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El espigón geopolítico de Ceuta: un viaje de ida y vuelta por el lado equivocado de un espigón.

Análisis de la crisis migratoria en Ceuta: incendios forestales, entrada masiva de migrantes, desinformación y tensiones geopolíticas con Marruecos e Israel.

Editorial HDLGP·
El espigón geopolítico de Ceuta: un viaje de ida y vuelta por el lado equivocado de un espigón.

Análisis de la crisis migratoria en Ceuta: incendios forestales, entrada masiva de migrantes, desinformación y tensiones geopolíticas con Marruecos e Israel.

Cuando bajé a la playa del Tarajal, a las siete de la mañana del jueves, ya hacía calor. El agua tenía ese color que no es azul ni verde, el que adquiere el Estrecho cuando lleva semanas sin una nube. No había viento. Se oía un motor lejos, hacia la playa, y nada más.

Llegaban nadando. Nadie saltó ninguna valla. Nadie bajó de una patera. Rodeaban por el mar el espigón de piedra que separa Marruecos de España: cinco kilómetros si se entraba al agua en Fnideq, un tramo más corto desde Belyounech. Un día cualquiera se puede hacer. Esa madrugada el mar no estaba en calma.

Algunos traían flotadores de playa, de rayas, de los que se venden en los chiringuitos; hacia las nueve la orilla estaba cubierta de ellos, boca abajo, medio deshinchados, con las asas hacia arriba. Otros traían trajes de neopreno que la semana anterior se ofrecían en Facebook junto con un mapa de la ruta. Otros no traían nada. Esos casi siempre eran los que mejor nadaban.

Casi todos eran jóvenes, varones y marroquíes. De Castillejos, que está pegado a la valla. De Fnideq. De pueblos más lejanos, de los que hay que salir de noche. Había chicos de dieciséis y diecisiete años.

Bilal tenía diecisiete y la cabeza rapada al dos. Llevaba una camiseta del Barcelona con el número diez y sin nombre debajo, y las chanclas atadas a la muñeca con un cordón de zapatilla, para no perderlas en el agua. Estaba sentado en el bordillo de una calle que no conocía, con la espalda contra una persiana bajada. Dijo que había pasado cinco horas en el mar. Dijo que se enteró por el teléfono. Después dijo otra cosa: «Queremos ayudar a nuestros padres. En Marruecos no hay nada».

A media mañana, junto a la escollera, había un cuerpo cubierto con una manta térmica. Los que salían del agua no miraban mucho hacia allí.

Los diez días anteriores habían sido un goteo. Entre mil quinientas y dos mil personas, según el Gobierno de la ciudad. Nadie cuenta nunca los días en que no pasa nada.

A principios de julio, el Tribunal Supremo había resuelto que las devoluciones sumarias —las que en prensa se llaman «en caliente»— no pueden aplicarse a quien llega por mar. Hay que abrir un procedimiento, garantizar derechos, tramitar la situación. En los diarios ocupó varios párrafos. En los teléfonos se resumió así: España ha abierto la frontera; si entras a nado, no te pueden devolver.

Eso circuló por WhatsApp, por TikTok, por Instagram, por los grupos de Telegram de Castillejos y de Fnideq: capturas de la sentencia que nadie leyó, mapas con la ruta a nado, vídeos verticales de los primeros que lo lograron, mojados, riéndose en la playa, enseñando el agua detrás. Los neoprenos se vendían por mensaje privado. Alguien dibujó el espigón a mano sobre una captura de satélite y marcó con una flecha por dónde se rodea.

Para el 15 de julio, según el Ministerio del Interior, las llegadas se habían más que duplicado. Nadie movió nada. Nadie dijo nada. Se esperó.

Es media tarde y la ciudad está llena. Se cuenta que entraron entre cincuenta mil y sesenta mil personas en unas horas —la cifra baja es de Interior, la alta del Gobierno de Ceuta— en un sitio donde viven ochenta y tres mil quinientas y que mide dieciocho kilómetros y medio cuadrados. El cordón policial se despliega a primera hora y se retira después, porque no sirve de nada. Los comercios bajan las persianas. Llegan sesenta militares. Luego llegan más.

