La batalla en el terreno se libra con cohetes y con hombres; la batalla por la aceptación se libra con historias, imágenes y repeticiones hasta la fatiga. Lo que ahora vemos no es apenas propaganda vieja con nuevos canales: es una estrategia híbrida organizada para que la opinión pública deje de distinguir entre lo que ocurre y lo que le interesa creer.
Un brazo largo: la maquinaria y sus piezas móviles
La ofensiva informativa que favorece a Moscú combina elementos antiguos y adaptaciones digitales: un núcleo estatal que dirige recursos y mensajes; redes de cuentas automatizadas y humanas que repiten consignas; y una constelación de intermediarios que legitiman esas consignas en espacios aparentemente respetables. Esa maquinaria del Kremlin —según prácticas documentadas en numerosos análisis de inteligencia y tecnología— opera desde instituciones como la llamada Internet Research Agency y las denominadas troll farms de San Petersburgo hasta redes más difusas financiadas por entidades estatales o afines al poder. En el lenguaje popular y entre analistas se han ido adoptando nombres coloquiales para describir sus piezas: "ciberputis" para las cuentas dedicadas a la propaganda, "troll farms" para las fábricas de operativos y "oswaldos" para los conspiranoicos y negacionistas que transportan los mensajes más extremos.
El objetivo no es siempre fabricar hechos imposibles, sino moldear la interpretación. A través de una mezcla de noticias blandas, clips virales, testimonios fragmentados y la reutilización constante de una batería de eslóganes —la Unión Europea es incapaz; Occidente es hipócrita; la OTAN provoca; Rusia es víctima o victoriosa— se busca saturar el espacio informativo hasta que la opinión pública normaliza lecturas que favorecen a Moscú. Las tácticas funcionan porque no dependen únicamente de cuenta‑tuenta o del bot aislado: necesitan una cadena de transmisión que incluya medios tradicionales, tertulias, intelectuales y creadores de contenido, que amplifiquen, recontextualicen o simplemente repitan la narrativa hasta convertirla en sentido común.
Los enlaces y piezas concretas que circulan son parte del mismo ecosistema: reportajes humanos que suavizan a figuras controvertidas, vídeos de combate que muestran éxitos selectivos y artículos que enfatizan la supuesta debilidad europea. Esa mezcla de empatía, espectáculo y moralidad ambigua crea el contexto idóneo para la técnica clásica de la guerra psicológica: no tanto convencer mediante pruebas, sino agotar y confundir hasta que la audiencia deje de exigir coherencia.
Narrativas repetidas y el contraste con la realidad
Los mensajes que más se repiten conforman un manual sencillo y eficaz: Europa es incompetente y dividida; Occidente está podrido y es hipócrita; Ucrania es corrupta o incapaz; Rusia está ganando o, si falla, es víctima de una conspiración global. A partir de ahí se derivan saltos retóricos: la UE no tiene poder real, la OTAN provoca y merece desconfianza, y Estados Unidos es un mafioso imperial cuya influencia debe ser negada o sustituida. Para que esas frases calen, se les da forma con ejemplos concretos —portadas que supuestamente tratan de minimizar ciertos hechos, decisiones diplomáticas presentadas fuera de contexto o imágenes concretas escogidas para reforzar una tesis— y se alternan con mensajes más blandos destinados a humanizar a quienes promueven la línea: perfiles de asesores y gestores que aparecen como “mujeres fuertes” o figuras apaciguadoras para desactivar la alarma pública.
El contraste con la realidad es, cuando menos, contundente en ciertos puntos. Mientras se repite que Rusia avanza impunemente, circulan en paralelo evidencias de pérdidas masivas y de fracasos tácticos que no encajan con la idea de una victoria aplastante; por ejemplo, la viralización de vídeos de combate y compilaciones de bajas rusas en foros de combate y en redes sociales que alimentan una imagen opuesta a la de “maquinaria invencible” (ver compendio de material audiovisual y de recuentos en plataformas públicas). A la vez, informes documentales y testimonios sobre reclutas extranjeros enviados al frente o sobre condiciones calamitosas de la logística rusa contradicen la narrativa de potencia organizada. Esa simultaneidad se explota deliberadamente: una facción difunde imágenes de desastre ruso para subrayar la brutalidad del conflicto mientras la maquinaria propagandística selecciona, minimiza o desacredita esos mismos materiales cuando benefician a la versión ucraniana.
La estrategia es eficaz porque permite presentar la duda como virtud: si todo puede ser manipulado, la conclusión más cómoda es que nadie tiene la razón completa y que la mejor respuesta es la indiferencia o la desconfianza hacia cualquier acción colectiva. En democracia eso tiene un efecto práctico: parálisis política y desgaste de la voluntad de respuesta internacional, que es exactamente lo que muchas de estas campañas buscan.
Técnicas operativas: reflexive control, distracción amable y saturación
Entre las técnicas descritas por los propios participantes del ecosistema hay una que aparece con frecuencia: el concepto ruso de "reflexive control", traducido aquí por usuarios y analistas como la capacidad de condicionar la respuesta del adversario induciendo percepciones específicas. En la práctica actual se traduce en presentar a la UE como sistemáticamente incapaz para que los gobiernos se bloqueen, o en inundar los canales con noticias suaves sobre líderes occidentales para normalizar decisiones impopulares. La llamada “distracción amable” —perfiles personales o historias humanizantes que suavizan lo inaceptable— convive con ataques directos y acusaciones incendiarias; la primera anestesia, la segunda polariza.
