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El enemigo necesario: la ilusión "populista" de una sociedad sin fisuras

Una lectura psicoanalítica y política sobre cómo el agravio, la identidad y las cadenas de equivalencias erosionan la democracia liberal.

Editorial HDLGP·
El enemigo necesario: la ilusión "populista" de una sociedad sin fisuras

Una lectura psicoanalítica y política sobre cómo el agravio, la identidad y las cadenas de equivalencias erosionan la democracia liberal.

Empecemos por un caso clínico, ya advierto que no soy psicoanalista —aunque citaré a unos cuantos que lo son y a otros que lo parecen—. Žižek cuenta, atribuyéndoselo a Lacan, que los celos siempre son patológicos. La afirmación, que puede sonar a chascarrillo de seminario, es de gran calado para lo que nos ocupa hoy, porque lo patológico no está en si hay o no engaño —eso lo decide la vida, que es un tribunal bastante desordenado— sino en la necesidad del marido de mantener los celos en el sitio que ocupan dentro de lo que él es, de su identidad. Por mucho que se pueda probar la fidelidad de su mujer, simplemente buscará otra excusa para mantener los celos con una celeridad admirable.

Fijaos en que lo que quiero hacer aquí es señalar que ciertos sujetos necesitan un enemigo para "ser", mientras que cargan al propio sistema democrático, que no promete ni fidelidad ni felicidad, con el papel de esposa sospechosa. Llegaré por un camino largo, que pasa por un adolescente, por unos epítetos de la República de Weimar y por una hipótesis que traía de casa y abandoné en el trayecto; parece largo pero llegaremos, ya verán.

Elevar el nivel emocional

La hipótesis con que salí de casa esta mañana tenía una limpieza un poco sospechosa: que la tristeza, el ánimo deprimido, empuja hacia lo antidemocrático, mientras que la alegría y la empatía empujan hacia la democracia. Hay una literatura abundante sobre esto, que consulté con el respeto debido y la desconfianza de rigor y lo que descubrí, al final, es que la hipótesis no se sostiene tal cual. Las emociones que más pesan en los estudios son la ira y el resentimiento antes que la tristeza (con alguna voz disidente que habla de un malestar difuso, más que de ira en particular), la depresión, lejos de movilizar a nadie, desmoviliza: el deprimido se abstiene, que es una forma de ausencia y no de asalto. Las emociones, además, no vienen con etiqueta de partido: la ansiedad, tan mal vista, activa la atención y el aprendizaje, de modo que, aunque sea una emoción "negativa", puede ser democráticamente útil, tampoco la felicidad es monótona, porque quien está satisfecho con su vida suele apoyar al gobierno de turno y —dicho sea con cierta malicia— interesarse algo menos por la política.

Conclusión provisional: el ánimo es una variable demasiado gruesa. Pero queda una pieza suelta; el malestar difuso, que puede devenir en resentimiento e ira, y la ira, a diferencia de la tristeza, no brota; se activa. Y si hay alguien que la enciende, la pregunta deja de ser qué sienten los sujetos y pasa a ser a quién se le ofrece y contra quién.

Los hombres que odian a las mujeres

Antes de teorizar, un ejemplo sencillo; imaginemos a un chaval de dieciséis años que lleva un año bastante solo, que no entiende por qué no le entra a nadie en el instituto ni en el patio ni en el chat y que sospecha, con la lógica fulminante de esa edad, que el problema es él. Una tarde cualquiera mira un vídeo sobre disciplina y gimnasio, algo perfectamente sano; la plataforma, que puede que no tenga opinión pero sí una enorme afición a que sigamos mirando, le ofrece otro sobre cómo ligar, otro más sobre por qué ligar es tan difícil y de golpe, sin que el chaval lo haya buscado, llega un señor con buena voz y mala fe que le explica lo que le pasa: no es que él sea un solitario, es que le han engañado; hay un sistema entero, hecho por feministas y sostenido por las mujeres, que ha trucado las reglas contra los hombres.