Juan Jesús Vivas, presidente de la Ciudad Autónoma, pide al Gobierno central que declare la emergencia nacional. Lo que ve, dice, es una emergencia humanitaria y social absoluta. La Asamblea lo respalda por unanimidad, con el PSOE dentro. Esa misma tarde, Interior contesta que no puede: la ley de protección civil no incluye los flujos migratorios entre los riesgos del sistema.

La emergencia nacional que Vivas pedía ya estaba activada, pero en otra parte y por otra cosa. España llevaba veinte días ardiendo. Dos olas de calor, más de ciento cuarenta y un mil hectáreas quemadas, más de noventa mil personas desalojadas o encerradas en sus casas. Trece no lograron salir a tiempo de uno de los primeros incendios. En la segunda ola se declaró el nivel 3, el máximo que prevé la ley, el que traspasa el mando operativo al Estado. Antes de esto se había activado una sola vez: el lunes de abril de 2025 en que la Península se quedó a oscuras. Se esperaba controlar algunos focos principales antes de que llegara la anunciada tercera ola.

El humo del norte no se veía desde el Tarajal. La ley que regula la emergencia en un monte no dice nada sobre un hombre que llega nadando.

Cuando una piedra cae en el agua, las ondas se van creando sin saber nada de la piedra.

A finales de abril, el Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes aprobó el informe que acompaña a la ley de gastos en operaciones exteriores. Más de cien páginas que casi nadie leyó enteras. En el apartado dedicado a Marruecos, entre las páginas 86 y 88, una enmienda había colado tres frases. La primera recordaba que la alianza entre los dos países se formalizó en 1786, con el Tratado de Paz y Amistad, cuando Estados Unidos tenía diez años de vida. La segunda decía que Ceuta y Melilla,, están situadas en territorio marroquí y siguen siendo objeto de reivindicación por parte de Rabat. La tercera instaba al secretario de Estado, Marco Rubio, a promover el diálogo entre Rabat y Madrid sobre el futuro estatus de las dos ciudades.

El mismo documento reservaba a Marruecos varias decenas de millones de dólares en programas de seguridad y financiación militar.

Un informe de comité no obliga al Departamento de Estado. El pleno de la Cámara no lo ha votado. Rubio no ha dado ningún paso. Pero es la primera vez que un órgano del Congreso de Estados Unidos pone por escrito que Ceuta y Melilla están en Marruecos y «administradas por España».

La enmienda la firmaba Mario Díaz-Balart, republicano por Florida, vicepresidente del comité, de origen cubano como Rubio y uno de sus aliados personales más cercanos. Semanas antes lo había dicho en una entrevista, sin rodeos: que las dos ciudades no están en la geografía española sino en la marroquí, y que esas cosas se discuten entre amigos y aliados. José Manuel Albares, ministro de Exteriores, contestó que la españolidad de las dos ciudades no deja lugar a dudas, como la de Valladolid.

Detrás del párrafo había meses de trabajo. En marzo, Michael Rubin, antiguo asesor del Pentágono, hoy en el American Enterprise Institute y en el Middle East Forum, pidió que Washington reconociera Ceuta y Melilla como territorio marroquí ocupado. Días después fue más lejos: propuso que Marruecos recuperara el espíritu de la Marcha Verde de 1975, mandara excavadoras a la frontera y dejara entrar a civiles desarmados a izar la bandera. Llamó a las dos ciudades cabezas de playa ilegítimas y a sus ciento setenta mil habitantes, colonos. Sostuvo que ni España ni la OTAN tendrían base jurídica para responder.

Lo de la OTAN es cierto a medias. El artículo 6 del Tratado del Atlántico Norte, que delimita dónde se aplica la defensa colectiva, deja fuera a Ceuta y a Melilla. A Canarias no: están al norte del trópico de Cáncer, y por tanto dentro. La seguridad de las dos ciudades africanas nunca ha dependido de la OTAN. Ha dependido de la disuasión propia y de la ambigüedad. Siguen siendo territorio español, y por tanto europeo.

