Esta semana, Trump confirmó que la diplomacia no era el camino. Publicó en Truth Social que "no habrá ningún acuerdo con Irán excepto la rendición incondicional", prometiendo que tras esa capitulación y "la selección de uno o varios líderes grandes y aceptables", Estados Unidos ayudaría a Irán a convertirse en un país "más grande, mejor y más fuerte que nunca". MIGA, make iran great again. Era una frase que sonaba a generosidad imperial. Era, en realidad, una trampa lógica de proporciones históricas.
Apenas una semana antes, poco después de que concluyera la tercera ronda de negociaciones entre Estados Unidos e Irán en Ginebra, los bombarderos estadounidenses y la aviación israelí atacaron Teherán. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, lo resumió con una frase para los libros de historia de la diplomacia: "El Sr. Trump traicionó a la diplomacia y a los estadounidenses que lo eligieron. ¿El resultado? Bombardear la mesa de negociaciones por despecho". No era retórica. Era el epitafio de cualquier posibilidad negociada a corto plazo.
La traición de Ginebra no fue la primera
Las tres rondas de negociaciones mencionadas eran la continuación de otros contactos previos interrumpidos el año anterior por los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre instalaciones nucleares iraníes. Era, por tanto, el segundo ciclo en que Irán se sentaba a negociar y descubre que ha se han bombardeado sus instalaciones mientras se encontraban en conversaciones.
Según relatos posteriores de funcionarios estadounidenses e israelíes, los planificadores militares estaban preparados para actuar en cuanto terminó la segunda ronda de conversaciones el 17 de febrero, pero el ataque se retrasó una semana por condiciones meteorológicas y por la necesidad de coordinación adicional con Israel. Dicho de otro modo: las negociaciones de Ginebra transcurrieron mientras los B-2 esperaban en tierra a que mejorase el tiempo. Un funcionario estadounidense lo explicó con cierto candor: "Hubo un esfuerzo concertado para negociar de buena fe, incluso en Ginebra. Pero no salió nada. Y teníamos nuestros activos listos para funcionar. Entonces el presidente decidió atacar". Un funcionario israelí, en cambio, fue más directo: la reunión "ayudó a ganar tiempo y al mismo tiempo preservó la apariencia de que la diplomacia seguía siendo el camino preferido de Trump".
Esta actitud no solo revela intenciones viciadas en los negociadores estadounidenses, sino que afecta directamente a futuras negociaciones y no solo con el gobierno de Iran, con cualquier otro gobierno. El jefe del Consejo Nacional de Seguridad iraní, Ali Larijani, declaró que Irán no negociará con Estados Unidos y se declaró preparado para una "guerra prolongada". Ningún gobierno del mundo, ni siquiera el más pragmático, puede sentarse a negociar con una potencia que le ha bombardeado dos veces mientras estaban en conversaciones. Hacerlo sería políticamente suicida para quien lo propusiese y, en términos de soberanía, una humillación que ningún Estado puede permitirse ante su propia población. La mesa de Ginebra no está vacía: está destruida.
La cuestión existencial: por qué Irán no puede rendirse
Cerrada la vía diplomática, el análisis de las opciones restantes exige entender qué es la República Islámica de Irán. No es un Estado convencional con un gobierno que puede cambiar sin que el sistema se derrumbe. Es un régimen teocrático construido sobre la idea de la resistencia permanente frente al imperialismo occidental —el concepto de moqavemat—, cuya legitimidad interna depende de su capacidad de plantar cara a Washington y Tel Aviv. La Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) no es solo un ejército: es un conglomerado económico, político e ideológico cuya existencia misma está atada a la narrativa de la resistencia.
Rendirse incondicionalmente no significa, para el IRGC y la cúpula clerical, aceptar unas condiciones desfavorables. Significa la disolución de su razón de ser, la entrega del poder a fuerzas exiliadas o reprimidas, y la apertura de procesos de responsabilidad. Capitular es morir. Y cuando un actor percibe que la derrota equivale a su extinción, su umbral de resistencia se vuelve, en la práctica, infinito.