Lo notable —y aquí conviene ir despacio— es que buena parte de lo que el señor dice al chaval es verdad. Está solo, está angustiado, el trabajo y la vivienda le dan miedo con razón y nadie en su casa le ha explicado nunca cómo gestionar todo esto. Las investigaciones suelen ser contundentes: muchos de estos chicos no buscan contenido extremista, les llega mientras atraviesan soledad, aislamiento o rechazo y lo que se les vende es un agravio. Lo falso no está en la demanda, que es de una verdad casi dolorosa, sino en la atribución: de entre todas las causas posibles de su malestar —una, varias, estructurales, azarosas, suyas— se le ofrece una sola, con cara y con nombre y se le ofrece junto con una promesa estupenda: no tendrá que cambiar nada de su vida; bastará con focalizar en un enemigo.

Fíjense ahora en lo que ocurre después, que es lo que me interesa. El chaval ya no tiene una carencia; tiene una causa y con la causa una identidad, un lenguaje, unos compañeros de ruta y, de propina, un lugar donde sentarse. Entonces, su vida pasa a organizarse alrededor de esa identidad asociada a ese grupo; los hombres que odian a las mujeres. Si venimos nosotros, con nuestros datos y nuestra buena fe, a demostrarle que las feministas no son las responsables de su soledad, como al marido celoso con fotos probatorias de la fidelidad de su mujer, no le estaremos corrigiendo un error: le estaremos devolviendo la soledad. Y nadie renuncia a una identidad para que le devuelvan una herida.

La cadena de equivalencias

Ahora sí, la teoría, y a ser posible sin que se note. Laclau y Mouffe llamaron cadena de equivalencias a un mecanismo que cualquiera que haya asistido a una asamblea de vecinos puede reconocer de inmediato: demandas distintas, insatisfechas y sin nada en común —una soledad, un alquiler, un ascenso que no llega, una dignidad herida— y de pronto algo les presta un nombre compartido y un adversario compartido, de modo que todas pasan a decir lo mismo con palabras diferentes. La equivalencia—y este es, creo, el único punto difícil de la tarde, así que lo digo despacio— no nace de que esas demandas se parezcan sino de que acaba teniendo cara del mismo adversario, de un "otro" (los inmis, los de arriba, la casta, los políticos, etc). El mecanismo es neutro, conviene subrayarlo: sirve para hacer un pueblo emancipador y sirve para hacer uno reaccionario.

Lo que añade Žižek —con quien Laclau se pelea, entre otras cosas, por si el antagonismo de clase tiene o no un lugar privilegiado en la serie, pelea que dejaré en el cajón— es el contenido del nudo: ese "otro" que ata la cadena no es un adversario cualquiera sino una figura fantasmática y su función es tapar la falta, hacer que la imposibilidad de una sociedad plena parezca un accidente producido por alguien, por ese "otro". El caso canónico es el judío del antisemitismo nazi, sobre el que se proyectan los antagonismos internos de la sociedad alemana como si vinieran de fuera. Pero no nos engañemos: el judío existía, como las feministas existen y por mucho que Lacan dijera lo contrario, hasta las mujeres existen. El "otro" fantasmático tiene referente real; en 1935, en Berlín, aproximadamente el 60% de los abogados era judío, los críticos culturales eran mayoritariamente judíos y hasta la banca era mayormente de propiedad judía.

Para el chaval de antes, su identidad (adulterada) no depende tanto de los elementos sacados de la realidad (derechos asimétricos para mujeres, espacios violetas, etc), sino de cómo la cadena de equivalencias crea a ese "otro" —una soledad, un miedo al trabajo, una masculinidad que le dicen tóxica, un slogan que dice que todo hombre es un violador en potencia— atados por un enemigo común; un "otro" que delimita un "ellos" vs "nosotros". Y por tanto, como el marido celoso, justifican esa identidad con criterios que son de forma y no de contenido —toman incidentes irrelevantes como prueba concluyente o no cambian la opinión ante la prueba en contra—, la clave es que da igual qué opina (si la mujer es infiel o no) el sujeto sino cómo procesa lo que le llega.

El "otro" también es el sistema

Podríamos pensar que el "otro" es un intruso, un sujeto, fantasmático pero identificable: el inmigrante, el refugiado, el que se cuela, alguien que puedes encontrarte en la calle o algo así. Pero hay una segunda vuelta de tuerca, que a mí me parece la más inquietante; consiste en que el enemigo deja de ser simplemente el que se cuela y pasa a ser el sistema que lo consiente. Dicho en lenguaje de andar por casa: se hace una enmienda a la totalidad, muerto el perro se acabó la rabia. Y como no hay república sin grietas —fronteras, tribunales, prensa, derechos civiles, procedimientos para discrepar sin matarse—, la fantasía de una casa sin grietas termina apuntando a la casa misma.