En diciembre de 2020, Washington reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental a cambio de que Rabat normalizara relaciones con Israel. Israel no dio el paso hasta 2023. En enero de 2026 los dos países firmaron su tercer plan de trabajo militar consecutivo. Marruecos opera hoy, en el flanco sur de España, drones israelíes, municiones merodeadoras israelíes, interceptores y sistemas de guerra electrónica israelíes. Madrid mantiene desde el otoño de 2025 un embargo total de armas a Israel, reconoció el Estado palestino en 2024 y sostiene una de las posiciones más críticas de la Unión Europea sobre Gaza. Jesús Manuel Pérez Triana, que sigue estos asuntos desde OsintSahel, resume en tres palabras la actitud israelí hacia España: ánimo de represalia.

Cuatro meses después de aquel informe, decenas de miles de personas con flotadores de rayas rodearon el espigón nadando.

La segunda piedra no necesita que nadie sepa que existe. Al contrario.

Es una granja de bots que crea contenidos llamada Pravda, que en ruso significa verdad, y que fabrica exactamente eso, "verdades". Lleva años funcionando. Unos investigadores franceses localizaron su infraestructura en Crimea: decenas de dominios, millones de artículos, docenas de idiomas, casi todo reciclado de canales de Telegram prorrusos. No necesitaba saber nada de Ceuta por adelantado. Necesita que ocurra algo que encaje en una plantilla ya escrita: crisis migratoria, gobierno europeo desbordado, frontera insostenible.

Minutos después del primer vídeo había ya decenas de artículos en español. Hablaban de invasión. Citaban a un servicio de inteligencia que omitió información. Sugerían que Madrid lo sabía y lo dejó pasar. Y sin transición, en el mismo texto, pasaban a los satélites rusos sobre Ucrania o a un general alemán nostálgico del fascismo. La velocidad no prueba que tuvieran programado el suceso de Ceuta de antemano. Prueba que la fábrica estaba abierta y a plena capacidad.

Conviene añadir aquí un dato con fecha. En octubre de 2025, el Consejo de Seguridad de la ONU votó una resolución que adoptaba el plan marroquí sobre el Sáhara Occidental como base de negociación: el mayor giro a favor de Rabat en cincuenta años de disputa. Once votos a favor, ninguno en contra, tres abstenciones. Rusia se abstuvo. No lo apoyó.

El viernes por la mañana, Danny Danon, embajador de Israel ante la ONU, publicó que España, tan dada a dar lecciones, debería explicar al mundo por qué mantiene enclaves coloniales en África. Añadió que Madrid había decretado el estado de emergencia. Madrid no lo había decretado. Horas después, Dana Erlich, jefa de la delegación israelí en Madrid, publicó en la misma red que aquello no representaba la posición del Estado de Israel.

Desde Roma, el Ministerio del Interior de Matteo Piantedosi anunció el cierre de las fronteras marítimas y aéreas con España. No cerró las terrestres porque no existen. Poco después, fuentes del Gobierno de Giorgia Meloni matizaron: no era un cierre, sino controles aleatorios durante un mes, solo para viajeros extracomunitarios, y quien viajara de Italia a España podía seguir haciéndolo con normalidad. Entre el anuncio y la corrección pasaron unas horas. Suficientes para elevar el nivel emocional de los italianos. Para entonces las autoridades españolas ya habían comunicado que cuarenta y ocho mil trescientas de las cincuenta mil personas habían vuelto a Marruecos. Piantedosi llamó también a su homólogo francés para reforzar los controles en la frontera alpina, que no tiene ninguna relación con el espigón del Tarajal. Albares convocó al embajador italiano, quizá para recordarle que entrar en Ceuta o en Melilla no da derecho a circular por Europa, porque las dos ciudades tienen un segundo control fronterizo hacia la Península.

Lo demás llegó en fila, cada uno con su instrumento: Marine Le Pen acusó al Gobierno español de fomentar la entrada masiva de migrantes y pidió reforzar una frontera francesa que no comparte litoral ni con Ceuta ni con Marruecos; Jordan Bardella, presidente del grupo Patriotas por Europa en el Parlamento Europeo, envió una carta; Alice Weidel, de Alternativa para Alemania, advirtió de que su país tenía que blindarse porque muchos de los que habían cruzado acabarían llegando allí; Nigel Farage, desde un país que no está en Schengen, lo llamó una batalla por el futuro de la civilización.

Todos ellos parecían usar argumentos o retórica ya publicados en Pravda. Por supuesto, ninguno mencionó un préstamo, el rastro de la financiación de esos partidos.

