Hace unos días Alaska, el icono del pop de los 80, soltó en un podcast una frase que se ha vuelto rápidamente en una pequeña piedra de toque cultural: "No somos referentes de nada. No existía lo LGTBI, no había siglas, éramos un maricón y una bisexual, y ya está". El podcast era La Pija y la Quinqui, programa juvenil-progresista que en julio de 2023 sirvió como uno de los canales que Moncloa utilizó para contener la fuga de voto joven hacia el PP y Vox —Pedro Sánchez fue allí en plena campaña, aunque por boca del propio presidente sabemos que fue Pepe Álvarez, secretario general de UGT, quien gestionó el contacto—. La reacción no se hizo esperar. Santi Rivero, diputado del PSOE en la Asamblea de Madrid, acusó a Alaska de "comprar el discurso de la derecha y la ultraderecha". Damián López, secretario LGTBI del PSOE de Valencia, ironizó con que las únicas siglas que hoy existen son las del PP. La maquinaria mediática hizo el resto: a un lado, Alaska como mártir de la libertad individual frente al sectarismo progre; al otro, Alaska como derechista encubierta a la que por fin se le ha caído la careta.
Ambas lecturas, creo, son insuficientes. Y son insuficientes precisamente porque dejan intacto lo que el episodio revela: que ya no estamos en una disputa por el contenido del significante "LGTBI", sino en otra cosa, más antigua y más interesante.
La hereje necesaria
Si uno hace el ejercicio laclauiano básico, lo que está ocurriendo en torno a la frase de Alaska es la ruptura visible de una cadena equivalencial. Durante cuarenta años, en el espacio simbólico español, la cadena "ser maricón = transgresor = de izquierdas = anti-PP" funcionó como articulación hegemónica con cierto éxito, gestionada institucionalmente por una sucesión de gobiernos socialistas y por un aparato cultural-mediático afín. Lo que Alaska está haciendo —y lo que cierta prensa de derechas amplifica con entusiasmo— es romper la equivalencia para liberar el significante y permitir su rearticulación en otra cadena distinta. En términos puramente formales, esto es legítimo y hasta sano: ninguna identidad debería estar suturada a un partido.
Pero el análisis se queda corto si nos detenemos ahí. Porque la pregunta que sigue es por qué la respuesta socialista ha sido tan virulenta y tan poco argumentativa. Y aquí Žižek, deudor de Lacan y, más atrás, de Schmitt, ofrece una hipótesis más productiva: Alaska no funciona en este episodio como un significante en disputa dentro de una cadena, sino como objeto que reactiva un goce. Es decir, no es alguien con quien se discute, es alguien a quien se necesita exhibir como hereje. La excomunión es performativa: no está dirigida a ella, ni a sus argumentos, ni a un público indeciso al que convencer. Está dirigida a la propia base creyente, a la que necesita refrescar el contorno del "nosotros" mediante el acto litúrgico de la denuncia.
Es exactamente el patrón que Mark Fisher describió en aquel texto incómodo de 2013, Exiting the Vampire Castle: lo importante no es ganar la discusión, es generar la liturgia que reproduce la comunidad moral. Quien ha asistido alguna vez al ritual de denuncia en redes —y casi todos lo hemos hecho, en uno u otro bando— sabe que lo que se busca no es persuadir al supuesto culpable, sino exhibir la propia pertenencia mediante la intensidad del ataque. Por eso el secretario LGTBI provincial de turno no responde a Alaska argumentativamente: la nombra, la clasifica, la expulsa.
Neocatecumenales progres: Identidades teologizadas
Lo que esta polémica condensa con utilidad pedagógica, es el concepto de identidad teologizada o "neocatecumenal": hay una diferencia importante entre una identidad política como vehículo de transformación y una identidad como fin en sí mismo. Una militante obrera del PCE en los setenta, una activista feminista de la Coordinadora de Mujeres en 1976, las propias Vulpes en 1983, podían cantar, agitar, organizarse y, una vez logrado o frustrado el objetivo, mutar, archivarse, transmitirse a las siguientes generaciones sin trauma existencial. La identidad era el vehículo, no el fin. La pertenencia se dejaba sin grandes ceremonias cuando el campo cambiaba.
La identidad teologizada —llamémosla así, aunque "neocatecumenal" es más sugerente, porque captura el celo doctrinal específicamente sectario— funciona al revés. Es una pertenencia constantemente performada que necesita su liturgia, sus apóstatas y sus sacramentos para reproducirse. Su éxito ya no se mide por la transformación material que produce —el suelo de la transformación material está, por lo demás, bloqueado: no se puede tocar la propiedad, ni la moneda, ni la frontera, ni la cadena de producción—, sino por la intensidad del ritual identitario que sostiene. Y como cualquier teología necesita, requiere también su propio "ladrón del goce": esa figura externa que explica por qué la armonía prometida no se materializa. La homofobia residual, la violencia machista que no cesa, la nación que no termina de cuajar: la culpa la tiene el hereje, no la propia incapacidad estructural del dispositivo para producir lo que prometía.
Conviene insistir en algo importante: esto no es un problema "de izquierdas" en sentido propio. Es la forma general que adopta la política en regímenes donde la transformación material está bloqueada. La derecha tiene los suyos —el inmigrante, el menor extranjero no acompañado, el separatista, el funcionario rojo— y opera con la misma lógica formal. La diferencia es que la derecha al menos no prometió otra cosa: nunca dijo que su programa fuera emancipatorio. La izquierda identitaria, que sí lo prometió, queda particularmente desnuda cuando se reduce al dispositivo, porque traiciona su propio relato.
