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Impotencia reflexiva: por qué el mundo sigue igual aunque sepamos que está mal

¿por qué es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo?

Editorial HDLGP·
Impotencia reflexiva: por qué el mundo sigue igual aunque sepamos que está mal

Fisher, Žižek, Deleuze, Kafka y el capitalismo que todo lo absorbe

Lo que quiero hacer aquí es aclarar algo que me lleva trayendo de cabeza toda la mañana —aunque, la verdad, el tema viene de más lejos, porque esto de los barcos y los secretarios de Guerra no es más que la punta de un iceberg que lleva años flotando por ahí sin que nadie se moleste en chocar contra él—. Resulta que hoy supimos que Irán había inutilizado la base naval que Estados Unidos tiene en Baréin. No una base cualquiera, sino el cuartel general de su flota en el golfo Pérsico, ese lugar del que dependen cosas como, no sé, que un portaaviones —el USS Abraham Lincoln, con cinco mil marineros a bordo— no pueda tocar tierra desde hace más de nueve meses.

Algunos familiares de los marineros ya habían empezado a contar lo que pasa ahí dentro hace días: duchas con moho, agua contaminada, comida racionada, y varios intentos de tirarse por la borda. Pete Hegseth, cuyo empleo es de secretario de Defensa, dijo que todo eso estaba «completamente tergiversado». Y el mando militar, para demostrarlo, sacó un dato, un porcentaje de marineros que habían renovado su contrato, como si éso explicase algo como ocultar la destrucción de todo un cuartel general y un buque que no toca tierra en 9 meses.

Quiero recordar, porque no es una broma, aunque lo parezca, que ese mismo secretario cambió el nombre de su ministerio; desde hace un año en su despacho dice «secretario de Guerra», y cambiar todos los carteles del Pentágono por ese motivo cuesta varios millones de dólares. O sea que hay dinero, tiempo, pompa y boato para cambiar el nombre de forma ridícula (la denominación de "guerra" cayó en desuso tras la segunda guerra mundial, cuando nos centramos en la seguridad propia y no en invadir a nadie) pero para los cinco mil marineros, que llevan sin ver tierra desde hace nueve meses, ni siquiera hay ni una rueda de prensa sincera.

Aquí viene lo interesante, o al menos lo que a mí me trae de cabeza. Porque, claro, uno espera que, cuando se destapa algo así —que la base está destruida, que se ocultó deliberadamente, que hay marineros al borde del motín—, pase algo: un cese, una dimisión, un escándalo con titulares en mayúsculas. Pero no. Nada. Apenas una carta de un senador pidiendo explicaciones, que es más o menos como gritarle a una pared, solo que con papel de carta y sello oficial. Y entonces me hice una comparación, quizá un poco rara, que quiero que hagáis conmigo.

En 1954 el senado Joseph McCarthy tuvo la ocurrencia deacusar de comunistas a medio Estados Unidos con pruebas que, en el mejor de los casos, eran cuestionables, y en el peor, directamente inventadas. Hasta que un día se metió con el propio Ejército y ahí el Senado lo echó a patadas, sesenta y siete votos contra veintidós, su carrera terminó ese mismo día. Fijaos en el motivo exacto, porque tiene su miga: no lo cesaron por mentir sobre los comunistas, ni por las vidas que había arruinado sin ninguna prueba. Lo cesaron por faltarle el respeto al propio Senado, por insultar al comité que lo estaba investigando. Y el presidente de entonces, Eisenhower, que en público jamás pronunció su nombre, trabajó por detrás para hundirlo, no porque le importara la verdad, sino porque McCarthy se había convertido en un problema para la imagen del propio sistema.

En los 50 y los 60, cuando te pasabas de la raya, te cesaban. Se actuaba cuando la institución se veía amenazada en su propia coherencia. Y esa es la pregunta que de verdad me interesa: ¿por qué hoy ni siquiera eso ocurre? ¿Por qué, antes, faltarle el respeto al Senado costaba una carrera entera, y hoy, iniciar una guerra sin permiso del congreso, insultar a los aliados de la OTAN, dejar a cinco mil personas sin suministros y mentir sobre ello no se lleva por delante la carrera de un personaje tan poco apto para el puesto?