El líder supremo Jamenei murió en los primeros bombardeos, junto a varios altos mandos. Esto podría interpretarse como una decapitación efectiva del poder iraní. Pero la historia de los regímenes autoritarios bajo presión externa sugiere lo contrario: la "martirologización" de Jamenei puede hacer a sus seguidores más radicales, no más dóciles. Irán tiene oposición interna y diáspora activa, pero ningún actor de esa oposición puede asumir el poder bajo bombardeo sin parecer —y sin ser percibido— como colaboracionista de la potencia invasora.
La cuestión doméstica: por qué Estados Unidos tampoco puede retirarse
El problema no es solo iraní. Trump anunció esta guerra como demostración de fuerza y ruptura con la "debilidad" de administraciones anteriores. La operación fue bautizada "Furia Épica": el adjetivo ya contenía la promesa de lo que debía ser. Una retirada sin victoria visible no sería solo un fracaso militar: sería el colapso de la narrativa fundacional de su segundo mandato.
Esta lógica tiene precedentes amargos. Lyndon Johnson escaló Vietnam porque no podía permitirse perder una guerra que él mismo había presentado como existencial. George W. Bush no podía salir de Irak sin un "mission accomplished" creíble, y el precio de esa narrativa fueron años de insurgencia. El secretario de Defensa Hegseth prometió que EEUU terminaría el conflicto "en las condiciones que elija el presidente Trump", una frase que el historiador Max Boot comparó casi literalmente con las promesas de Bush tras el 11-S. El eco histórico es inquietante.
El dilema es estructural: si Trump no consigue la rendición prometida o si se retira sin más, su base lo percibe como debilidad. Si escala para conseguirla, los costos crecen. No hay salida que no tenga precio político.
El vacío estratégico y el factor ruso
Para terminar una guerra hay que saber qué significa ganarla. La Casa Blanca ofreció razones tan distintas para el ataque —destruir el programa nuclear, neutralizar misiles, derrocar al régimen, proteger a Israel— que ninguna puede ser verificada como criterio de victoria.
A esa confusión estratégica se suma ahora una variable que escala dramáticamente el riesgo: el Washington Post reveló este viernes, citando a tres funcionarios familiarizados con la inteligencia, que Rusia está proporcionando a Irán información de localización de fuerzas militares estadounidenses, incluyendo buques de guerra y aeronaves. Es la primera vez que otro gran adversario nuclear de EEUU participa directamente —aunque sea de forma encubierta— en un conflicto contra fuerzas americanas desde la Guerra Fría. La lógica rusa es comprensible desde sus propios intereses: el cierre de Ormuz ha disparado la demanda del petróleo y gas rusos, reactivando exportaciones que llevaban años mermadas por sanciones. Mientras EEUU desangra sus arsenales en el Golfo Pérsico, Rusia cobra por el petróleo, aprende cómo actúan los sistemas de defensa americanos y debilita a su principal adversario geopolítico sin disparar un solo misil propio.
La investigadora Nicole Grajewski, del Belfer Center de Harvard, señaló que los ataques iraníes han mostrado un nivel de sofisticación creciente, superando incluso su desempeño en la guerra de doce días del verano pasado. La explicación más probable es exactamente la que apunta el Washington Post: Irán tiene muy pocos satélites militares propios; Rusia tiene una constelación satelital avanzada que lleva años perfeccionando la selección de objetivos en Ucrania. La convergencia de intereses entre Moscú y Teherán, que se venía gestando desde que Irán proveyó a Rusia de drones Shahed para Ucrania, ha encontrado en esta guerra su expresión más directa y peligrosa.
El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, declaró públicamente que "el conflicto en torno a Irán no es nuestra guerra". La inteligencia americana dice lo contrario. Esa brecha entre el discurso y la realidad reproduce exactamente el patrón que Moscú ha utilizado desde 2014: denegación plausible mientras se actúa en el terreno.
La crisis de munición y el desgaste asimétrico:
Aproximadamente 400 misiles Tomahawk disparados en los primeros tres días, equivalente al 10% del inventario total de EEUU. La producción anual es de apenas 90-100 unidades.