Hay un antecedente que conviene mirar de cerca porque es la versión con corbata y birrete de doctorando. Carl Schmitt, hace casi un siglo ya, sostenía que la democracia consiste en la identidad entre gobernantes y gobernados y que esa identidad exige homogeneidad, de modo que el parlamentarismo liberal, con su discusión interminable, no es la forma de la democracia sino su estorbo; llegó a escribir, según se le cita, que la democracia requiere primero homogeneidad y, si hace falta, eliminación de lo heterogéneo. Mouffe lo lee para discutirle y le concede que la identidad de una comunidad política necesita una frontera entre un nosotros y un ellos, pero se niega a aceptar que el choque sea una contradicción sin salida. Lo que me interesa de Schmitt no es que separó dos cosas, el pueblo y las mediaciones, sino que con esa separación dejó disponible para el siglo entero la fórmula "democracia sí, contrapesos no".

Los nazis, que eran muy de Schmitt, llamaban "el Sistema" a la República de Weimar con sus instituciones; hablaban de la "época del Sistema", de los "partidos del Sistema", de la "prensa del Sistema" y buena parte de la derecha de entonces repetía una expresión todavía más reveladora: "república de los judíos" (Judenrepublik). Fíjense que no hay sustitución sino fusión: en un mismo epíteto metían el judío (el "otro") y la estructura, de modo que el nudo de la cadena se deslizaba de la figura a la institución sin perder carga y esta es la maniobra que me parece decisiva. El eco actual es el cómplice: hace unos años, manifestantes de la extrema derecha alemana gritaban "traidores al pueblo" (Volksverräter) a la canciller y a sus ministros por haber dejado entrar a los solicitantes de asilo o sea, no al refugiado, al anfitrión.

La arquitectura de contrapesos que Europa levantó después de 1945 puede leerse, en buena medida, como respuesta a las consecuencias de llevar las tesis de Schmitt demasiado lejos y por eso resulta tan coherente que sea hoy el blanco: lo que se construyó para impedir que la fantasía de una sociedad sin fisuras apuntase a una minoría es justo lo que otra fantasía necesita señalar para seguir en pie. Y obsérvese que no hace falta la homogeneidad de Schmitt como premisa; basta prometer su plenitud, que es otra cosa, y que me lleva a la sección siguiente.

La Arcadia feliz o el "goce" (que no llegue)

A veces, la cadena de equivalencias promete, además de un enemigo, un paraíso y ya os advierto de que es tanto o más importante que el enemigo. Es una sociedad sin fisuras, un orden imaginado, presuntamente restaurado donde los hombres vuelven a saber lo que son, los vecinos se parecen y nadie le lleva la contraria a nadie: una arcadia feliz, en suma, con wifi 5G y aire acondicionado. Los lacanianos dirían que eso es una escena de la fantasía, el decorado donde el sujeto proyecta su deseo; también que lo que vertebra ese deseo no es la escena sino algo que a la escena le falta, en términos lacanianos es el famoso "objeto a", causa del deseo: aquello que lo pone en marcha precisamente porque nunca se alcanza. No soy psicoanalista, ya lo advertí, pero sé reconocer el mecanismo cuando lo veo funcionar.

Y el mecanismo funciona así: la arcadia no llega porque algo lo impide, que sería la figura de ese "otro" particular, en última instancia un concepto (judio, musulman, feminista, homosexual, etc) que encarna el universal de "enemigo" de la arcadia. Si no hay plenitud es porque alguien la roba; Žižek habla de un robo de goce, la sospecha de que el "otro" disfruta lo que a nosotros se nos niega. Si se expulsa (o se elimina, lo que implica justificar "soluciones finales" si llega el caso, no lo olvidemos) a ese "otro", la plenitud debería de aparecer. Sin embargo, como es un elemento fantasmático, la plenitud nunca aparece, de modo que, eventualmente, hará falta un culpable más arriba: primero las feministas, luego los jueces que las amparan, luego la prensa que los jalea, luego el sistema que permitió la prensa. La cadena se expande porque la falta es constitutiva (es lo que fundamenta esa identidad hiperventilada) y ninguna purga saciará esa falta, porque saciarla implica eliminar el "goce" y, por tanto, la propia identidad construida a su alrededor colapsaría, como pasa con el celoso o el adolescente misógino, te devuelve a la soledad traumática.