Karl Marx ya lo vio hace siglo y medio, con esa clarividencia que tienen los que miran desde fuera: las ideas más poderosas no son las que todo el mundo defiende a gritos, sino las que ya no hace falta defender, porque se han vuelto de sentido común. Cuando algo pasa de ser una opinión política a ser «así son las cosas», se ha convertido en un hecho de la naturaleza, como la lluvia. Y ahí está el truco, claro: nadie discute con la lluvia.

Y aquí es donde entra Slavoj Žižek, ese filósofo esloveno que parece siempre a punto de reírse de su propio chiste. Él dice que el fascismo y el comunismo soviético necesitaban propaganda constante —carteles, discursos, desfiles— porque tenían que mantener un nivel alto de desinformación para que la gente no dejara de comprarles el mensaje. El capitalismo, en cambio, funciona al revés: cuanto menos se habla de él, más se afianza. Podéis pensar que la política es un espectáculo, podéis desconfiar de todos los políticos, podéis estar convencidos de que el secretario miente... y, sin embargo, el sistema sigue funcionando exactamente igual. Porque desde 1989 "es lo que hay", el comunismo fracasó y ya no hay alternativa. Mark Fisher, un escritor inglés, lo resumió en una frase: «Ninguna idea gana de verdad hasta que deja de necesitar quien la defienda».

Antes de seguir, una pista. Gilles Deleuze, comentando un cuento de Kafka, decía que las sociedades de antes funcionaban por moldes: la fábrica, el colegio, el cuartel. Espacios cerrados que te daban una forma, y si no encajabas, te expulsaban. Pero las sociedades de hoy, decía, ya no funcionan así. Ahora funcionan por modulación continua: el molde se adapta a ti, no al revés. No te expulsan. Te absorben.. Se ajustan un poco, como un traje que se estira, y sigues dentro. Por eso el secretario de Guerra no necesita que lo echen. El sistema ya no tiene molde que proteger.

Fisher, en su libro Realismo capitalista, cuenta que daba clases a chavales de dieciocho o diecinueve años en Inglaterra. Y notó algo que llamó impotencia reflexiva. No es que sus alumnos fueran unos pasotas, ni unos cínicos. Sabían perfectamente que las cosas iban mal. Y, lo que es peor, sabían —con una seguridad casi religiosa— que ellos no podían hacer nada al respecto. Y esto es lo importante: ese «no puedo hacer nada» no era una conclusión a la que habían llegado después de analizar el mundo con calma. Era una profecía que se cumplía sola. Si estás convencido de que no puedes cambiar nada, dejas de intentarlo. Y al dejar de intentarlo, confirmas que, en efecto, no cambiaste nada.

Fisher también mencionó a Kafka, con El proceso nos señaló que toda esta profecía autocumplida tenía una relación clara con esa postergación indefinida que sufre el protagonista. Ni te condenan, ni te absuelven. Te dejan ahí, esperando, para siempre. Y aquí viene el ejemplo que lo aclara todo: la vivienda. Todo el mundo está de acuerdo en que hay un problema. La vivienda sube más que los salarios, año tras año. Los políticos a veces justifican las subidas con frases como «si está cara es porque los españoles pueden pagarla» (que es como decir que si te hundes es porque no sabes nadar y no mencionar el lastre que el sistema te puso encima), y otras veces hacen leyes que ponen parches inútiles. Hay debates, hay promesas, hay comisiones de investigación... pero el problema sigue ahí, como una sala de espera eterna donde nadie nunca te atiende.

Ante todo esto, es normal que surja el sentimiento de impotencia, pero hay algo peor; cómo lidiamos con toda esa impotencia. Fisher decía que sus alumnos no estaban deprimidos, ni enfadados. Estaban en un estado raro que llamó hedonia depresiva, que no es lo mismo que la anhedonia. No es que no puedan sentir placer. Es que no pueden hacer otra cosa que buscarlo, todo el rato, y en dosis cortas. Y si me permitís actualizar el ejemplo —porque Fisher escribía esto hace más de quince años—, hoy eso tiene un nombre: el scroll infinito. El gesto de abrir el móvil sin pensarlo, sin ni siquiera querer ver nada en concreto, solo para sentirse "conectado" a un flujo de comunicación que, en realidad, no conecta con nada ni con nadie, solo te alivia la sensación de impotencia, funciona como un narcótico.