Irán ha lanzado más de 771 misiles balísticos y más de 1.000 drones desde el inicio del conflicto. Cada dron Shahed cuesta a Irán unos 20.000 dólares; cada interceptor THAAD cuesta a EEUU entre 8 y 11 millones.
El Pentágono podría verse obligado "en cuestión de días" a seleccionar más cuidadosamente sus objetivos por agotamiento de interceptores.
La escuela infantil en llamas y la mirada que acusa
Si la legitimidad de los agresores era prácticamente nula, el difícil apoyo a la ofensiva saltó por los aires cuando las bombas cayeron sobre una escuela infantil en la provincia iraní de Hormozgan. Una investigación interna del ejército de EEUU concluye que es "probable" que fuerzas estadounidenses fueran responsables de un ataque que mató a 168 personas, en su mayoría niñas.
Las guerras se ganan o se pierden también en la percepción global. Cada imagen de civiles muertos fortalece la narrativa de resistencia del régimen, dificulta cualquier salida negociada y erosiona el apoyo internacional. Ucrania, que lleva cuatro años recibiendo apoyo de Occidente gracias a la imagen de una guerra justa contra un agresor, ha decidido enviar especialistas para ayudar a EEUU a protegerse de drones iraníes, y ningún gobierno europeo ha participado activamente en los bombardeos. Francia y España han enviado buques al Mediterráneo oriental —una fragata en el caso español, junto al portaaviones Charles de Gaulle francés— para proteger Chipre y Malta de los efectos colaterales del conflicto, pero no para apoyar la ofensiva. Esta distinción entre la solidaridad defensiva de la complicidad ofensiva ha sido recalcada recientemente por el presidente Pedro Sanchez en su comparecencia de este miércoles, comparándolo con conflictos anteriores como "la guerra de Irak en 2003 que generó un aumento drástico del terrorismo yihadista, una grave crisis migratoria en el Mediterráneo oriental y un incremento generalizado de los precios (...) Un mundo más inseguro y una vida peor."
El aislamiento creciente de Washington
Si bien, ninguno de los países europeos que albergan bases estadounidenses ha obstruido su uso en apoyo a las operaciones,el Gobierno de Sánchez prohibió a EEUU el uso operativo de Morón y Rota, invocando el convenio bilateral que condiciona ese uso al marco de la legalidad internacional. Quince aeronaves estadounidenses abandonaron las bases españolas en las horas siguientes.
La posición española ha generado una reacción desproporcionada en Washington y ha convertido a Sánchez en el líder europeo más visible en su oposición a la guerra. En palabras del propio presidente: "Lo que sí sabemos es que de esta guerra no va a salir un orden internacional más justo, ni salarios más altos, ni mejores servicios públicos". No es una observación menor viniendo de un aliado de la OTAN. Las reacciones de solidaridad con España se han ido sucediendo a lo largo de la semana y lejos de acallarse, se han ido ampliando y mandatarios como Meloni o Macron se han ido sumando al rechazo a la ofensiva que no cuenta con apoyo entre la población en general y la europea en particular.
El tablero geopolítico tiene otra dimensión poco comentada: el estrecho de Ormuz permanece cerrado salvo para el paso bajo bandera china. Beijing es el principal comprador de petróleo iraní. Moscú se beneficia del alza de precios. China puede sacar tajada de la demostración de fuerza de Trump consolidando su posición como potencia indispensable en la región mientras EEUU quema sus arsenales. La imagen geopolítica resultante es la de una superpotencia cada vez más aislada en una operación que ni sus aliados más cercanos apoyan abiertamente.
La desintegración del gabinete
Hay un elemento que las coberturas convencionales de esta guerra están descuidando, quizás porque resulta demasiado incómodo para una narrativa de gran estrategia: la posibilidad de que el conflicto no lo resuelva ningún movimiento sobre el terreno iraní, sino la propia implosión del gobierno que lo inició.
