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La guerra no tan silenciosa por la sucesión republicana de 2028 entre Vance y Rubio

las dinámicas de legitimación política en la sucesión republicana de 2028, contrastando el capital identitario de JD Vance con el capital de gestión de Marco Rubio, y su impacto en las encuestas y el ecosistema de donantes.

Editorial HDLGP·
La guerra no tan silenciosa por la sucesión republicana de 2028 entre Vance y Rubio

Análisis de las estrategias de JD Vance y Marco Rubio en el marco de las primarias republicanas, con énfasis en las variables de identidad, gestión y diseño muestral en las encuestas.

Voy a hacer una cosa que quizás no conviene en una clase de ciencias políticas, que es empezar por una imagen en vez de por una pregunta de investigación —pero llevo toda la mañana dándole vueltas a esto:

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Y cada vez que intento ordenarlo en variables independientes se me deshace entre las manos, así que prefiero contarlo como lo fui viendo, con el desorden con que efectivamente ocurrió.

La imagen parece clara, el vicepresidente JD Vance encabeza casi todas las encuestas de las primarias republicanas, y las gana con una ventaja que hace apenas medio año era abrumadora sobre el que ahora es segundo Marco Rubio. Solo que el pico exacto de esa ventaja no coincide con ningún logro de gestión, coincide con un gesto de identidad: el respaldo público de Erika Kirk, viuda de Charlie Kirk, en el escenario de Turning Point USA.

El secretario de Estado Marco Rubio, en cambio, empieza a cerrar esa distancia no desde ningún acto de pertenencia simbólica, sino desde la gestión pura y dura —Ucrania, la captura de Maduro en Venezuela, la administración de facto de ese país después. Dos maneras completamente distintas de acumular legitimidad, el linaje simbólico frente al desempeño en la gestión, y conviene quedarse con esa paradoja un rato antes de intentar resolverla, porque el resto de la clase no es otra cosa que un intento fallido, o parcialmente fallido, de resolverla.

Lo primero que hay que decir, y esto sí lo digo con la seguridad de quien ha cruzado media docena de encuestadoras contra otra media docena, es que el "casi empate" que titulan algunos medios depende brutalmente de quién pregunta y con qué papeleta. Emerson y AtlasIntel ven a Rubio pisándole los talones a Vance, incluso por delante; Big Data Poll, McLaughlin y el promedio agregado de RealClearPolitics ven a Vance todavía cómodo, veinte puntos por delante. La lección de método —y esto tampoco es mío, cualquier manual de opinión pública lo dice mejor que yo, pero conviene repetirlo delante de estudiantes que van a fabricar encuestas algún día— es que la pregunta "quién va ganando" suele ser menos instructiva que la pregunta "quién decidió cuántos nombres poner en la papeleta". Con cuatro nombres, dos crecen; con diez, se reparten. No hay conspiración en eso, hay diseño muestral, que a veces es casi lo mismo y a veces no tiene nada que ver.

Hasta aquí, todo podría zanjarse bajo "artefacto estadístico" más un poco de gestión operativa sin estridencias o sea, el típico perfil que apaga fuegos en lugar de crearlos: Rubio ocupa los espacios donde todavía se puede negociar —Ucrania, la vía diplomática con Venezuela—, mientras que el secretario de Defensa Hegseth carga con Irán, la guerra sin salida, los sobrecostes, las comparecencias duras en el Senado. Uno podría llamarlo también ruido estadístico: la exposición mediática desigual que le toca a cada quien según la cartera que ocupa, no sigue ningún plan.

Pero hay un dato que resiste esa lectura tranquila, y es aquí donde la clase cambia de tono y se vuelve conjetura. Rubio no solo gestiona aparentemente bien lo que le toca, sino que acumula, además, cada cargo que queda vacante: asesor de Seguridad Nacional interino tras la salida de Michael Waltz, archivero interino, administrador interino de USAID. Y en paralelo, el Washington Post documentó hace apenas unas horas que detrás de la ofensiva "Never Vance" en redes hay, como mínimo, un actor con nombres e historial conocido; donantes proisraelíes que ya intentaron en 2024 que Trump descartara a Vance. De modo que ya no podemos asumir con la misma tranquilidad de antes que esto es puro accidente administrativo. Tampoco podemos afirmar lo contrario, que hay una estrategia deliberada. Sea como sea, la inocencia de la lectura anterior ya no se sostiene.

Tras la inocencia perdida aparecen, no un coreógrafo, sino dos, cada uno bailando su propia pieza, pero pretendiendo ser la principal: un ecosistema de capital riesgo —Peter Thiel, Palantir, Anduril, el propio fondo de Vance— que quiere rediseñar el aparato de guerra en clave de big data e inteligencia artificial, y un ecosistema más viejo, casi un clásico —Wall Street, el resto de la vieja guardia del complejo industrial-militar que financió a Jeb Bush, el eje proisraelí— que prefiere la gramática clásica de la disuasión: tropas, portaaviones, alianzas. Los dos quieren gastar en defensa, pero no se ponen de acuerdo en el qué concreto. Y hay, sospecho —y aquí ya no hablo con la misma certeza que antes, esto es conjetura, no hallazgo— una tercera brújula que no responde a ninguno de los dos cálculos económicos: gente como Bannon, o cierto evangelismo de la prosperidad, que le teme a la inteligencia artificial en el terreno militar, no por cálculo de mercado sino por algo más cercano a lo escatológico, a una desconfianza teológica hacia lo artificial. No lo sé demostrar con la misma solidez que el resto de este texto, así que lo dejo anotado como pregunta, no como conclusión.

Quedaría otro ruido que no logramos convertir en estructura, ni siquiera después de toda esta pesquisa: el de la identidad de Rubio, cubanoamericano. Tuvo que "asimilarse" —ideológicamente, no étnicamente, según todo lo que encontramos— para que lo aceptaran y ahora, con las redadas y las muertes del ICE golpeando justamente a su propia comunidad, puede estar pagando un precio distinto al que paga Vance, uno que ningún donante, tecnológico o tradicional, puede comprarle ni quitarle.

Así que llevo toda la mañana intentando saber cómo es posible que Rubio haya cerrado la distancia en ciertas encuestas, siendo que carece de capital simbólico y es étnicamente "deportable" según los últimos criterios del ICE. Enfrente, tiene un vicepresidente que pierde apoyos cuanto más se aleja del ecosistema de donantes pro-israelíes y más abraza lo que podría ser una burbuja tecnológica o, al menos, una idea de futuro que le haría menos atractivo a cierta base MAGA. Esto es como un baile con varias orquestas tocando piezas distintas al mismo tiempo tratando de que el público baile la suya. Cuando parece que una atrae más, se mueven los instrumentistas o algo así. Lo único seguro es que cuando la música pare, alguien va a descubrir que no había silla para todos —y ese alguien, ahora mismo, ni siquiera sabe que está bailando.