Por eso, para mantener el "goce", el deseo de unidad tiene que seguir siendo deseo, insatisfecho permanentemente: si de alguna manera se diera por satisfecho, obligaría a mirar lo que tapa, que es lo social atravesado por un antagonismo que no se resuelve, sino que se gestiona. Es lo que Mouffe llama pasar de considerar al antagonista un "enemigo" a "adversario" y, si lo pensamos un poco, es lo que la democracia sabe ofrecer. De ahí su impopularidad estructural entre los "celosos" y "hombres que odian a las mujeres": es el propio régimen que dice abiertamente que esa arcadia de minions, todos iguales y homogéneos, es irreal, no cabe en el sistema (edificado como gestión de antagonistas) y quien da esa noticia acaba, tarde o temprano, ocupando el lugar del culpable.

Algunas objeciones, que son buenas

Veo tres objeciones serias y una cuarta que incomoda más. La primera es el paternalismo: decir que a alguien (un marido celoso, un adolescente, etc) le han construido (desde Meta, Tiktok, etc) un enemigo a medida suena a que afirmamos él no piensa y nosotros sí. Mi respuesta es que el criterio es de forma y no de contenido: no pregunto qué cree el sujeto sino si su creencia admite corrección, si toma lo irrelevante por concluyente, si el agravio se desplaza a otro objeto cuando se le concede lo reclamado. Y vale igual para una cadena progresista, que también traza fronteras y también se vuelve totalizante cuando todo mal tiene un solo responsable (y últimamente suena mucho a antisemitismo del malo, por cierto).

La segunda es que el agravio puede ser cierto, a menudo lo es: la democracia incumple promesas y hay quien ha escrito sobre la desilusión posdemocrática desde el propio lacanismo. El diagnóstico no niega el agravio; niega que el "otro" (los inmigrantes, las feministas, los israelíes) sea la explicación entera, que es cosa distinta aunque en una sobremesa se parezcan mucho.

La tercera es el salto de la clínica individual a las masas. Lacan habla del sujeto, en singular, y dar el salto a la psicología de masas es un poco arriesgado. Hay indicadores razonables —el narcisismo colectivo, la visión maniquea del mundo—, asociados al apoyo a líderes populistas y a las creencias conspirativas, aunque miden populismo y no tanto el pensamiento anti-democrático. Quienes estudian el malestar social añadirían que la causa es la agencia bloqueada, la distancia entre lo que la democracia promete y la impotencia que se vive y creo que ambas cosas son compatibles: la sociología explica quién tiene la falta, la estructura explica qué se hace con ella.

La cuarta, quizá la incómoda, es que el mecanismo no distingue signo político, ni siquiera el nuestro: se ha señalado que quienes defienden la democracia agonística tienden a sobrestimar cuándo su "adversario" es un "enemigo" y tendría gracia —aunque poca— que esta charla hiciera de los otros el "otro" necesario para sostener nuestra lucidez.

Vuelta al marido celoso

Volvamos, pues, al marido, que nos está esperando para el cierre. Si lo dicho tiene algún sentido, el apoyo a la democracia depende menos de lo que la gente crea que de si puede sostener su identidad sin necesitar un "otro" que cargue con el mochuelo de sus desgracias; y el ánimo, que arranqué descartando como causa, vuelve por la puerta de servicio como modulador, porque hay indicios de que regular las emociones negativas y cultivar las que nos sacan de nosotros mismos debilita el vínculo entre el narcisismo colectivo y la hostilidad hacia los demás. De ahí una línea de trabajo que no es ocurrencia mía: pasar del malestar difuso al resentimiento, es decir, convertir una carencia difusa (que también puede ser estructural, como no poder adquirir vivienda digna con el nivel salarial actual) en un conflicto que pueda decirse en voz alta y tramitarse por vías políticas.

Al chaval, entonces, no se le ayudará con un catálogo de refutaciones del patriarcado. Se le ayudará, si acaso, ofreciéndole un lugar donde sentarse que no exija enemigo, que es bastante más caro de construir que el catálogo. Del mismo modo que al marido celoso no se le cura demostrándole que su mujer le es fiel; en el mejor de los casos se le acompaña mientras averigua quién sería sin los celos y eso también lleva su tiempo y no está claro que a él le interese. Pero es mejor saberlo ahora que seguir llamando a su puerta con las fotografías exoneradoras.