Los síntomas podrían ser el gran elefante en la habitación del que nadie habla. El 5 de marzo, Trump destituyó a Kristi Noem como secretaria de Seguridad Nacional, la primera destitución de gabinete en su segundo mandato. La caída de Noem no fue por discrepancias estratégicas sobre la guerra: fue por una combinación de escándalo publicitario, humillación en el Congreso y, según fuentes de la Casa Blanca citadas por el New York Post, porque no supo responder adecuadamente a preguntas sobre su vida personal en una audiencia parlamentaria. Dentro del DHS, empleados describieron vítores audibles en la sede cuando se supo la noticia. Pero el relato que emerge no es el de una administración en pie de guerra. Es el de una administración en guerra consigo misma.
La destitución de Noem se produce en mitad de la observación realizada por The Atlantic, que analiza en un artículo reciente la menguante relevancia de JD Vance, vicepresidente cuya influencia en el diseño de la estrategia iraní parece haber sido marginal o nula.
Además, la fiscal general Pam Bondi, tras las últimas actuaciones en el congreso y su manejo del caso Epstein como posible encubridora de los presuntos delincuentes que aparecen en los archivos, podría ser la siguiente en caer, en un departamento que lleva semanas bajo presión por sus propias contradicciones internas.
Pero la grieta más significativa no está en las destituciones individuales. Está en la arquitectura misma del aparato de inteligencia y diplomacia que esta administración desmanteló antes de empezar la guerra. El desmantelamiento de USAID y la reducción drástica del cuerpo diplomático estadounidense desde el inicio del mandato no fueron solo decisiones de política exterior: fueron la eliminación de los ojos y oídos sobre el terreno, de los agentes de control de daños, de los canales informales de comunicación con actores regionales que en conflictos anteriores habían permitido gestionar escaladas. Se puede bombardear a un país con misiles de precisión milimétrica y al mismo tiempo no tener ningún mecanismo para leer sus señales de querer negociar, porque se han destruido las estructuras que servían precisamente para eso. La mala planificación de la guerra tiene, en parte, esta explicación estructural.
Los cuatro escenarios: victoria, negociación, empantanamiento y derrumbe
En teoría, los conflictos de este tipo tienen tres salidas clásicas. Pero este conflicto tiene una cuarta que merece ser tomada en serio.
Escenario 1: La victoria militar
Para que EEUU logre los objetivos declarados —cambio de régimen, desnuclearización total, fin del programa de misiles— sería necesaria una invasión terrestre o el colapso espontáneo del Estado iraní. La primera es militarmente inviable con los recursos disponibles, el apoyo doméstico e internacional y el estado actual de los arsenales. La segunda es posible en teoría, pero ningún régimen totalitario con aparato represivo intacto ha colapsado exclusivamente por bombardeos. En palabras del analista Max Boot: "las probabilidades de un colapso del régimen en un Estado represivo que penetra cada nivel de la sociedad iraní parecen remotas". Irak, Libia, Afganistán: la historia de los cambios de régimen por bombardeo es una historia de caos sin sucesor.
Escenario 2: La negociación
Era el escenario racionalmente deseable. Es hoy el más improbable. El ministro Araghchi lo cerró con su declaración sobre "bombardear la mesa de negociaciones por despecho". Como señala el análisis de Trita Parsi, experto en política exterior iraní: "Hoy no existe absolutamente ninguna confianza entre los Estados Unidos e Irán. Pero aun cuando llegaran a algún tipo de acuerdo, sería extremadamente difícil de llevar a la práctica, probablemente no duraría y no sería más que un alto el fuego con la pretensión de haber llegado a un acuerdo más allá de eso". El único elemento que podría forzar una conversación informal sería el dolor económico: Catar ya ha advertido de que las exportaciones de energía del Golfo podrían suspenderse "en unas semanas". Si el cierre de Ormuz se prolonga, la presión de los mercados puede conseguir lo que la diplomacia no logra. Pero eso requeriría un intermediario en el que ambas partes confíen —Omán, Turquía, quizás Qatar—, y que Trump esté dispuesto a hablar sin llamarlo hablar.
