agosto, es la ciudadanía política, son derechos duramente luchados y conseguidos hace 100 años.
Y el mismo mecanismo, con el coste llevado a su extremo, lo tienen ahora mismo buena parte de los votantes latinos que apoyaron a Trump en 2024 y que este año han visto revocar el TPS o las visas de familiares directos. Hay una politóloga, Cristina Beltrán, que le puso nombre a esto hace ya un tiempo: blancura multirracial —no la promesa de parecer blanco, sino la promesa de acceder, sea cual sea tu apellido, al proyecto político de lo blanco; a esa libertad de reclamar exclusión y dominación sin quedar tú mismo excluido del reparto—. Comunidades cubanoamericanas de Florida, con más del setenta por ciento de apoyo declarado a Trump, hablan ya abiertamente de sentirse traicionadas. Compraron en el mismo estante de autenticidad y diferenciación convencidos de que era lo que más les convenía. El precio, esta vez, fueron las deportaciones y la violencia racial del ICE entre otras similares.
Así que la pregunta con la que quiero dejarles no es si vieron el eclipse o no —eso, al final, importa poco, y quien quiera verlo tiene otra oportunidad el año que viene—. La pregunta es que hizo que tanta gente aceptara la idea de que no verlo, o ceder un derecho constitucional o negarse ser vacunado durante una pandemia o incluso afirmar que la tierra es plana contra toda evidencia, era exactamente lo que más les convenía.
Sin duda, el infierno de lo igual, donde todos maximizan su rendimiento, tiene no solo un mecanismo, un punto de venta. Y no ha dejado de vender ni por un eclipse de 97 segundos.