En 2014, el partido de Le Pen, columna vertebral de Patriotas por Europa, recibió nueve millones de euros de un banco checo-ruso y otros dos a través de una sociedad chipriota. El eurodiputado que negoció aquel préstamo dirigía además una fundación que, según reveló una investigación periodística diez años después, cobró cientos de miles de euros por intervenciones favorables a Moscú en Bruselas. Le Pen lo negó todo ante una comisión parlamentaria francesa en 2023: dijo que no había pruebas suficientes de que el dinero hubiera influido en sus posiciones.

Las conexiones entre los "Patriotas por Europa" y Rusia están documentadas, y no son recientes, tienen raíces profundas.

Hoy, hace unas horas, Pedro Sánchez ha escrito a la presidenta de la Comisión Europea, al presidente del Consejo Europeo y al primer ministro irlandés, que preside el Consejo este semestre. Dice que España recuperó el control de la frontera en menos de cuarenta y ocho horas, que prestó asistencia humanitaria y que apenas queda nadie por devolver. Dice que la reacción de algunos socios ha sido egoísta e ilícita. Pide una videoconferencia urgente de ministros del Interior. Cita a Frontex: la frontera española es de las menos permeables de la Unión.

El día anterior, en Ceuta, había llamado a lo ocurrido una violación de la integridad territorial y había culpado a las mafias. Era lo único que, diplomáticamente hablando, podía hacer. Culpar a Rabat en voz alta rompería la cooperación que necesita para seguir devolviendo gente; no decir nada lo hundiría en Madrid. También agradeció a las autoridades marroquíes su ayuda para facilitar la reentrada. Así se cerró una crisis que comenzó como «migratoria», pero que, a las pocas horas, se convirtió en algo más parecido a una excursión, un viaje de ida y vuelta por el lado equivocado de un espigón.

Vivas no tiene que medir las palabras y no las midió. Lo dijo desde la Asamblea de su ciudad: Marruecos usa a sus propios ciudadanos para presionar a España, y eso es un acto de hostilidad.

Los dos hablan del mismo suceso. Los dos se refieren al mismo vecino. Uno se lo agradece en una carta a Bruselas. El otro lo señala a doscientos metros del agua.

Cuarenta y ocho mil trescientas personas volvieron a pie, en veinticuatro horas, por unas puertas fronterizas que se abrieron para eso. La policía marroquí detuvo a setenta por los disturbios. La cifra no distingue entre un país que no supo y un país que dejó hacer. Se tira la piedra. Se esconde la mano. Y luego se ofrece la otra mano, limpia, para recoger los pedazos. Sea como sea, una persona que cruza una frontera y vuelve a su casa al día siguiente no es un migrante, es otra cosa. Llamar a esto crisis migratoria es caer en la retórica de la "verdad" de las granjas.

En Ceuta, mientras tanto, seguían sacando gente del agua.

El jueves el recuento empezó en nueve. El viernes fueron quince, después dieciséis, después veintisiete. El sábado por la mañana eran sesenta y siete y la búsqueda continua. Casi todos se ahogaron de noche, vestidos, al rodear el espigón, atrapados entre las olas y las rocas de la escollera mientras miles de personas entraban al agua a la vez. A otros los aplastaron contra las vallas.

La cifra no se estabiliza porque nadie sabe cuántos lo intentaron. Los cuerpos siguen apareciendo entre las piedras. Identificar a alguien que cruzó a nado y sin documentos se mide en semanas, no en titulares. Ceuta no tiene sitio donde enterrar a sesenta y siete personas. Habrá que repatriarlos antes incluso de saber quiénes eran.

Busqué a Bilal entre los que caminaban hacia la puerta fronteriza. Había miles de camisetas de fútbol. No lo vi. Eso no significa nada: casi todos volvieron.

Hace un rato empezaron a colocar una barrera en el agua, quinientos metros de largo y un metro de profundidad, unas simples boyas flotantes. El mar seguía teniendo ese color que no es azul ni verde. A media tarde, los comercios subieron las persianas por primera vez en tres días.


Nota: Bilal no es una persona, sino un tipo compuesto a partir de testimonios publicados de quienes cruzaron aquella madrugada. Los datos, fechas y declaraciones son verificables; las escenas de playa y ciudad son reconstrucción.