Escenario 3: El empantanamiento tipo Corea
Es el más probable a corto plazo. Un conflicto que termina técnicamente en un armisticio, no en una paz; en el que ninguna de las partes logra sus objetivos iniciales y que setenta años después sigue siendo una herida abierta. La pregunta no es si habrá negociación. La pregunta es cuánto dolor habrá que acumular antes de que las partes acepten negociar sin llamarlo negociación. Analistas del Center for Strategic and International Studies coinciden en que la situación de los arsenales podría volverse crítica en semanas, no en meses, creando presión para ceses al fuego tácticos e intermediarios informales.
Escenario 4: La implosión de la administración Trump
Este es el escenario que los análisis convencionales evitan nombrar, posiblemente porque parece especulativo o porque incomoda a quienes prefieren ver la política exterior como un juego de Estados y no de personas.
Una administración que destituye a su secretaria de Seguridad Nacional en medio de una guerra activa, que tiene al vicepresidente en papel secundario y marginal mientras los bombardeos siguen, que ha dejado sin personal a los departamentos de diplomacia e inteligencia sobre el terreno, y que enfrenta grietas crecientes incluso dentro de su propio partido —recordemos que la resolución del Congreso para limitar la autoridad bélica falló por solo siete votos— no es una administración que proyecte solidez. La destitución de Noem podría ser el primer eslabón de una cadena. Si Pam Bondi cae también, si Vance ahonda en la irrelevancia, si los resultados militares siguen siendo ambiguos y el coste económico sigue subiendo, la presión sobre el ala más pragmática del Partido Republicano para forzar una solución negociada —o simplemente para distanciarse— irá en aumento.
Los paralelismos históricos son instructivos aunque imperfectos. Vietnam no terminó porque EEUU ganara ni porque perdiera sobre el terreno. Terminó porque la acumulación de costos internos —políticos, morales, económicos— hizo insostenible la continuidad. No hubo un momento de rendición ni de victoria: hubo un punto en que la administración de turno simplemente no pudo seguir manteniendo la guerra. La pregunta relevante no es si Trump terminará derrocado antes de las elecciones de medio mandato —las constituciones no funcionan con tanta velocidad—, sino si la desintegración funcional de su gabinete y el deterioro de los resultados militares producirán a tiempo suficiente el colapso de la narrativa que justifica esta guerra. Cuando una guerra no puede ser ganada y tampoco puede ser justificada, suele terminar, tal vez no con fanfarria, con silencio.
Conclusión editorial
La "rendición incondicional" de Irán que exige Trump no es una estrategia de fin de guerra. Es una estrategia de prolongación indefinida del conflicto. No porque Irán sea invencible, sino porque ningún régimen acepta las condiciones de su propia desaparición sin agotar antes todas las alternativas de resistencia. La historia no registra un solo caso en que una campaña de bombardeos estratégicos haya producido el colapso político de un Estado-nación con aparato militar propio.
Pero hay algo más específico y más inmediato que la historia general: Trump ha bombardeado dos veces a Irán mientras negociaban. Ha destruido la credibilidad de cualquier proceso diplomático futuro. Ha puesto en manos de Rusia la demostración de que EEUU puede ser desgastado asimétricamente con drones baratos y satélites rusos. Ha reducido el apoyo europeo a la expresión mínima. Y ha comenzado a perder a sus propios funcionarios en una guerra interna que refleja, con cierto paralelismo cruel, la externa.
El debate no es si esta guerra es justa o injusta —hay argumentos serios en ambas direcciones y no corresponde a esta editorial zanjarlos—. El debate urgente es cuál de los cuatro escenarios descritos se impondrá, y a qué precio. Porque si el más probable sigue siendo el empantanamiento, y si el más esperanzador requiere la implosión de una administración que no muestra signos de colapso inmediato, lo que hay delante es algo muy largo, muy costoso, y con muy pocas partes dispuestas a pagar el precio de llamar a las cosas por su nombre.
Y mientras tanto, en algún lugar de la provincia de Hormozgan, 168 familias esperan que alguien les explique quién es responsable de la muerte de sus hijas.