Ahora bien, aburrirse —ese rato incómodo justo antes de coger el móvil— no es un vacío tonto que haya que rellenar cuanto antes. Es casi el único momento del día en que algo verdadero intenta asomar. Jacques Lacan lo llamaba «lo real»: lo que queda cuando se cae el decorado. Por eso nos da tanto miedo aburrirnos. No porque no pase nada. Sino porque si nos dejamos llevar por el aburrimiento, por la falta de estímulos cortos, quizá empezaría a pasar algo. Y ese algo, probablemente, sería parecido a una conciencia de clase, que no es un "despertar", sino un modo de hacer, de comportarse. Solo que verse como clase baja, como «perdedor», es exactamente «lo real» de lo que todo el mundo huye. Es el terror de la sociedad actual en su estado más puro.

Todo esto —el barco, la impotencia, el scroll— podría sonar a accidente, al espíritu de nuestro tiempo que surge de los cambios tecnológicos. Pero no. No es casualidad. Y no me refiero a un grupo de señores fumando puros en una sala secreta, planeando todo esto, porque no es tan sencillo. David Harvey, el geógrafo, lo explica mejor: desde finales de los 70 hay un proyecto político muy concreto, financiado, organizado, con sus think tanks y sus estrategias, cuyo objetivo era devolverle el poder a quien ya lo tenía antes. Antes de perderlo en la primera mitad del siglo XX, para arreglar el desastre de las guerras mundiales y los totalitarismos. No es que inventaran nada nuevo, Alain Badiou lo dijo muy atinadamente, es una Restauración, como cuando volvieron los reyes después de Napoleón. Y esta restauración ha funcionado tan bien que, entre 1970 y el año 2000, la diferencia entre lo que gana un trabajador normal y lo que gana un directivo pasó de treinta veces más a quinientas veces más. Los datos desde 2000 hasta hoy son aun peores.

Y aquí va la frase que más me gusta de todo, porque tiene su ironía bien afilada: dice Harvey que los neoliberales fueron más leninistas que los propios leninistas— que ellos sí supieron organizar una vanguardia intelectual, currárselo de verdad, para que su idea terminara pareciendo puro sentido común. Lo que quiero decir con esto es que lo «natural» de, por ejemplo, el mercado o su mano invisible, no es precisamente natural. Alguien tuvo que trabajar mucho, durante mucho tiempo, para que lo pareciera.

Quizá, ahora tocaría deciros cuál es la alternativa, y no la tengo. Ni yo, ni tampoco el propio Fisher, que escribió doscientas páginas explicando el problema y dedicó apenas las últimas dos a la salida, y las dedicó, además, sin demasiada convicción. Podría acabar aquí y hacer como que no importa. Pero sería un poco deshonesto, así que vamos a esbozar alguna cosa.

Hay un antropólogo haitiano, Michel-Rolph Trouillot, que estudió algo que os va a interesar si os gusta la historia. En 1791 un grupo de personas esclavizadas (negras, para que nadie se despiste) en la isla de Haití se levantaron contra Francia, contra España y contra Inglaterra, contra los tres imperios más poderosos del mundo a la vez y ganaron, y fundaron una República, libre, o sea, de personas libres. Trouillot descubrió, leyendo la prensa y las cartas de la época, que casi nadie en Europa fue capaz de contarlo tal cual había pasado. Lo llamaron un accidente, una anomalía, cualquier cosa menos lo que de verdad era, porque, literalmente, no cabía en las categorías con las que pensaban en aquel momento. No es que les pareciera improbable. Es que resultaba totalmente impensable. Y sin embargo pasó.

Pensad en lo que significaba en aquella época: gentes que legalmente ni siquiera se consideraba persona se organizaron, se armaron, derrotaron en el campo de batalla a las potencias que se repartían el mundo y, sin pedir permiso, se declararon libres y soberanos. No era concebible (y algunos hoy tampoco lo conciben del todo) que gentes "inferiores", por civilizar, creasen todo un Estado, un ejército, una declaración de independencia. Por eso lo achicaban, lo convertían en anécdota, en accidente — no porque mintieran a propósito, sino porque no tenían con qué pensarlo, era como "lo real" de Lacan. Negros fundando un estado moderno, ¿qué sería lo siguiente, mujeres con derecho al voto?

¿Por qué te cuento esto? Porque hoy, como dice Fisher citando a Žižek, la alternativa al capitalismo parece impensable. Y para que quede claro: impensable no es lo mismo que imposible. Es una etiqueta que ponemos ahora, con las categorías mentales que tenemos ahora. Y las categorías, como demuestra Haití, se construyen. Cambian.