La saturación informativa es otra herramienta: publicar material en grandes volúmenes —vídeos de combate, tweets de denuncia, supuestos testimonios— obliga a audiencias y periodistas a seleccionar y priorizar, y en esa selección la narrativa que se repite más acaba ocupando el centro. La repetición y la fragmentación también producen lo que muchos definieron en redes como una suerte de “normalización por cansancio”: si se ve a diario que la UE "no hace nada", la sensación de impotencia se instala y se vuelven menos plausibles las respuestas contundentes, incluso cuando existen. Junto a esto entran en juego técnicas de des-contextualización —cortar una frase, omitir matices— y la fabricación o amplificación de “experiencias” (clips, anécdotas, entrevistas a presuntos expertos) que funcionan como pruebas para quienes ya están predispuestos a creer.
El relato histórico de la subversión ideológica de Yuri Bezmenov, citado por participantes y reciclado en debates contemporáneos, sirve aquí de esquema mental: una primera fase de desmoralización cultural, una segunda de desestabilización institucional, una crisis y una normalización forzada. Aunque las propuestas concretas de Bezmenov son propias de otro tiempo, su análisis sobre cómo las ideas penetran y erosionan las instituciones resuena con las técnicas digitales actuales: la velocidad y la escala de las redes sociales han reducido los plazos y multiplicado los impactos, pero las líneas maestras conservan una continuidad inquietante.
La cadena que legitima: periodistas, tertulianos y figurantes útiles
Una pieza decisiva para que la maquinaria funcione es la conversión de mensajeros en portadores “respetables”. No todos los amplificadores son pagados o conscientes agentes; algunos son profesionales que repiten consignas por negligencia, búsqueda de tráfico o afinidad ideológica. En casos documentados, observadores que fueron parte de misiones internacionales y que han pasado a promover lecturas afines a Moscú —transformándose de observadores en amplificadores— sirven de coartada intelectual para audiencias renuentes a aceptar una explicación simplista. El caso de Benoît Paré, rechazado por colegas de la OSCE en un testimonio que denuncia su deriva hacia discursos consonantes con los favores rusos, es paradigmático: la transformación de fuentes aparentemente técnicas en portavoces de narrativas híbridas ilustra la cadena de transmisión entre la fábrica de propaganda y los medios.
No es sólo la periferia: el material más suave que busca normalizar figuras políticas occidentales controvertidas también encuentra eco en diarios y espacios de opinión, donde se mezcla crítica política legítima con omisión de contexto. Así, la presencia de perfiles personales en la prensa puede funcionar como bálsamo para audiencias que, de otra forma, rechazarían ciertos apoyos o alianzas. A la vez, sectores de la extrema derecha y, en ocasiones, de la extrema izquierda convergen con narrativas rusas por afinidad ideológica o por interés táctico: la deslegitimación del proyecto liberal europeo sirve a agendas diversas y crea una alianza instrumental que amplifica la desinformación.
Ese proceso de legitimar, normalizar y difundir es peligroso porque cristaliza en lo que muchos llaman “respeto mediático”: cuando una voz se presenta como experta, su mensaje pasa a formar parte del debate serio y deja de ser contrapesado por verificaciones simples. Desmontar esa cadena exige tanto escrutinio de los casos individuales como una voluntad colectiva de no confundir pluralidad de opiniones con aceptación acrítica de informaciones no contrastadas.
Qué queda por hacer y por qué importa
La batalla por la percepción no es un debate académico: tiene consecuencias políticas y humanas. Cuando una sociedad interioriza la idea de que sus instituciones son incapaces, se reduce la capacidad de respuesta a agresiones exteriores, se dificultan las alianzas y, en el peor de los escenarios, se legitima la violencia como sustituto de la política. La fragmentación informativa favorece a quienes buscan explotación geopolítica y erosiona la capacidad democrática de deliberación. Frente a ello, las respuestas no son sencillas, pero sí necesarias: vigilancia y transparencia sobre redes financiadas por Estados extranjeros, mayor rigor periodístico en la verificación y el contexto, alfabetización mediática para que la ciudadanía reconozca tácticas como el reflexive control y la saturación, y mecanismos que impidan que perfiles con respaldo dudoso sean elevados como voces de autoridad sin contraste.
No todas las piezas del modelo son ilegales ni siquiera directamente identificables, pero su suma produce un efecto estratégico que conviene ver con claridad: no se trata solo de una ola de mentiras, sino de una campaña sostenida para modelar percepciones y alterar decisiones colectivas. Reconocer el mecanismo es el primer paso para desactivarlo; no porque las narrativas desaparezcan de un día para otro, sino porque perderán su poder si dejan de encontrar patas mediáticas y públicas que las sostengan.
En el fondo, la lección es simple y dura: la información puede ser un arma y, como cualquier arma, exige defensa activa. Si la democracia depende de la capacidad de sus ciudadanos para interpretar la realidad, esa capacidad es hoy un frente de batalla más.
Fuentes y lecturas citadas: reportajes y análisis enlazados en los debates públicos y plataformas abiertas —entre ellos este perfil de Susie Wiles en eldiario.es, artículos de contexto en El País y El País (18/01/2026), y material público de combate y recuentos difundidos en foros y redes (vídeo compilado y compendio de pérdidas rusas). El mosaico de evidencia y tácticas fue reconstruido a partir de análisis recopilados en foros especializados y las fuentes citadas.