Las Vulpes contra Nebulossa
El ejemplo más claro de todo esto lo da una comparación que se hace casi sola: Me gusta ser una zorra (Las Vulpes, 1983) frente a Zorra (Nebulossa, 2024). La canción de Las Vulpes apareció en Caja de ritmos de TVE, generó denuncia del fiscal, motivó la suspensión del programa, costó dimisiones. Era performativa en el sentido fuerte de Butler en Cuerpos que importan, no en la lectura voluntarista de su libro anterior: hacía algo en el mundo, abría un espacio donde no lo había, tenía un coste real para quienes la lanzaron al espacio público, no contaba con ninguna infraestructura institucional que la legitimara antes de su aparición. La canción de Nebulossa, por contraste, llega ya (pre)interpretada por una maquinaria que la celebra: ministerio, festivales, prensa cultural, redes institucionales. Su "transgresión" es un significante sin operación material, porque el espacio que abriría ya está abierto desde hace cuarenta años.
La diferencia, conviene insistir, no la marcan las cantantes. Mariskal Romero quiso censurar a Las Vulpes y celebra previsiblemente a Nebulossa, y eso no nos dice nada sobre las intenciones subjetivas de unas u otras. Lo que nos dice es que cambió la posición de la canción en el campo cultural. Una era contracultura porque el campo era otro, había una dictadura todavía caliente y una iglesia con poder real. La otra es industria cultural progresista, en el sentido más exacto que Adorno habría dado al término. No es un juicio moral sobre las cantantes; es un diagnóstico sobre la posibilidad misma de la transgresión bajo ciertas condiciones de hegemonía.
Alaska no es una proletaria reconvertida
Seamos honestos, Olvido Gara no es una proletaria reconvertida. Viene de cierta burguesía urbana mexicano-española y su trayectoria —Hispavox, patrimonio inmobiliario, militancia más bien estética en el No es pecado del 86, defensa de Intereconomía en 2010, círculo de amistades del entorno Jiménez Losantos— encaja bien con la categoría bourdieusiana del capital cultural reconvertido en capital económico. Lo que pasa es que en los ochenta esto era invisible porque la propia transgresión funcionaba como capital simbólico distintivo. Cuando la transgresión se vuelve mainstream, el sustrato burgués queda al descubierto. Entonces parece que "se ha derechizado", cuando posiblemente nunca se movió mucho de su sitio.
Esto no la convierte automáticamente en operador consciente de una rearticulación reaccionaria. Pero sí matiza la lectura heroica: Alaska no es Greta Garbo descubriendo la verdad oculta del progresismo institucional. Es alguien que dice algo coherente con su trayectoria de cuarenta años en un canal —La Pija y la Quinqui— donde sabe que será amplificada precisamente por el lado que le resulta más cómodo personalmente. La operación es legítima en términos liberal-individualistas, pero no es exactamente un acto de coraje contra el poder.
Lo cual nos deja con una pregunta que vale la pena dejar sin resolver: si Peguer y Mariang —que son visiblemente queer y de sensibilidad progresista— le dejan ese espacio sin grandes contraargumentaciones, quizá lo que la frase de Alaska está revelando no es solo el cansancio del aparato socialista, sino también el cansancio de su propia base demográfica. La fractura no estaría tanto entre Alaska y Damián López como entre Damián López y los oyentes de La Pija y la Quinqui. Si esa hipótesis es correcta, lo que hemos visto en estos días es la histeria de una articulación hegemónica que está perdiendo fuelle precisamente entre la generación que decía representar. Y eso explicaría el tono.
Coda
Hay una salida posible a este atolladero, y curiosamente la apunta una corriente de la propia antropología contemporánea, que llevaba décadas acusada de relativista vulgar y que en las últimas dos décadas ha hecho su propia autocrítica. Donald Brown, en un artículo programático, llama a recuperar el relativismo metodológico —la regla práctica de suspender el juicio hasta entender el contexto— sin caer en el relativismo cognitivo radical, según el cual cada identidad o cada cultura sería un universo cerrado e intraducible. Esa distinción es exactamente la que la versión vulgarizada del posmodernismo (aka "neocatecumenalismo") borra cuando pretende que la realidad es solo lo que cada cual articula narrativamente. Recuperar el relativismo metodológico significa volver a tomarse en serio la diferencia, sin convertir la diferencia en un certificado moral o en una membresía vitalicia.
Aplicado a nuestro caso: hay una historia material que contar sobre por qué ser maricón en Madrid en 1980 era una cosa y serlo en 2026 es otra distinta, y esa historia incluye la legislación, la sangría del sida, los pisos compartidos en Chueca, las palizas, las conquistas reales, los ministerios. Es una historia de transformación material genuina, ganada con esfuerzo concreto. Lo que ha pasado en los últimos años es que esa historia ha sido capturada por una infraestructura institucional que vive de procesarla simbólicamente y que necesita producir sus herejes para seguir existiendo. Si Alaska sirve hoy como hereje útil, no es porque sea peligrosa. Es porque la liturgia exige una.
Lo verdaderamente subversivo, a estas alturas, no sería ni cancelarla ni elevarla a santa de la libertad individual. Sería preguntar en voz alta para qué sirven las secretarías LGTBI provinciales del PSOE cuando la vivienda es inalcanzable, los salarios son los del 2008 y los servicios públicos están reventados. Pero eso, claro, ya no lo paga La Pija y la Quinqui, ni lo recoge ningún podcast en campaña, ni le interesa a Damián López. Y por eso, mientras tanto, seguiremos teniendo herejes.