Si no me crees a mí, mira el cine. Cuenta cuántas películas has visto sobre el fin del mundo —zombis, virus, meteoritos, inteligencias artificiales que nos destruyen—. Ahora cuenta cuántas conoces que te muestren un mundo organizado de otra manera, una alternativa al capitalismo que no sea una distopía tras un cataclismo. La primera lista será larga. La segunda, casi inexistente. El propio libro de Fisher empieza hablando de Hijos de los hombres, donde el futuro es solo el presente, pero peor, más roto, sin ningún mundo nuevo detrás.

Hay una excepción que merece la pena leer, porque es un libro y no una película, de Ursula K. Le Guin: Los desposeídos, donde se describe la sociedad de la luna Anarrés, igualitaria, feminista, sin propiedad privada, organizada entre todos. Y lo bonito es que Le Guin no hace trampa: esa sociedad también tiene sus problemas, su gente conformista, su escasez. Lo llama, en el subtítulo del propio libro, una utopía ambigua. Quizás esto sea el problema: imaginar un mundo distinto es muchísimo más difícil que imaginar el fin del actual, porque un mundo distinto tiene que funcionar, tiene fricción, tiene que resolver cosas de verdad y el fin del mundo no tiene que resolver nada. Solo tiene que terminar con la impotencia actual y apuntar a un nuevo comienzo.

Ni siquiera la izquierda, que se supone que debería estar en esto, lo ha hecho especialmente bien. Se ha entretenido más discutiendo qué palabras usar, qué eslóganes suenan mejor, qué identidades son adecuadas. Solo que la pelea de eslóganes o identidades suele ganarla quien tiene más dinero y más altavoces para llenarlos de su propio contenido y todos sabéis quiénes son esos.

Así que, para ir cerrando con algo sencillo: creo que el primer paso, antes que cualquier alternativa, es dejar de llamar «ley del mercado» a algo que no es ninguna ley. No es la lluvia. No es la gravedad. Es una forma elegante de esconder que el dinero se sigue acumulando en cada vez menos manos. Que la sanidad o la investigación médica no se reparte según quién la necesita, sino según quién puede pagarla. Como ocurre ya con la educación. O con la vivienda. Llamarlo «mercado» es exactamente lo mismo que llamar «tergiversación» a los problemas de un barco lleva nueve meses sin suministros.

Y así volvemos al USS Abraham Lincoln. Porque lo que de verdad conecta al barco con la crisis de la vivienda, con tu móvil, con la palabra «mercado», es que ninguna de las tres cosas amenaza de verdad al sistema. Puedes criticar al secretario de Guerra, indignarte un rato, cambiar de pestaña, y el sistema sigue exactamente igual. Porque de eso se trata: de que se hable de algo, porque hablar nunca llega a tocar nada importante. Es el espectáculo del que hablaba Guy Debord hace más de sesenta años. Es la narcosis que destruye la capacidad de asombrarnos en serio, de pararnos y decir «esto no es normal» en vez de pasar la pantalla. La narcosis que elude hacerse cargo de uno mismo, del propio futuro. No el futuro que te venden en los libros de autoayuda o el influencer de la dieta para la inflamación intestinal, sino del tuyo como parte de un entramado social, de una comunidad, de la humanidad misma.

El espectáculo sirve para enseñarnos a considerar impensables cosas que, en realidad, solo son incómodas. Convencernos de que el terraplanismo o el negacionismo son opiniones válidas, mientras que la idea de que otro mundo es posible es una locura. Que nos vende soluciones que son, en realidad, las toxinas más venenosas del capitalismo posfordista: la idea de que la riqueza material es la clave de la autorrealización; que solo los ricos son ganadores; que cualquiera puede triunfar, solo hay que estar dispuesto a trabajar lo suficiente y dejar los escrúpulos en casa. Y si no triunfas, siempre habrá un "otro" a quien culpar.

Pero primero, te culpas a ti mismo, no al sistema que te ha colocado ahí. Y así estamos todos, con hedonia depresiva, lidiando con la impotencia reflexiva, sumergidos en el scoll infinito y las dietas sin harinas o sin azúcar o sin cualquier cosa que te haga un poco feliz. La represión ahora no viene de fuera, del "molde" institucional, sino de dentro, de interiorizar que «así son las cosas», es como la lluvia que cae, inevitable. Pero tal vez baste aburrirse un poco, detenerse, para empezar a asombrarse y darse cuenta de que impensable no significa lo mismo que imposible.